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Lo que no cabe

Al salir de la cafetería, Axel volvió a verlo.

Estaba sentado en el escalón de la puerta, con las piernecillas colgando, como si llevara allí toda la mañana esperando.

— Tú eras…

— Gorgorito. — El duende se cruzó de bracitos, ofendidísimo —. Que soy Gorgorito, hombre. Menuda memoria tienes tú.

Eva, a su lado, tampoco le quitaba ojo del escalón. Axel la miró. Ella no dijo ni que sí ni que no.

— ¿No te quedará un cachito de chocolate por ahí? — dijo el duendecillo, yendo directo a lo suyo.

— No. Me lo comí todo.

— Bah. Qué comelón. — Señaló con la cabeza hacia el café, por donde todavía no había salido la mujer —. A lo que iba. Dile que se venga con vosotros.

— ¿Que se venga a dónde?

— A donde vayáis, picha. ¿Qué más da?

— Pero si esa señora acaba de…

— Esa señora acaba de nada. Y de nada, ¿eh?

— ¿De nada de qué?

— Tú sabrás. — Se rascó una oreja —. Y dile que se quite esos zapatos, hombre, que con esos zapatos no se puede vivir.

— Oye, ¿tú qué sabes de sus zapatos?

— Que se los he visto.

Como si con eso quedara todo perfectamente explicado, se dio la vuelta y se acercó a Fay, que estaba sentado lamiéndose una pata con toda la calma del mundo.

Se le subió al lomo de un salto.

— ¡Arre!

Fay siguió lamiéndose la pata.

— He dicho arre.

Fay terminó la pata, se estiró, y cuando le pareció bien echó a trotar calle abajo con el duende agarrado a puñados de pelo y gritando cosas que Axel no llegó a entender.

En dos zancadas ya no estaban.

— ¿Se puede saber qué miráis? — La mujer salía del café —. Que parece que habéis visto un fantasma.

No había visto nada. Claro que no.

Axel y Eva se miraron un segundo y echaron a andar.

La mujer vivía «aquí al lado», que resultó ser un buen paseo cuesta arriba, hacia donde las casas se hacían grandes y las verjas altas.

Por el camino habló, como si llevara años con el grifo cerrado y se le hubiera abierto de golpe.

— Yo de cría era un terremoto, ¿eh? Que no os penséis.

— ¿Sí?

— Un terremoto. — Iba delante, marcando el paso, sin resoplar en la cuesta —. Nosotros bajábamos al río en cuanto salíamos de la escuela, y el río estaba a tres kilómetros. Tres. Andando. Y volvíamos de noche.

— ¿Quiénes?

— Mi hermana y yo y los que se apuntaran. — Se rió sola —. Había una poza debajo de un puente, con un chorro que caía de arriba, y el juego era ponerse debajo a ver quién aguantaba más. Helada estaba, criatura. Yo he salido de ese agua con los labios morados.

— Y descalza el verano entero. — Miró de reojo los pies de Eva y no dijo lo que iba a decir —. Yo me acostaba pensando que en cuanto pudiera me iba a ver mundo con lo puesto y sin avisar. Eso lo tuve clarísimo hasta los veinte años.

— ¿Y qué pasó a los veinte?

— Que me casé con un banquero.

Lo dijo como quien confiesa un delito.

— Buen hombre, según todos. Muy serio. Muy de tenerlo todo. Y sin darme cuenta empecé a quererlo yo también: a fijarme en quién llevaba qué, a que me importara el qué dirán más que ninguna otra cosa.

Bajó la voz.

— Era un hombre que no se reía nunca. Y que, poquito a poco, te va quitando las ganas de reír a ti también. Como una gotera. No te enteras hasta que un día miras y tienes la casa encharcada.

Miró a la gente que pasaba por la calle.

— Y no sé qué le pasa al mundo últimamente. Todos con esa cara, como si les hubieran apagado algo por dentro. — Negó con la cabeza —. Y una, de tonta, se deja contagiar. Yo esta mañana era eso: una amargada metiéndose con una cría descalza. — Se le quebró un pelín la voz, pero enseguida resopló, más chula que nadie —. Menuda tontería toda mi vida.

Y llegaron.

La casa era enorme, de las de verja y timbre con cámara. Impecable. Y muerta: persianas bajadas, ni una luz, ni un ruido. Y un jardín que era solo césped, raso y verde y perfecto, sin una mísera planta. Ni una flor.

La mujer lo miró como se mira a alguien con quien ya no te queda nada que decirte.

— Bueno. Pues esta es. — Sacó las llaves del bolso —. Pasad, anda. Que aquí sobra de todo.

Abrió la verja.

— Oye — dijo Axel, ya cruzando el césped —, ¿puedo usar el baño un momento? Que tengo que hacer una cosita.

Eva no perdió ni medio segundo.

— ¿Una cosita grande o una cosita pequeña?

Axel se dobló de la risa allí mismo, en mitad del jardín.

Y la mujer, que iba dos pasos por delante con la llave en la mano, soltó una carcajada de las que salen del estómago, una que probablemente llevaba años sin salir de ninguna parte.

— ¡Venga, dale caña! — dijo, señalándole la puerta con la llave.

A Eva se le quedó la sonrisa a medio hacer.

Medio segundo. Nada. Ni Axel se dio cuenta.

Luego se le volvió a poner entera.

Dentro, la casa olía a limpio y a nada.

El baño era más grande que su antigua habitación. Toallas dobladas en tres. Un jabón que olía a hotel bueno.

Axel se lavó las manos con agua caliente y se quedó un rato con las manos debajo del chorro, sin más.

Qué gusto, el agua caliente. Qué gusto un techo, y una puerta que se cierra, y un sitio donde dejar el cepillo de dientes.

Y lo pensó de verdad, sin trampa: aquello estaba bien.

Cerró el grifo antes de que se le ocurriera nada más.

Cuando salió, Eva estaba de pie en el recibidor con las manos detrás de la espalda, sin tocar nada, como si le hubieran dicho que no tocara nada.

La mujer venía por el pasillo con una mochila en la mano. Pequeña, de tela azul, con las correas todavía tiesas de no haberse usado nunca.

— Toma, hija.

Eva la miró. No la cogió.

— Ya tengo una.

— Eso no es una mochila, criatura, eso es una bolsa con tirantes. — Hortensia le señaló la cremallera atada con el cordón —. Que se te va a abrir por abajo un día de estos y vas a ir recogiendo tus cosas por una cuneta.

— No se me ha abierto en año y medio.

— Pues por eso. Que ya le toca.

Se la puso en las manos sin preguntar.

— Mete ahí lo tuyo y dos mudas y lo que te dé la gana, que va a hacer frío arriba.

Eva se quedó con la mochila colgando de una mano, sin saber muy bien qué se hace con eso.

Y Axel cayó en que en toda la mañana no la había visto incómoda ni una vez, ni con la vieja soltándole aquello delante del bar entero, y que ahora lo estaba con una mochila.

— Ah, y espera — dijo la mujer, ya girándose —, que te doy unos zapatos. Tengo un montón. Del cuarenta, pero con dos calcetines…

— No.

Salió seco. Más seco de lo que Eva quería.

— Gracias — añadió, más bajito —. Pero no.

La mujer le miró los pies, descalzos sobre aquel suelo brillante, y no insistió.

Comieron los tres en una cocina en la que todo estaba a la vista y no se usaba nada, y Eva se duchó veinte minutos con agua caliente y salió con el pelo chorreando y sin decir una palabra. Y luego volvieron a salir al jardín. El sol daba de lleno y el césped estaba tan verde que parecía de mentira.

Ahí Axel miró la casa enorme, miró a la mujer, y le salió sin pensarlo mucho.

— Oye. La casa no se va a ir a ningún lado, ¿no? Vente tú con nosotros.

La mujer se quedó con la llave a medio meter en el bolsillo.

— ¿Cómo?

— Que te vengas. Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto — sonrió Axel —, pero vamos.

Eva, que hasta entonces había ido callada, habló por fin. Bajito.

— Yo me fui así. Sin nada. — Se miró los pies —. Es lo mejor que he hecho en mi vida.

A la mujer se le llenaron los ojos otra vez. Pero de algo distinto a lo del café.

— Pero… — Miró la casa, la calle, sus manos llenas de anillos —. A mis años. No puedo así, sin más. ¿Adónde? ¿Con qué?

— Con lo puesto — dijo Axel —. Como cuando bajabas al río.

Se hizo un silencio.

Y en ese silencio se le movió algo por debajo de la cara. Como si por debajo de un montón de años de casa grande y verja alta asomara, muy despacito, la cría de los labios morados debajo del chorro.

— Dadme cinco minutos.

— No corras, que no hay prisa.

— ¡Que me deis cinco minutos, he dicho! — Pero lo dijo con una sonrisa enorme, ya subiendo los escalones con más brío del que le tocaba por edad.

Tardó bastante más de cinco minutos, y cuando volvió a salir era otra: zapatillas cómodas, una mochila gemela de la de Eva, el pelo recogido de cualquier manera y una cara de veinte años metida dentro de la de siempre.

— Ya está. — Cerró la puerta sin mirarla siquiera —. Ah, y mirad qué cosa más tonta.

Sacó del bolsillo una cartera de piel.

— Que la había perdido y llevaba toda la mañana muerta de los nervios. ¿Y sabéis dónde estaba? En el frigorífico. — Levantó las manos, rindiéndose ante sí misma —. ¡En el frigorífico! Entre el queso y la mantequilla. Yo creo que ya empiezo a perder la cabeza del todo, hijos.

Axel y Eva se miraron.

Y los dos aguantaron con una dignidad admirable.

— Por cierto — dijo Axel, cuando ya bajaban la cuesta —, que llevamos media mañana juntos y no sé ni cómo te llamas.

— Hortensia Rebollo. — Torció el gesto —. Hortensia como la flor y Rebollo como el árbol. Mi padre siempre decía que salí de un vivero.

Miró calle abajo, hacia donde no había ido nunca.

— Bueno, ¿qué? ¿Por dónde se va a esa aventura?

Y echó a andar cuesta abajo antes de que ninguno de los dos contestara, con la mochila nueva dando botes en la espalda, por una calle por la que no había bajado a pie en cuarenta años.

Fay salió de una esquina sin duende encima y con una cara de no haber hecho nada raro en su vida, y se puso el primero.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona