Aire de fiesta
Una plaza vacía, una canción y una furgoneta de hierros por la mañana
Llegaron al pueblo un jueves por la tarde y a Axel se le hizo la sensación de que se les había estropeado el reloj.
No es que estuviera vacío. Había gente: había un bar abierto, un hombre regando unas macetas, dos crías en bici dando vueltas a la fuente. Pero era como si a todo el pueblo le faltara medio tono.
La plaza era grande, cuadrada, con soportales por dos lados y unos plátanos enormes en el medio. Era una plaza buena. De las de hacer algo.
Y no había nada.
— Qué plaza más maja — dijo Hortensia.
El hombre de las macetas levantó la vista.
— Lo era — dijo, y siguió regando.
Cenaron en el bar: sopa de sobre, tortilla y un vino peleón que Hortensia dijo que estaba buenísimo por educación. El del bar hablaba poco, pero cuando Hortensia le preguntó por la plaza se apoyó en la barra con las dos manos, como se apoya uno cuando lleva tiempo esperando que le pregunten.
— Aquí había una fiesta que no veas. Tres días. Y no una fiesta de estas de ahora, con un grupo que viene y cobra y se va, no. Aquí se montaba una tarima con tablones y se subía quien quisiera. Mi tío tenía una lista, ¿eh?, una lista en un cuaderno, y te apuntaba: tú a las nueve, tú a las nueve y veinte. Y subía el del taller a tocar el acordeón y subía una chavala a recitar y subían las de la costura a hacer una cosa que hacían ellas con delantales que era para morirse.
— ¿Y qué pasó?
— Pues nada. Que se dejó de hacer.
— Algo pasaría.
— Que no. — Cogió un vaso y lo empezó a secar —. Que se murió el que la organizaba, que era mi tío, y ese año no se hizo por respeto. Y al siguiente tampoco, porque total, si el año pasado no se hizo. Y al otro alguien dijo algo en el bar y quedó en nada. Y ya van veinte.
Se quedó pensando con el vaso en la mano.
— Es que no fue nadie, ¿eh? — dijo —. No hubo ninguna bronca, nadie se enfadó con nadie, nadie dijo «se acabó». Simplemente… — hizo un gesto con el trapo, como quien espanta una mosca — se fue quedando.
— Vaya.
— Vaya.
Terminó de secar el vaso y lo puso boca abajo.
— Habitación no tengo. Pero si os queréis quedar en la plaza, por mí. La fuente da agua buena.
Se quedaron en la plaza. Montaron la tienda debajo de los soportales, en un rincón donde no molestaba a nadie, y Axel sacó la cafetera y la puso al hornillo encima de una mesa de terraza que estaba recogida y volcada, porque a Hortensia se le había metido en la cabeza que un café en una plaza es otra cosa que un café en una cuneta.
— Es la misma cafetera, Hortensia.
— Es el mismo café. La plaza es otra.
Salieron a sentarse en el bordillo de la fuente, porque hacía una noche estupenda.
Y Eva se puso a cantar.
No fue nada especial. Se puso a cantar como se ponía siempre, sin avisar, bajito al principio, una de las suyas. Solo que la plaza tenía soportales, y los soportales tienen una cosa: le devuelven la voz.
Axel lo notó enseguida. La voz de Eva iba y volvía, se quedaba un momento ahí arriba y bajaba otra vez a la plaza con un pelín de retraso, como si hubiera alguien más cantando desde el fondo. Ella también lo notó, porque se calló un segundo, se rió y siguió más fuerte.
Y cantó un buen rato. Cantó tres o cuatro cosas seguidas, sin nombre, inventándose la letra sobre la marcha como hacía siempre, con Kika dormida a sus pies y Fay sentado en el borde de la fuente como un jarrón.
Se encendió una luz en un balcón.
Luego otra.
En una ventana del segundo piso se abrió el postigo y se quedó abierto.
Nadie salió a la calle. Nadie aplaudió. Nadie dijo esta boca es mía. Y cuando Eva se calló, la plaza se quedó tan callada que se oía el agua de la fuente.
— Bueno — dijo Hortensia, levantándose y estirándose la rebeca —. Yo me voy a la cama, que mañana hay que andar.
Y ninguno de los tres pensó nada más de aquello.
A Axel lo despertó un ruido metálico. Miró el reloj: las ocho menos veinte. Salió de la tienda con el pelo de un lado, y en mitad de la plaza había una furgoneta con las puertas abiertas y tres hombres bajando hierros. Hierros largos, con la pintura saltada, con esa capa de polvo grueso que solo cogen las cosas que llevan años apiladas en un sitio cerrado.
De los de montar un escenario.
El del bar estaba en la puerta de su casa con el café en la mano, mirando.
— Buenos días — dijo Axel.
— Buenos días.
— ¿Y esto?
El hombre le dio un sorbo al café.
— Que estaban en el pajar de mi tío.
— ¿Los hierros?
— Los hierros, las bombillas, los tablones y dos cajas de banderines. Y la lista, que también estaba, en una caja de zapatos, con la letra de mi tío y todo. — Otro sorbo —. Ahí llevan veinte años. Yo lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Y esta mañana ha venido mi primo a las siete y media y me ha dicho «bajamos los hierros». Y le he dicho que bueno.
— ¿Y por qué esta mañana?
Ahí el hombre se giró y lo miró con mucha calma, como se mira a alguien que hace una pregunta de las que no tienen respuesta.
— Pues eso me pregunto yo — dijo, y se metió en casa.
Uno de los hombres, un tío gordo con un chaleco reflectante, gritó desde la furgoneta:
— ¡Jefe! ¿La tarima la ponemos aquí o al lado de los plátanos?
El del bar contestó desde dentro, sin asomarse.
— ¡Al lado de los plátanos! ¡Que es donde iba siempre!
Recogieron la tienda con la furgoneta descargando hierros a diez metros. Salió una señora de un portal con una caja de bombillas de colores. Salió un chaval con una escalera. Alguien había abierto el bar antes de hora y había puesto la radio. Nadie les explicó nada, porque nadie le estaba explicando nada a nadie: la gente iba saliendo y cogiendo cosas, como si aquello estuviera decidido desde hacía meses.
Hortensia se echó la mochila al hombro.
— ¿Nos quedamos? — dijo Axel.
Hortensia miró a Eva. Eva estaba de pie en mitad de la plaza, con el gato en los brazos, mirando a la señora de las bombillas.
— No — dijo.
— ¿No? Mujer, que se va a montar aquí una…
— Que no. — Se dio la vuelta —. Que es de ellos.
Echó a andar hacia la salida del pueblo, y ellos detrás. Al llegar a la esquina, Axel se giró una última vez: habían levantado medio escenario y se estaban peleando por dónde poner los altavoces.
Anduvieron un kilómetro y Axel no se aguantó.
— Es una tontería no quedarse.
— Ya.
— O sea, nos han visto todos y nadie ha dicho nada. Nadie nos ha echado.
— No te ha echado nadie, no. — Hortensia iba delante sin girarse —. Y si te quedas, sales en las fotos. Y esas fotos las van a mirar dentro de treinta años, en esta misma plaza, y va a haber un tío con una mochila que nadie sabe quién es. Y a ti te va a dar igual, porque tú ya no estarás. Pero a ellos no les va a dar igual, porque cuando llegue el que enseña las fotos, alguien va a tener que decir «ese no era de aquí». Y eso se dice una vez y luego se dice siempre.
Axel se calló.
— Que no está mal, ¿eh? — añadió ella, más suave —. Que yo he sido de las de meterse en todas partes, y me he colado en bodas que no eran mías. Pero hay días que son de la gente, criatura, y hoy es uno.
A Hortensia, que iba delante marcando el paso, se le oyó decir un poco después, para nadie:
— Veinte años en un pajar.
Y apretó el paso.