Aire de fiesta
Una plaza vacía, una canción y una furgoneta de hierros por la mañana
Cuatro días después llegaron a Villafeliz de la Sierra, que por el nombre prometía bastante más de lo que daba. Tenía una plaza enorme con soportales, plátanos y una fuente alrededor de la que daban vueltas dos crías en bici. El bar estaba abierto y un señor regaba sus macetas, pero daba pena ver tanto sitio desaprovechado.
— Qué plaza más maja — dijo Hortensia.
El de las macetas levantó la vista.
— Lo era.
Y siguió regando.
Cenaron en el bar. Sopa de sobre, tortilla y un vino peleón que Hortensia dijo que estaba buenísimo por educación. El del bar hablaba poco, pero cuando Hortensia le preguntó por la plaza se apoyó en la barra con las dos manos.
— Aquí había una fiesta que no veas. Tres días. Se montaba una tarima con tablones y subía quien quisiera. Mi tío tenía una lista en un cuaderno y te apuntaba: tú a las nueve, tú a las nueve y veinte. Subía el del taller con el acordeón. Subían las de la costura a hacer una cosa con delantales que era pa morirse.
— ¿Y qué pasó?
— Nada. Se murió mi tío y ese año no se hizo, por respeto. Y al siguiente tampoco, que si el año pasado no, pues pa qué. — Cogió un vaso y se puso a secarlo —. Y ya van veinte. No hubo bronca, ¿eh? Nadie dijo «se acabó». Se fue quedando.
Les dejó montar la tienda debajo de los soportales, en un rincón.
Por la noche, sentados en el bordillo de la fuente, Eva empezó a cantar una de las suyas. Los soportales le devolvían la voz con un pelín de retraso y ella se entretuvo escuchándose, como si otra persona le contestara desde el fondo.
Ella se calló un segundo, se rió y siguió más fuerte.
Se encendieron un par de balcones y alguien abrió un postigo en el segundo piso. Se quedaron escuchando desde dentro, sin aplaudir, y cuando Eva paró volvió a oírse el agua de la fuente.

— Bueno — dijo Hortensia, estirándose la rebeca —. A la cama, que mañana hay que andar.
A las ocho menos veinte a Axel le despertó un ruido de hierros.
De una furgoneta aparcada en mitad de la plaza, tres hombres estaban bajando barras de montar escenarios. Tenían la pintura saltada y una capa de polvo que daba una idea de los años que llevaban guardadas.
El del bar estaba en su puerta con el café en la mano.
— ¿Y esto? — dijo Axel.
— Que estaban en el pajar de mi tío. Los hierros, las bombillas, los tablones y dos cajas de banderines. Y la lista, en una caja de zapatos. — Le dio un sorbo al café —. Veinte años ahí. Y esta mañana viene mi primo a las siete y media y me dice «bajamos los hierros». Y le he dicho que bueno.
— ¿Y por qué esta mañana?
El hombre lo miró con mucha calma.
— Eso me pregunto yo.
Y se metió en casa.
Encima del montón de hierros, sentado en el más alto con las manos en la cintura, Gorgorito dirigía la obra.
— ¡Ese por la izquierda, cenutrio! — le gritaba a un señor de ciento veinte kilos —. ¡Por la izquierda, que así no encaja, melón!

El señor, que no le oía, lo metió por la derecha de un golpe. Encajó a la primera.
— ¡Eso! — gritó Gorgorito, encantado —. ¡Eso es lo que yo decía, gordito!
Axel se frotó los ojos. Cuando los abrió, el hierro de arriba estaba vacío, y uno de los hombres decía que qué raro, que juraría que había dejado la llave inglesa encima.
Mientras recogían la tienda, la plaza se fue llenando de vecinos que llegaban con lo que encontraban: una señora con bombillas de colores, un chaval con una escalera… El del bar abrió antes de hora y puso la radio.
— ¿Nos quedamos? — dijo Axel.
Hortensia miró a Eva, que estaba de pie en la plaza con el gato en brazos, mirando a la señora de las bombillas.
— No — dijo Hortensia —. Que es de ellos.
Hortensia siguió plantada allí y, cinco minutos después, dejó la mochila en el suelo para explicarle a dos hombres que estaban poniendo un tablón al revés. Tenía razón, por cierto. Al final se quedaron el día entero.
Axel acabó subido a la escalera del chaval colgando bombillas, porque era el más alto.
— ¡Que esta no enciende, tronco!
— ¡Pues pon otra, que hay una caja!
Hortensia se metió en una cocina a las once y salió a las dos con una fuente de tortilla y el nombre de todo el mundo aprendido.

— ¿Y esa tortilla de quién es? — dijo Axel desde la escalera.
— Ahora mía.
Eva se sentó en el bordillo con Kika y se pasó la mañana mirando el trajín de la plaza.
A las ocho de la tarde la tarima estaba montada al lado de los plátanos, y de la cuerda colgaban treinta y una bombillas de colores, porque las otras no encendieron.
Lo que seguía sin aparecer era un grupo que tocara, un cartel con el programa o alguien que supiera a qué hora empezaban.
La tarima crujió cuando el del bar subió con la caja de zapatos. De dentro sacó un cuaderno con las tapas blandas de humedad.
— Esta es la lista de mi tío. La del último año.
Abrió el cuaderno y fue leyendo los nombres y las horas.
— El del taller, a las nueve. Se murió hace ocho años.
Nadie dijo nada.
— Las de la costura, a las nueve y veinte. Quedáis dos, y una está en el sillón.
Una señora muy mayor, sentada en una silla que le habían sacado a la puerta, levantó la mano y se rió.

— La chavala que recitaba. Vive fuera y tiene tres hijos.
Casi todos estaban muertos o vivían lejos. Con cada nombre, alguien decía algo desde abajo: que ese se casó, que ese sigue tocando pero ya no sube escaleras. La plaza se iba llenando y nadie se iba.
El del bar cerró el cuaderno.
— Pues eso. Que la lista está vacía. Que suba quien quiera.
Nadie subió. Habían conseguido encender treinta y una bombillas y juntar a unas ochenta personas para que se quedaran mirando los zapatos delante de una tarima vacía.
— ¡La de anoche! — gritó un hombre desde atrás —. Que cante la de anoche.
Eva tenía a Fay en el regazo. Negó con la cabeza.
— Hoy no.
— Pues sube tú — le dijo el del bar al hombre.
El hombre se metió las manos en los bolsillos.
Gorgorito salió de detrás de la caja de zapatos, se puso en medio de la tarima y saludó con una reverencia que casi le hizo tocar el suelo con la nariz. Después se pegó una mano a la boca y soltó una pedorreta larguísima.
A Axel se le escapó la risa. Varias caras se volvieron hacia él.

— ¿Te arrancas tú? — le preguntó el del bar.
— No, no. Yo estaba…
Gorgorito lo señaló con las dos manos, encantado de haberle colocado el marrón.
Hortensia dejó la fuente de tortilla en el suelo.
— Ay, que me subo yo, que no puedo ver esto.
Subió los tres escalones agarrada a la barra, con la rebeca y el chándal, se puso en el medio y miró la plaza como quien mira la cola del médico.
— Yo no soy de aquí. Soy una señora que iba de paso, y me he colado en más bodas que ninguno de vosotros, así que me sé el papel. — Carraspeó —. Os voy a contar cómo me caí a un pilón el día de mi comunión.
Les contó lo de los guantes, la corona de papel de carnicería y el empujón de su hermano, y aquella vez le salió todavía mejor que en la carretera.
— ¡Y había ranas! — Levantó una mano en alto, con los dedos abiertos, como si todavía le chorreara —. Y verdín. Y el cura echando agua bendita a todo el mundo menos a mí, que ya iba servida.
A la mitad se reían. Al final, cuando dijo «y me lo pasé mejor que ellos», la señora del sillón dio dos golpes con el bastón y aplaudió la plaza entera.
Axel, sentado a media escalera, aplaudió también, con una bombilla fundida en la mano.
Hortensia bajó colorada como una cría y con la barbilla muy alta.

Detrás subió el chaval de la escalera, que sabía un truco con un pañuelo. Luego dos señoras que se sabían una canción a trozos. Y a las once otro vecino tocaba el acordeón sentado al pie de la tarima, y la plaza cantaba algo que Axel no se sabía.
Eva no subió. Pero Axel le vio mover los pies con la música, descalzos en el suelo de la plaza, con Fay al lado en el bordillo.
Axel descubrió a Gorgorito hecho un ovillo dentro de un banderín azul, justo encima de la tarima, durmiendo tan a gusto en mitad del jaleo.
Con la primera luz, el del bar los encontró recogiendo la tienda. Traía el cuaderno debajo del brazo.
— ¿Te apunto para esta noche? — le dijo a Hortensia.
— No, hijo. Que nos vamos.
— ¿Y quién empieza?
El chaval de la escalera estaba recogiendo vasos alrededor de la fuente.
— Yo el pañuelo otra vez no lo hago — dijo —. Que ya se lo saben.

— Pues presentas a los demás. Hablar bien que sabes.
— Y tú me ayudas con el pañuelo.
— Si te van a pillar el truco.
— A mí ya me lo han pillado. A ti todavía no.
El del bar abrió el cuaderno por una página limpia. Se fueron mientras los dos discutían a qué hora podía cerrar el bar para subirse a la tarima.
Anduvieron un kilómetro y Axel no se aguantó.
— Podíamos habernos quedado a la fiesta entera, mujer. Que son tres días.
— No — dijo Hortensia, sin girarse —. Nosotros ya hemos puesto la bombilla. Los tres días son de ellos.
Al rato se la oyó murmurar algo de aquellos veinte años en un pajar, y tuvieron que apretar el paso para alcanzarla.