Tu cesta: 0,00 €
El campanario

A media mañana llegaron a un cruce con dos flechas. Una decía la costa. La otra no decía nada, solo un nombre y una raya que se metía para arriba, hacia unos montes que se veían al fondo, azules de lejos.

Axel se paró a mirar la de la costa. Le tenía cariño a esa idea: acantilados, faros, gente con tablas debajo del brazo. Llevaba meses viéndola por dentro.

Mientras la miraba, Fay salió de la cuneta, cruzó el cruce entero sin mirar a nadie, se metió por el camino de arriba, se sentó a veinte metros y se puso a esperar. Kika fue detrás de él como un remolque.

— Por ahí — dijo Eva.

— Es que por ahí no hay mar.

— Ajá.

Axel se quedó un momento con las manos en las correas de la mochila.

— Bueno — dijo —. Pues por arriba.

Giró. Y no le costó tanto como esperaba.

— A ver que me aclare — dijo Hortensia a los diez minutos, marcando el paso —. Tú te vas de tu casa, lo dejas todo, y no sabes a dónde vas.

— Al norte.

— El norte es medio país, hijo.

— Al norte y a la costa. A lo del mar, los acantilados, las olas.

— ¿Tú surfeas?

— No.

— Ah.

Anduvieron unos metros.

— ¿Y entonces?

Y ahí Eva, que llevaba media hora callada, dijo:

— Se vino por un trozo de pizza.

Hortensia se paró en seco en mitad de la carretera.

— ¿Cómo?

— Eva.

— Que se ahogó con un trozo de pizza y le cambió la vida.

— No fue así.

— Fue exactamente así.

— No fue exactamente así. — Axel se puso a andar más rápido, muy dignamente —. Fue un trozo grande.

— Era una pizza congelada — siguió Eva, encantada —. De microondas.

— Precongelada.

— ¿Y eso qué es?

— Es otra cosa.

— Y se dio un golpe con la encimera aquí, en la barriga, como un jabalí, y el trozo salió volando.

— ¡Como un animal, dijo él! Lo dijo él, yo no he dicho jabalí.

Hortensia los miraba a uno y a otro con la boca abierta y una alegría que le iba subiendo por la cara.

— A ver, a ver. Para. — Levantó una mano —. ¿Tú estabas solo en tu casa?

— Solo.

— ¿Y pensaste que te morías?

— Pensé que me moría, sí. Y pensé una cosa muy rara, que fue: joder, qué vida más tonta. — Abrió las manos —. Y desde el suelo de la cocina, sin levantarme, dejé el trabajo.

Hortensia se quedó callada tres pasos. Y luego soltó una risa enorme, de las de doblarse.

— ¡Una pizza! — Se agarró la barriga —. ¡Ay, madre mía! ¡Una pizza!

— Bueno.

— No, si me parece cojonudo, ¿eh? — Se secó un ojo con la muñeca y se puso otra vez a andar, y lo dijo mirando al frente, sin darle importancia ninguna —. A mí me hizo falta que se muriera un hombre. Tú te has librado con una pizza.

Siguió andando, dos pasos por delante, como si acabara de comentar el tiempo.

A eso de las doce Axel dijo que por el camino de arriba a lo mejor se tardaba más, pero se veía más.

— Qué observador.

Lo dijo sin girarse y sin levantar la voz, y aun así Axel se quedó con la boca a medio abrir.

— Vale.

Anduvieron doscientos metros.

— Perdona — dijo Eva.

— No pasa nada.

— No, sí que pasa. — Se recolocó la mochila de un tirón —. Es que hoy no.

Hortensia iba dos pasos por delante y tampoco se giró.

— Ah, que tienes la regla.

Eva se paró en seco.

— Pero bueno.

— ¿Qué?

— Que eso no se dice así.

— ¿Y cómo se dice? — Hortensia siguió andando —. Hija, que yo he tenido la regla más años de los que tú tienes. A mí me lo dices y yo lo entiendo, que es más de lo que va a hacer este.

Axel levantó las dos manos sin que nadie le hubiera preguntado nada.

Eva abrió la boca para contestar y no le salió. A los tres pasos se le escapó una risa por la nariz, de esas que se escapan justo cuando uno está decidiendo enfadarse y ya no hay manera de volver atrás.

— Es que eres…

— ¿El qué?

— Nada.

— Pues eso.

Aquella noche, clavando las piquetas, Axel la vio mirar el cielo un rato largo. No había gran cosa que mirar: media luna tumbada encima de un monte, con luz todavía.

— ¿Qué miras?

— La cuenta.

— ¿Qué cuenta?

— La mía. — Señaló arriba con la barbilla, sin sacar la mano del bolsillo —. No tengo móvil.

Y se metió en la tienda.

Axel se quedó fuera con la piqueta en la mano, mirando la luna como quien mira un aparato que llevaba toda la vida ahí colgado y no sabía para qué servía.

A las dos horas el valle se abrió y apareció el agua. Un embalse enorme, largo, metido entre los montes, con el agua de un color verde oscuro que no se parecía al de ningún río. La carretera lo bordeaba por lo alto, y abajo las orillas eran de barro seco y agrietado, con una raya blanca bien marcada en las piedras, muy por encima del agua, que decía hasta dónde había llegado alguna vez.

— Está bajísimo — dijo Hortensia.

Kika bajó corriendo hacia el barro y se puso a oler cosas.

Y entonces Eva se paró.

— ¿Eso qué es?

En mitad del agua, a unos doscientos metros de la orilla, había una torre. Una torre de piedra, cuadrada, con dos ventanas arriba y un hueco donde alguna vez hubo una campana. Salía del agua limpia, sin nada alrededor. Como un dedo.

— Un campanario — dijo Hortensia.

— ¿Y qué hace ahí?

— Pues estar donde estaba.

Se apoyó en el quitamiedos y estuvo un rato sin hablar, lo cual en ella era una noticia.

— Aquí abajo había un pueblo — dijo —. Lo inundaron para hacer el pantano, hará sesenta años, por ahí. A la gente le dieron un papel y un plazo, y el plazo era corto. Y yo eso lo sé porque en mi casa se hablaba de esto, ¿eh?, se hablaba mucho, y siempre en voz baja, como se hablan las cosas que le han pasado a otro y te podían haber pasado a ti. — Señaló el agua con la barbilla —. Se llevaron a los muertos del cementerio, que eso sí, eso lo hicieron. Y a los vivos les hicieron un pueblo nuevo ahí arriba, con las casas todas iguales y las calles rectas y los números pintados. Y hay quien dice que salieron ganando, porque las casas nuevas tenían agua dentro y las viejas no. Y a lo mejor es verdad. Pero yo he estado en ese pueblo nuevo tres veces en mi vida y no he visto a nadie en la calle. Ni una vez. Y en el mío, que se está cayendo, siempre hay alguien en un portal.

— ¿Y las casas se quedaron ahí abajo?

— Enteras. Con las puertas cerradas y todo, que eso es lo que a mí me daba de pequeña una cosa por dentro. — Hizo un ruidito con la boca —. Cuando baja mucho el agua, como ahora, asoman cosas. El año de la sequía gorda dicen que salieron hasta las calles.

Los tres se quedaron mirando la torre. Era un sitio precioso y era horrible, las dos cosas a la vez, y ninguno de ellos supo qué decir durante un buen rato.

Bajaron por un camino de tierra hasta la orilla, porque a Eva se le metió en la cabeza.

De cerca era peor. En el barro seco había cosas: un trozo de pared de un palmo de alto con una esquina perfecta, media escalera que no subía a ningún sitio, una piedra plana con un agujero cuadrado en el medio que a saber. Eva iba andando descalza por el barro agrietado y se paraba en cada cosa.

Kika encontró un zapato y lo trajo muy orgullosa. Un zapato de verdad, de cuero, hecho una piedra.

— Suelta eso, guarra — dijo Hortensia.

Se quedó mirándolo. Se quedó mirándolo demasiado rato.

— Estas casas eran como la de mi madre — dijo.

Axel levantó la cabeza.

— ¿Y eso dónde era?

— Arriba. — Un gesto con la barbilla hacia los montes, muy rápido, el mismo gesto con el que se señala una cosa que no se quiere señalar —. En la montaña.

— ¿Y sigue en pie?

— Y a ver si sabéis lo que es esto — dijo Hortensia, agachándose a coger un hierro retorcido del barro —, porque yo no tengo ni idea.

Y de ahí se puso con las setas, muy alto y muy rápido, y no la volvió a soltar en toda la tarde.

Axel miró a Eva. Eva levantó las cejas medio milímetro.

Los dos lo habían oído perfectamente.

Durmieron aquella noche a un kilómetro del embalse, en un rellano entre pinos desde donde todavía se veía el agua. Cenaron una lata de fabada compartida y pan, con Kika siguiendo cada cucharada con los ojos como platos y suspirando como una viuda.

La mochila no cabía, como siempre. Axel la sacó, la puso contra un pino, le echó el chubasquero por encima y se metió, y ya casi no lo pensaba.

Antes de dormirse, con la cremallera abierta un palmo, buscó el trozo de agua que se veía entre los troncos. Muy negra, muy quieta.

Ahí abajo había una plaza.

Ahí abajo había una calle por la que alguien volvía a su casa.

Se durmió con eso.

Por la mañana, cuando salió de la tienda a mear, el zapato de cuero estaba en el suelo, delante de la puerta. Se quedó un rato mirándolo. Luego miró a Kika, que estaba tumbada a dos metros con la cabeza entre las patas, muy tranquila, moviendo el rabo dos veces.

— Serás burra — le dijo.

Y le rascó las orejas.

0:00

Un segundo: confírmanos que eres una persona