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El que sobra

Eva no habló en todo el día.

No fue un enfado de los de dar portazos. Fue peor: fue un silencio de los educados, de los que te dejan fuera sin que te enteres de que te han cerrado la puerta. Andaba con ellos, se paraba cuando se paraban, y cuando Hortensia le ofreció un trozo de pan dijo «gracias» y se lo comió.

Axel probó tres veces. La primera con una tontería, para hacerla reír, y nada. La segunda con una pregunta sobre el camino, para que tuviera que contestar algo, y contestó tres palabras.

Y la tercera fue la mala.

— Oye, si quieres hablamos de lo de esta mañana.

Eva ni giró la cabeza.

— No quiero.

— Ya, pero es que a veces va bien…

— Axel.

Ahí paró. Se calló y siguió andando, y le costó un esfuerzo físico, como el que aguanta un estornudo. Porque él era de arreglar. Toda su vida había sido de arreglar: se le rompía algo a alguien y él sacaba el destornillador antes de que se lo pidieran. Su ex se lo había dicho una vez, y no como un piropo. Y por primera vez en mucho tiempo se le ocurrió que a lo mejor eso no era una virtud sino una manía, y anduvo el resto de la mañana con esa idea rondándole sin saber muy bien dónde meterla.

Hortensia, en cambio, habló por los tres.

— A mí en el colegio nos daba clase un cura que se llamaba don Anselmo y que se dormía en misa — dijo, sin que nadie le hubiera preguntado nada —. En misa. Él. El que la daba. Se ponía a leer el evangelio y se le iba apagando la voz, y llegaba un momento en que se quedaba ahí, de pie, con el libro abierto y la barbilla en el pecho. Y nosotras esperando. Cuarenta niñas mirando a un cura dormido de pie.

— ¿Y nadie le decía nada?

— ¿Quién le va a decir nada a un cura, criatura? — Se rió sola —. Lo que hacíamos era toser. Una tosía y luego otra y luego otra, y cuando ya éramos diez tosiendo, el hombre se despertaba, decía «pues eso» y seguía por donde le parecía. Que a veces era otro evangelio. — Levantó un hombro —. Y aquel hombre nos enseñó a leer a todas. A todas, ¿eh? Nunca le he oído a nadie decir una palabra mala de don Anselmo. Se dormía y ya está. Cada uno tiene lo suyo.

De ahí se fue a las setas, y de las setas a por qué la gente ya no se sienta en los portales.

No le preguntó nada a Eva. Ni una vez, en cinco horas, y no fue por descuido.

Pararon a comer en un merendero al lado de una gasolinera, un sitio feo, con dos mesas de plástico y una máquina de tabaco.

Y ahí apareció.

Salió de detrás de los contenedores muy despacio, con la cabeza baja, y lo primero que pensó Axel fue que era un lobo. Era una perra grande, gris y blanca, con la máscara de la cara marcada como si se la hubieran pintado, las orejas de punta y unos ojos azules de un azul que no le pega a un perro. Y estaba en los huesos: el pelo se le caía a matas por el lomo, de esa manera en que se les cae a los animales que llevan mucho tiempo pasando calor donde no toca. No llevaba collar.

Se paró a cinco metros y se quedó ahí, calculando.

— Uy — dijo Hortensia.

— ¿Eso qué es?

— Eso es un husky, hijo mío. De los de tirar del trineo. — Se limpió las manos en los pantalones —. Esos son de sitio con nieve, criatura. ¿Quién le manda a nadie comprarse un lobo para tenerlo en un piso?

Fay, que estaba en la mesa, se estiró, la miró, decidió que aquello no era asunto suyo y se volvió a hacer una rosca.

— No le deis nada — dijo Hortensia —. Que si le das, no se va.

— Hombre, mírala.

— Que sí, que ya lo veo. Pero es que luego te sigue y ¿qué haces? ¿Te la llevas? ¿Y hasta dónde? Mira, en mi pueblo había una que se quedó con un perro así y acabó con nueve, y no te digo nueve por decir, nueve. Y no era mala mujer. Era que no supo decir la primera vez.

Axel se quedó con medio bocadillo en la mano, dudando, que es exactamente lo peor que puedes hacer delante de un perro con hambre.

Y entonces Eva se levantó.

Cogió su bocadillo entero, el suyo, sin haberle dado ni un mordisco, se acercó sin prisa y se agachó a cuatro pasos.

— Ven — dijo.

Fue la primera palabra que le salió del cuerpo desde el arcén.

La perra no se movió.

— Que vengas, mujer. Que no te voy a hacer nada. — Partió el bocadillo por la mitad y dejó un trozo en el suelo, delante de ella —. Toma.

La perra se acercó de lado, mirándola de reojo, lista para salir corriendo. Cogió el trozo y se apartó dos metros a comérselo.

— ¿Ves? Ya está. — Eva se sentó en la gravilla, con las piernas cruzadas —. Nadie te va a quitar nada.

Le dejó el otro trozo un poco más cerca. Y luego se puso a hablarle.

Le habló bajito, con una voz que Axel no le había oído nunca. Le dijo que estaba muy flaca. Le dijo que unos ojos así los tenía Fay y que a ver si eran primos. Le preguntó de dónde venía y ella misma se contestó que de por ahí.

Y la perra le contestó.

No ladró. Levantó el morro, cerró los ojos y soltó un «auuu-wo-wo-wo» larguísimo, muy hablado, de una tristeza absolutamente falsa.

Eva se quedó parada un segundo.

— ¿Perdona?

— ¡Auuu-wo-wo!

— Ah, o sea que de eso vamos.

Siguió, y la perra le siguió contestando, y aquello fue una conversación de diez minutos entre una tía que hablaba muy bajito y un animal que se quejaba muchísimo. Hortensia se estaba secando los ojos de la risa con la manga. Axel se quedó en la mesa de plástico con el bocadillo en la mano, sin hacer ruido, y cuando Eva levantó la vista y lo miró un segundo y volvió a lo suyo, le entraron unas ganas rarísimas de llorar que se le pasaron enseguida.

Cuando recogieron, la perra estaba a tres metros. Cuando salieron a la carretera, estaba a diez. Al cabo de media hora iba delante, con Fay, como si llevara toda la vida en esas.

— Esta ya no se va — dijo Hortensia —. Bueno. Habrá que ponerle algo.

— Kika — dijo Eva.

Los dos la miraron.

— ¿Kika?

— Kika.

— ¿Y por qué Kika?

— Porque le faltan cuatro kilos. — Torció la boca —. Y porque le pega.

Siguió andando, y Axel se quedó un rato detrás dándole vueltas a una cosa, y era que aquella tía no le ponía nombre a sus canciones y le había puesto nombre a un perro en dos segundos.

Hortensia lo miró con las cejas levantadas, muy digna, como quien acaba de ganar una discusión que nadie había empezado.

Aquella noche pararon en un pinar, lejos de todo y sin carteles. Cenaron mal, porque no había dónde comprar y les quedaban unas galletas y una lata. Kika se echó a los pies de Eva sin pedir permiso, y a los dos minutos estaba dormida y roncando de una manera que no era normal en un animal de ese tamaño.

Y cuando Hortensia ya se había metido en la tienda y Axel estaba dando la última vuelta para dejar la mochila debajo de un pino, Eva habló.

— Yo tenía diez años cuando le cogí manía.

Axel se paró.

— Nos habían llevado a un cumpleaños. Y yo me puse a cantar una cosa que me acababa de inventar, delante de todo el mundo, encima de una silla, porque tenía diez años y me daba igual. — Estaba mirando el fuego, que ya era solo brasas —. Y ella se levantó y le dijo a mi madre, delante de mí y de las otras niñas: «díselo tú, que a mí no me hace caso». Y mi madre me bajó de la silla. Con la mano en el brazo, sin gritar, muy bien. Y me sentó.

Se quedó callada un rato.

— Eso es todo — dijo —. No me pegó, no me hizo nada, nadie se portó mal conmigo. Eso. Y llevo catorce años sin poder cantar en un sitio donde ella pueda entrar por la puerta.

Se levantó, se sacudió los pantalones y se metió en la tienda.

Axel se quedó fuera un rato más, mirando las brasas, pensando que él se había ido de su casa por un trozo de pizza y que a lo mejor todo el mundo se va por una tontería que no lo es.

Al lado del pino, un poco apartado, había alguien sentado. No lo había visto llegar.

Gorgorito estaba en una piedra, con las piernas colgando, mirando en la misma dirección que él.

Axel esperó la gracia. La coña de siempre, lo del chocolate, algo. No llegó. El duendecillo se quedó ahí sentado sin decir ni pío hasta que Axel se metió en la tienda.

Y cuando volvió a asomar la cabeza, un minuto después, ya no estaba.

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