Tu cesta: 0,00 €
Identifíquense

Lo primero que oyó Axel fue una puerta de coche.

Lo segundo, gravilla.

Abrió los ojos. Por la rendija de la cremallera entraba una luz gris de las seis y pico de la mañana y un trocito de un pantalón verde.

— Buenos días. ¿Hay alguien ahí?

Salió como pudo, descalzo y con el pelo de un lado. Fuera había un coche de la Guardia Civil aparcado en la entrada de la explanada, con las luces apagadas y el motor parado, y dos agentes: uno mayor, de bigote, que se había quedado junto al coche mirando el río con las manos en la espalda como si estuviera de vacaciones, y uno joven con cara de estar haciendo esto por primera vez en su vida.

— Buenos días — dijo Axel.

— Buenos días. — El joven señaló el cartel con la barbilla, casi disculpándose —. Que ahí pone que no se puede.

— Ya. Ya lo vimos.

— Ya.

Los dos se quedaron un momento mirando el cartel, como dos tíos mirando una obra.

— Pues nada — dijo el agente —, recogéis y os vais y aquí no ha pasado nada. Pero identifíquense, que es el protocolo.

Hortensia ya estaba fuera, peinándose con los dedos y de un humor excelente.

— ¡Buenos días, hijo! ¿Queréis un café? Que tengo cafetera y lo hacemos en un momentito.

— No, señora, muchas gracias.

— Que es del bueno, ¿eh?

— Que no, señora.

Sacó su carné de un bolsillo con dos dedos y se lo dio como quien reparte una carta. Axel sacó el suyo del bolsillo del pantalón. El agente los miró por encima y apuntó los números en una libretita, despacio, con una letra pequeñita y muy cuidada. Y levantó la vista hacia la tienda.

— ¿Y la tercera?

Eva salió despacio. Se puso de pie en la hierba, descalza, con la mochila azul nueva colgando de una mano.

— Buenos días — dijo el agente —. ¿Me deja su documentación?

— No llevo.

— ¿No la lleva encima o no tiene?

— No tengo.

El agente parpadeó.

— Vale. Bueno. Eso no es ningún problema. — Sacó otra vez la libreta —. Me dice nombre y apellidos y ya está.

— Eva.

Esperó.

— Eva… ¿y qué más?

Eva no contestó.

Axel la miró. Estaba muy quieta. Demasiado quieta.

— Es que necesito los apellidos, señorita.

— Es que no.

El agente joven se giró un momento hacia el coche, buscando a su compañero. El del bigote seguía mirando el río.

— A ver — dijo, bajando la voz, y de verdad que lo dijo con buena intención —. Que esto no es nada. Es un trámite. Yo la identifico, cerramos el papel y os vais a desayunar tranquilos.

Se sacó el aparatito del cinturón y empezó a teclear.

Y Axel, que estaba a dos metros, vio exactamente el momento en el que la cara del chaval cambió. Fue muy poco. Un segundo. Levantó los ojos de la pantalla, miró a Eva, volvió a bajarlos, volvió a subirlos.

— Perdone. ¿Usted es Eva Moreno?

Lo dijo entero, con los dos nombres pegados, con esa manera de decir los nombres que tienen los que los leen de una pantalla. Y a Axel lo que se le hizo rarísimo no fue el apellido, que era un apellido de los que hay dos en cada clase. Fue oírla nombrada. Como si hasta ese momento hubiera sido una chavala que cantaba en un mercado y de pronto fuera una persona con papeles en algún sitio.

Eva no se movió.

— Consta usted como persona desaparecida — dijo el agente —. Denuncia de hace… — miró — un año y cuatro meses. Interpuesta por un familiar directo. — Otra mirada a la pantalla —. Irene Moreno.

Axel le vio hacer una cosa que no entendió. Se llevó la mano al pecho, por encima de la camiseta, y cerró el puño sobre algo que llevaba debajo. Un segundo. Luego la bajó.

Eva se agachó, cogió la mochila del suelo, se la echó al hombro y echó a andar hacia la carretera. Sin mirar a nadie. Andando.

— ¡Eh! ¡Señorita!

— Eva. — Axel salió detrás —. Eva, para.

No paró. Cruzó la gravilla, salió de la explanada y siguió por el arcén, descalza, a paso normal, ni rápido ni lento, como quien va a un sitio.

Axel la alcanzó y se le puso delante.

Y lo que se encontró no era llanto. Era una cara que no había visto nunca, sin nada dentro, como si le hubieran apagado la luz y hubieran cerrado la puerta con llave.

— A esa no la llaméis.

— Eva…

— Que a esa no la llaméis. — Ahora sí lo dijo alto, y le salió una voz muy plana —. Yo no he hecho nada. No he robado, no he matado a nadie, no debo dinero. Puedo estar donde me dé la gana.

— Nadie dice que…

— Un año y cuatro meses. — Se rió, y fue horrible —. Un año y cuatro meses buscándome. ¿Sabes lo que es eso? Eso no es que me eche de menos, Axel. Eso es que no soporta que haya algo que ella no controle.

El agente joven llegó por detrás, sin correr, con las manos separadas del cuerpo.

— Señorita, no se va usted a ir andando por el arcén. Vamos a hablarlo.

— Yo no vuelvo.

— Nadie ha dicho que vuelva usted a ningún sitio. Usted es mayor de edad. Usted puede estar donde quiera y con quien quiera, y nadie la puede obligar a nada. ¿Vale? Eso primero. — Se pasó la lengua por los labios y siguió, y se le notaba que estaba diciendo una cosa que había leído y que era la primera vez que le tocaba decirla en voz alta —. Lo único que pasa es que hay una denuncia abierta, y si yo la he localizado, la denuncia se cierra. Y si se cierra, hay que avisar a quien la puso. Que está viva y que está bien. Eso es todo. Eso no es un castigo, señorita, eso es lo contrario: es para que dejen de buscarla.

— No.

— Eso no lo decido yo. Eso es así.

— ¿Y dónde estoy?

— ¿Perdón?

— Que si le vais a decir dónde estoy.

El agente negó con la cabeza.

— Eso no. Si usted no quiere, eso no. Solo que está bien.

Eva miró la carretera un rato largo. Y luego señaló la libretita con la barbilla.

— Eso que apuntas ahí. ¿Dónde va?

— ¿Esto? — El chaval bajó la vista a su propia letra pequeñita —. Esto va a un informe.

— ¿Y quién lee el informe?

— Pues… — Se le veía que no se lo habían preguntado nunca —. Quien tenga que leerlo.

— Ya.

Se quedó un momento más mirando el arcén.

— Pues llamad — dijo —. Pero yo no cojo ese teléfono.

Volvieron a la explanada. El agente se apartó unos metros y estuvo un buen rato de espaldas, hablando con la centralita, dando números, deletreando cosas. Eva se sentó en la mesa de piedra, mirando al río, con las manos entre las rodillas, y Axel se sentó a su lado y no dijo nada.

Hortensia, en cambio, no se sentó. Hortensia se puso de pie al lado del agente joven, con los brazos cruzados, esperando, y cuando el chaval bajó el teléfono y dijo «ya la tengo», ella alargó la mano.

— Pásame el teléfono.

— Señora, no puedo…

— Que me lo pases, hijo, que no te voy a comer el aparato.

Y el chaval, que tenía veintitrés años y llevaba ocho meses de servicio, se lo pasó.

Hortensia se apartó tres pasos.

— ¿Irene? — dijo.

Pausa.

— No, no soy de la Guardia Civil. Soy una señora que va con ella.

Pausa. Larga. Desde donde estaba Axel se oía la voz del otro lado. No las palabras. El tono. Rápido, alto, sin coger aire, como el agua cuando se abre un grifo que llevaba años cerrado.

— Ya. Ya. Sí, hija, ya te oigo. — Hortensia cambió el peso de pie —. No. No te voy a decir eso. Ni eso tampoco.

Otra pausa, y esta vez la voz de al otro lado subió tanto que se entendió una palabra sola: años.

— Mira, guapa — dijo Hortensia, y lo dijo tranquilísima —. Tu hermana está bien. Está viviendo. Déjala vivir.

Colgó. Le devolvió el teléfono al agente, que lo cogió como si le devolvieran una granada.

— Ea — dijo Hortensia.

El agente del bigote se acercó al coche sin haber dicho una palabra en toda la mañana, y al abrir la puerta se giró.

— Ahí arriba, pasado el puente, hay un área con fuente — dijo —. Esa no tiene cartel.

Y se metió en el coche.

El joven se quedó el último, con la mano en la nuca.

— Julián — dijo, de pronto.

Axel lo miró.

— Que me llamo Julián. — Se puso rojo —. Nada, que… que buen viaje.

Se subió al coche y se fueron.

Recogieron. Doblaron la tienda, apagaron las brasas con agua del río, sacaron la mochila de debajo de la mesa de piedra. Y Hortensia sacó la cafetera, la llenó allí mismo en la mesa de piedra, con el hornillo de Axel rugiendo como un avión pequeño, y no le preguntó a nadie si quería.

Salió un café malísimo. El primero siempre sale malísimo, porque el aluminio nuevo sabe a aluminio nuevo.

Se lo bebieron los tres de pie, quemándose, mirando el río.

Eva se bebió el suyo entero.

Y no le dio las gracias.

0:00

Un segundo: confírmanos que eres una persona