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La acera

El coche llevaba parado en mitad del pueblo desde por la mañana, con el maletero abierto y las cuatro puertas también. Al lado había un montón de cosas en la acera.

No un montón de basura. Un montón de cosas: una lámpara de pie, cajas de cartón, una tabla de planchar, un espejo apoyado contra la pared, un sillón de orejas de color mostaza. Y un hombre de unos cincuenta y muchos, en camiseta, con las manos en las caderas, mirando el maletero como quien mira un problema de matemáticas.

— No cabe — dijo, sin mirarlos, cuando pasaron por delante.

— ¿Perdón? — dijo Axel.

— Que no cabe. — Se giró —. Perdonad. Llevo desde las siete hablando solo. Miguel Ángel Fresno, encantado.

Les dio la mano a los tres, muy formal, en mitad de una acera llena de muebles.

— Es la casa de mi madre — dijo, y señaló un portal con la barbilla —. Se murió en enero. Y ahora hay que vaciarla, que la vamos a vender.

— Vaya. Lo siento.

— Ya. — Levantó un hombro —. Tenía noventa y uno. No es de las tristes.

Volvió a mirar el montón de la acera.

— Lo que pasa es que no me cabe ni la mitad. Y todo esto no lo puedo tirar así, hombre. Que son cosas buenas. Mira, ese espejo lo compraron mis padres cuando se casaron, en el sesenta y siete, y yo me he peinado ahí toda la vida. Y ahora me pongo a mirarlo y pienso: ¿dónde lo pongo? Porque en mi casa hay un espejo. Y no es que el mío sea mejor, ¿eh? Es que está puesto.

Estuvieron una hora ayudándole a bajar cajas. No lo decidió nadie: Axel cogió una, y detrás fue Hortensia, y a la tercera Eva subió también.

La casa olía a cerrado y a jabón viejo. Había una cocina con azulejos hasta media pared y un calendario de 2019 clavado con una chincheta.

El hombre iba señalando.

— Eso a la izquierda que va al coche. Eso a la derecha que va a la acera.

La izquierda se llenó enseguida. La derecha no paraba de crecer. En la derecha había un juego de café entero, sin desportillar. Un mantel bordado a mano. Un cuadro de un barco. Una plancha de las de antes, de las que pesan.

— Yo no puedo con todo — dijo el hombre, en una de las bajadas, más para él que para ellos —. Es que si me lo llevo todo, ¿dónde lo pongo? ¿En mi casa, encima de mis cosas? Y luego me muero yo y mis hijos lo bajan a la acera otra vez. — Se rió un poco —. Menudo negocio.

Cuando terminaron, el maletero estaba lleno y en la acera había una vida entera. El hombre sacó tres cervezas del coche, calientes, y las repartió.

— Coged lo que queráis — dijo.

— No, hombre, que nosotros vamos andando.

— Pues por eso. Lo que os quepa. — Le dio un trago a la cerveza —. Prefiero que se lo lleve alguien que lo va a usar.

Y ahí empezó el problema de Axel.

Porque Axel llevaba una mochila milimetrada. Cada cosa estaba dentro por una razón, y él sabía la razón de cada una. Se había pasado tres días haciendo esa mochila y había comprado la mitad de lo que llevaba dentro en el mismo mes de enero. Había pesado el tenedor-cuchara.

Ahora tenía delante una acera llena de cosas buenas.

Estuvo diez minutos dando vueltas alrededor del montón como un perro alrededor de un charco. Hortensia, en cambio, cogió una manta de cuadros en tres segundos, la dobló y se la puso debajo del brazo.

— Esta. Que arriba hace un frío que pela.

Eva no cogió nada. Se quedó un rato largo delante del cuadro del barco y no lo cogió.

Axel se quedó plantado delante de una olla. Era una olla de aluminio, gorda, abollada por un lado, con dos asas y una tapa que no era suya pero encajaba. Del tamaño de una palangana pequeña. Era exactamente lo que a él le hacía falta para dejar de cocinar en una sartén de camping del tamaño de un plato.

Y pesaba lo que pesa una olla.

— Esa era la de los cocidos — dijo el hombre por detrás —. Ahí ha comido media familia.

Axel la cogió. La sopesó. La volvió a dejar. La volvió a coger.

— ¿Tú sabes lo que pesa esto? — le dijo a Eva.

— Sí.

— Es que no me cabe.

— Lo sé.

— O sea, cabría. Pero tendría que sacar cosas.

— Es que llevo un hervidor de titanio.

— Ajá.

— De titanio, Eva. Que pesa noventa gramos.

— Y en el que caben dos tazas.

— Dos tazas y media.

— Dos tazas y media — repitió ella, y le dio un trago a la cerveza, y no le ayudó absolutamente nada.

— Es que me lo regalaron.

— Ah, bueno. — Eva asintió con mucha gravedad —. Entonces ya está.

— ¿Entonces ya está qué?

— Que ya está. Que te lleves el hervidor y cocines en un plato. — Se sentó en el sillón de orejas mostaza, en mitad de la acera, con las piernas cruzadas, como una señora en su salón —. Yo desde aquí lo veo perfectamente.

Hortensia se estaba riendo tanto que tuvo que dejar la cerveza en el suelo.

Axel abrió la mochila allí mismo, en la acera, delante de un desconocido y de dos personas que se lo estaban pasando en grande. Sacó el hervidor de titanio, que era carísimo y muy bonito. Sacó el segundo par de pantalones. Sacó un neceser entero con cinco cosas dentro que llevaba tres semanas sin abrir.

Y se metió la olla.

Le sobresalía por arriba, no se podía cerrar la solapa del todo y quedaba una pinta horrible.

— Bueno — dijo el hombre, mirándolo —. Pues ya está.

Se dieron la mano otra vez.

Aquella noche Axel hizo un guiso. No tenía casi nada: una cebolla, dos patatas, medio chorizo que habían comprado en el pueblo y un puñado de lentejas de un paquete que llevaba Hortensia desde el primer día. Pero tenía una olla de las de verdad. La puso al fuego y estuvo cuarenta minutos removiendo con un palo, agachado, con una cara de concentración absoluta.

Salió buenísimo. Salió tan bueno que Hortensia repitió dos veces y luego rebañó con pan, y Kika se comió el fondo, y Eva dijo «joder» con la boca llena, que en ella era una ovación.

Axel se quedó mirando la olla vacía con una cosa muy rara en el pecho, porque le había gustado más cocinar aquello que casi nada de lo que había hecho en el último año.

— Oye — dijo —. La casa la vaciamos entera, ¿no?

— Entera.

— Y bajamos hasta las cortinas.

— Hasta las cortinas.

Y se puso a mirar el fuego.

— No le hemos preguntado cómo se llamaba.

— Miguel Ángel — dijo Hortensia —. Fresno. Si nos lo ha dicho dos veces, criatura.

— No él.

Y ahí Hortensia dejó de masticar.

Se quedaron los tres callados un rato bastante largo, con el nombre de una señora de noventa y un años haciendo un hueco en mitad de la noche, y ninguno de los tres pudo llenarlo.

Por la mañana, cuando pasaron otra vez por la calle para salir del pueblo, el montón de la acera seguía allí casi entero.

Casi.

Porque el cuadro del barco no estaba.

Axel se paró. Miró el hueco. Miró la calle vacía, a las siete y media de la mañana, en un pueblo donde no había nadie despierto. Alguien se lo habrá llevado, pensó. Se lo habrá llevado cualquiera, que estaba en la acera y era gratis.

Miró a Eva de reojo, por si acaso.

Eva iba andando delante, con las manos en los bolsillos, y no llevaba nada.

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