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La costumbre

Resulta que Hortensia andaba más rápido que ellos dos juntos.

Llevaban desde media tarde saliendo del pueblo por una carretera secundaria, y la señora iba delante, marcando el paso, contando cosas. Contaba muy bien. Esa era la sorpresa.

— Yo me caí a un pilón con el vestido de la comunión puesto — dijo, sin que nadie le preguntara —. El mismo día. A las once y media de la mañana, con el vestido, los guantes, la corona y todo. Y no me caí, ¿eh?, que eso lo dijo mi madre y no es verdad. Me empujó mi hermano Julio, que en paz descanse, porque yo le había dicho delante de tres primas que a él le habían hecho la corona con papel de la carnicería. Que era verdad. — Se giró un segundo para que le vieran la cara —. Y a mí me metieron en un pilón y a él no le dijeron nada, porque él llevaba pantalón corto y eso se seca. Fue mi primera lección de justicia y tengo sesenta y cinco años y sigue valiendo.

Axel se estaba riendo.

— Y en el pilón había ranas, ¿eh? No os creáis que era agua limpia. Ranas y un poco de verdín. Y yo salí de ahí con el vestido verde por abajo y me sentaron en un banco a secarme como a un pescado, y desde el banco vi la comunión entera de los demás. — Levantó un hombro —. Y me lo pasé mejor que ellos.

Volvió al río, que era donde volvía siempre.

— Y descalza todo el verano. Todo. Desde junio hasta que empezaba la escuela. Tenía los pies como el cuero, pisaba una zarza y no me enteraba.

— Eso lo dice mucha gente y luego se pincha — dijo Eva.

— Y yo también me pinchaba, hija. Pero seguía. — Se recolocó la correa de la mochila —. Y me subía a los chopos, a los de la orilla, que esos son de subir hasta arriba y que se muevan contigo. Ahí arriba se te va el estómago. Mi madre me sacaba de allí a gritos y yo bajaba muerta de risa y volvía a subir al día siguiente.

— ¿Y luego?

— Y luego nada. Luego un día ya no subes. — Levantó otra vez el hombro —. Y no es que decidas dejar de subir. Es que un año no subes, y al siguiente tampoco, porque total.

Eva se giró un poco hacia ella.

— ¿Y por qué se deja de subir?

— Ay, hija, por bobadas. Porque te compran unos zapatos buenos.

Fay iba y venía por las cunetas, apareciendo y desapareciendo entre la hierba alta. El sol empezaba a caer y el aire ya olía a tierra fresca.

— Habría que ir pensando en dónde paramos — dijo Axel.

Un poco más adelante había un sitio perfecto: una explanada al lado del río, con árboles grandes, tres mesas de piedra y unas barbacoas de obra, de esas de ladrillo, negras por dentro de mil comidas.

Y un cartel.

PROHIBIDO ACAMPAR Y HACER FUEGO FUERA DE LAS ZONAS HABILITADAS

Axel se paró a leerlo.

— Bueno — dijo —. Pues buscamos otra cosa.

— ¿El qué? — Hortensia ya estaba entrando.

— Que pone que no se puede.

— Que pone que no se puede acampar. Nosotros no vamos a acampar, hijo, vamos a dormir. — Soltó la mochila en una mesa de piedra —. Y la barbacoa está habilitada. Lo pone ahí. Habilitada.

Axel miró a Eva, y Eva se había quedado en el borde, en la gravilla, sin pisar la hierba.

— Yo no lo haría.

— ¿Por qué no, mujer?

— Porque no. Que viene alguien y ya está.

— ¿Quién va a venir? — Hortensia se rió, encantada de la vida —. Mira, yo me he criado por aquí al lado. Aquí no viene nadie nunca, y aquí lo peor que te puede pasar es que te salga un jabalí, y a los jabalíes les da igual el cartel.

Axel se lo pensó dos segundos.

Dos segundos. Él, que era el tío que llegaba quince minutos antes a todos los sitios, el que aparcaba donde tocaba, el que devolvía los libros a la biblioteca el día que era. Y que llevaba exactamente una noche durmiendo donde le daba la gana. Una. Y ya se sentía un veterano.

— Va, Eva, que no pasa nada — dijo, y se metió en la explanada detrás de Hortensia.

Eva se quedó un momento más en la gravilla. Luego entró.

La cena fue lo mejor que habían comido en mucho tiempo, porque Hortensia había pasado por la tienda del pueblo y había comprado sin mirar el precio: cuatro filetes gordos, pan del día, tomates, una cabeza de ajos, aceite y tres botes de salsa distintos.

— ¿Tres? — había dicho Axel.

— Es que no sabía cuál os gustaba.

Y una cafetera. Una cafetera italiana de aluminio, de las de tres tazas, la más pequeña que había en el estante, todavía con la pegatina del precio.

— ¿Y esto?

— Esto es lo primero que he cogido — dijo Hortensia, muy seria —. Lo demás ya veremos, pero sin café yo no salgo de mi casa a ninguna parte.

Axel le dio la vuelta al cacharro con las dos manos, como quien examina una herramienta.

— Esto pesa.

— Pues la llevo yo.

— No, no, si esto lo llevo yo encantado. — Ya la estaba metiendo en el bolsillo de arriba de la mochila, el bueno, el de las cosas que se sacan a menudo —. Solo digo que pesa.

Luego hizo el fuego, y le salió a la primera, y se puso más contento de lo que estaba dispuesto a admitir. Y después se puso con los filetes y se le fue la cabeza: empezó a partir los ajos y a machacarlos con el culo de un vaso porque no tenía mortero, empezó a tostar el pan en la parrilla al lado de la carne para que cogiera la grasa que caía, empezó a pedirle a Hortensia que le acercara esto y lo otro.

— Oye, tú de esto sabes — dijo ella.

— Qué va. Yo esto lo hago de oído.

Comieron con las manos, sentados en la mesa de piedra, con el río sonando ahí detrás y un montón de estrellas encendiéndose sin permiso. Fay se cepilló un filete entero él solo.

Y en algún momento Eva se olvidó del cartel.

Se puso a canturrear con la boca llena, bajito, una de las suyas, mirando el fuego. Axel estaba de espaldas, agachado en la barbacoa, discutiendo con una brasa.

Hortensia dejó de masticar. Miró a Eva. Luego miró la espalda de Axel. Luego volvió a mirar a Eva. Y siguió masticando muy despacio, con la boca pequeña, como una señora que acaba de enterarse de algo en misa.

Montar la tienda fue otra historia. La tienda era de dos: buena, ligera, comprada para uno.

— Yo duermo fuera — dijo Eva.

— Ni se te ocurra.

— Que tengo plástico.

— Que aquí no duerme nadie debajo de un plástico habiendo una tienda — dijo Hortensia, y con eso se acabó la conversación.

— Cabemos — dijo Axel.

No cabían. Cabían de una manera muy concreta, los tres de lado como sardinas, con Hortensia en el medio porque era la más flaca de los tres y Fay encima de las piernas de quien le diera la gana.

— Esto es una indecencia — dijo Hortensia, encantada.

Lo que no cabía era la mochila. Axel la empujó, la giró, la puso de pie, la puso a lo largo, y nada.

— Déjala fuera, hombre.

— ¿Y si llueve?

— Pues se moja. — Hortensia ya se estaba metiendo en el saco —. Ponla debajo de la mesa de piedra y andando.

Axel salió, dejó la mochila debajo de la mesa, le puso el chubasquero por encima y volvió a entrar. No pasaba nada. Estaban en mitad de la nada.

Al entrar vio una cosa que no entendió y que no preguntó. Eva había metido su mochila de colegio dentro de la azul, doblada, con el cordón y todo, y había cerrado la cremallera por encima.

Y entonces, ya con la cremallera cerrada y los tres tumbados en la oscuridad, pasó lo otro.

— Madre del amor hermoso — dijo Hortensia —. ¿Qué es eso?

— No sé de qué me hablas — dijo Axel.

— Que huele a queso muerto, hijo mío.

— Son sus pies — dijo Eva, con una calma absoluta, como quien informa del tiempo —. Le apestan muchísimo.

— No me apestan.

— Te apestan una barbaridad.

— Es la tienda, que está cerrada.

— La tienda huele a tienda. Tú hueles a otra cosa.

— A queso — dijo Hortensia.

— A queso no.

— A queso de cabra — dijo Eva —. De los de la corteza esa blanca.

— ¡Que no es queso!

— Ay, criatura, si no es nada malo. Mi padre tenía los pies igual y era el mejor hombre del mundo, que en la mili le llamaban el Curado, y él lo contaba orgullosísimo. — Hortensia se estaba riendo tanto que la tienda entera se movía —. ¡Pero que abras esa cremallera, por lo que más quieras!

Axel abrió la cremallera un palmo, refunfuñando, y por la rendija entró el frío y el ruido del río.

Se quedaron callados un rato.

— ¿Eva? — dijo Hortensia.

— Qué.

— ¿Tú roncas?

— Muchísimo.

— Ah, bueno. — Se acomodó —. Entonces estamos en paz.

A Axel le costó dormirse, y no por los ronquidos, que empezaron a los diez minutos y eran, en efecto, espectaculares. Fue por el cartel. Estuvo un rato ahí tumbado mirando el techo de plástico, dándole vueltas a si venía alguien, a si te ponen una multa, a si te la ponen a ti o a los tres. Y luego pensó en la cara de Eva en la gravilla, y en que él había dicho «que no pasa nada» sin saber nada de nada, y en que eso lo dice muy fácil quien no ha tenido nunca un problema con nadie.

Y luego pensó en la tienda. Que él llevaba dos noches en una tienda de ciento veinte euros elegida en internet, y que la había montado dos veces y las dos veces mal, y que a la que dormía a su izquierda le sobraba con un plástico y cinco metros de cuerda.

Se dio media vuelta.

Se durmió pensando en los ajos machacados con el culo del vaso, que le habían quedado buenísimos.

Fuera, debajo de la mesa de piedra, la mochila pasó su primera noche a la intemperie.

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