Identifíquense
Una libretita, un apellido y una llamada que Eva no quiso hacer
Por la rendija de la cremallera entraba una luz gris y un trocito de pantalón verde.
— Buenos días. ¿Hay alguien ahí?
Axel salió descalzo y con todo el pelo pegado hacia un lado. Junto a un coche de la Guardia Civil había dos agentes: uno mayor, de bigote, que miraba el río con las manos a la espalda y parecía estar de vacaciones, y otro joven al que le faltaba poco para pedir perdón por haberlos despertado.
— Buenos días — dijo Axel.
— Buenos días. — El joven señaló el cartel con la barbilla —. Que ahí pone que no se puede.
— Ya. Ya lo vimos.
— Ya.
Los dos se quedaron mirando el cartel un rato, como dos tíos que se paran a ver una obra.
— Pues nada — dijo el agente —. Recogéis y aquí no ha pasado nada. Pero identifíquense, que es el protocolo.
Hortensia ya estaba fuera, peinándose con los dedos y de un humor estupendo.
— ¡Buenos días, hijo! ¿Os hago un café? Que tengo cafetera.
— No, señora, gracias.
— Que es del bueno, ¿eh?
— Que no, señora.
Hortensia le dio su carné con dos dedos y Axel sacó el suyo. El agente apuntó los números en una libretita con una letra diminuta y muy cuidada, y después miró hacia la tienda.

— ¿Hay alguien más?
Eva salió despacio. Descalza en la hierba, con la mochila azul colgando de una mano.
— ¿Me deja su documentación?
— No llevo.
— ¿No la lleva o no tiene?
— No tengo.
El agente parpadeó.
— Vale. No pasa nada. Me dice nombre y apellidos y listo.
— Eva.
Esperó.
— Eva… ¿y qué más?
Eva se quedó tan quieta que Axel empezó a preocuparse.

— Es que necesito los apellidos, señorita.
— Es que no.
El joven se giró hacia el coche buscando a su compañero. El del bigote seguía mirando el río.
— A ver — dijo, bajando la voz —. Que esto no es nada. Es un trámite. La identifico, cerramos el papel y os vais a desayunar tranquilos.
El agente volvió a pedirle los apellidos y la fecha de nacimiento. Eva tardó en contestar, pero acabó diciéndoselos. Él los apuntó y pidió una comprobación por la emisora.
Pasaron unos minutos antes de que le llegara una ficha al aparato del cinturón. La abrió, miró la foto y giró la pantalla hacia Eva.
— Eva Moreno. ¿Es usted la de esta foto?
Eva asintió sin levantar la cabeza. Axel repitió el apellido para sí. Moreno. Hasta esa mañana ni siquiera se le había ocurrido preguntárselo.
— Consta como persona desaparecida — dijo el agente —. Denuncia de hace un año y cuatro meses. La puso un familiar directo. — Miró la pantalla —. Irene Moreno.
Eva se llevó la mano al pecho, por encima de la camiseta, y cerró el puño sobre algo que llevaba debajo. Un segundo. Luego la bajó.
Se agachó, se echó la mochila al hombro y echó a andar hacia la carretera. Sin mirar a nadie.
— ¡Eh! ¡Señorita!
— Eva. — Axel salió detrás —. Eva, para.
No paró. Salió de la explanada y siguió por el arcén, descalza, a paso normal, como quien va a comprar el pan.

Axel la adelantó y se le puso delante.
Eva no lloraba, pero tenía una cara tan apagada que Axel no sabía ni cómo acercarse a ella.
— A esa no la llaméis.
— Eva…
— Que a esa no la llaméis. — Ahora lo dijo alto, con una voz muy plana —. Yo no he hecho nada. No he robado, no debo dinero. Puedo estar donde me dé la gana.
— Nadie dice que…
— Un año y cuatro meses. — Se rió, y fue horrible —. Eso no es echarme de menos, Axel. Eso es llevar la cuenta.
El agente llegó por detrás, sin correr, con las manos separadas del cuerpo.
— Señorita, usted es mayor de edad. Puede estar donde quiera y con quien quiera. Nadie la va a obligar a nada, ¿vale? — Esperó a que Eva lo mirara —. Lo único es que hay una denuncia abierta, y si la he localizado, se cierra. Y si se cierra, hay que avisar a quien la puso de que está bien. Solo eso. Para que dejen de buscarla.

— ¿Y le vais a decir adónde voy?
— Eso no. Si usted no quiere, eso no.
Eva se quedó mirando la carretera. Luego señaló la libretita con la barbilla.
— Eso que apuntas ahí. ¿Dónde va?
— ¿Esto? — El chaval se miró su propia letra —. A un informe.
— ¿Y quién lee el informe?
— Pues… quien tenga que leerlo.
— Ya.
Se quedó un momento más quieta.
— Pues llamad — dijo —. Pero yo no cojo ese teléfono.
Volvieron a la explanada. El agente se apartó y estuvo un rato de espaldas, hablando con la central. Deletreaba. Axel le oyó decir «Rebollo, con be de burro», y luego su propio nombre, letra por letra, leído de la libretita, y se le puso una cosa fría en la nuca.
Eva se sentó en la mesa de piedra, mirando el río, con las manos entre las rodillas. Axel se sentó a su lado, calladito.
Hortensia se plantó junto al agente con los brazos cruzados. Cuando el chaval terminó de hablar con la central, marcó otro número y se cuadró sin darse cuenta.
— ¿Irene Moreno? Le llamo de la Guardia Civil, por la denuncia. Su hermana ha sido localizada esta mañana en perfecto estado, acompañada de dos…
Hortensia alargó la mano.

— Pásamelo.
— Señora, no puedo…
— Que me lo pases, hijo, que no te lo voy a romper.
El chaval miró a Eva. Ella le hizo un gesto de que se lo pasara, sin levantarse de la mesa. Solo entonces se lo dio a Hortensia.
Hortensia se apartó tres pasos.
— ¿Irene? No, hija, no soy de la Guardia Civil. Soy una señora que va con ella.
Hortensia estuvo un buen rato escuchando. Desde la mesa no se entendían las palabras de Irene, pero sí aquel tono alto y atropellado, sin una pausa ni para coger aire.
— Ya. Ya, hija, ya te oigo. No. Eso no te lo voy a decir. Ni eso tampoco.
La voz del otro lado subió tanto que se entendió una palabra suelta: años.
— Mira, guapa — dijo Hortensia, sin pestañear —. Tu hermana está bien. Está viviendo. Déjala vivir.

Colgó y le devolvió el teléfono al agente, que lo cogió como si fuera una granada.
— Ea.
El del bigote, que no había abierto la boca en toda la mañana, abrió la puerta del coche y se giró.
— Pasado el puente hay un área con una fuente — dijo —. Esa no tiene cartel.
Y se metió.
El joven se quedó el último, rascándose la nuca.
— Julián — dijo de golpe.
Axel lo miró.
— Que me llamo Julián. — Se puso rojo —. Nada. Que buen viaje.
Cuando se fueron los agentes, recogieron las cosas y Hortensia puso la cafetera en el hornillo de Axel sin preguntarle a nadie si quería café.
Salió un café malísimo.
— Esto sabe a lata, Hortensia.
— Pues te lo bebes igual, que es la primera vez que sale.
Se lo bebieron los tres de pie, quemándose, mirando el río.
Eva se bebió el suyo entero.
Y no le dio las gracias.