El cafelito
Una cartera, unas dentaduras postizas y dos zumos de naranja
El bar lo eligió el gato.
Fay los llevó derechitos a una cafetería dos calles más allá de la plaza, se sentó en el escalón de la puerta y se puso a esperar.
— Tu gato tiene las cosas clarísimas — dijo Axel.
— Siempre.
Dentro olía a café y a pan tostado. Había dos obreros desayunando, una parejita que se reía bajito y un abuelo siguiendo el periódico con los labios.
Fay cruzó el local sin pedir permiso y se subió a la silla de la ventana, como si la tuviera reservada.
En la mesa de al lado desayunaba una señora muy bien peinada, con su collar de perlas y la espalda tan recta que no tocaba el respaldo. Había cortado el pastelito en cuatro trozos iguales. Al verlos entrar, levantó la vista de su café con leche para inspeccionar la mochila embarrada de Axel y después a Eva entera, con especial dedicación a los pies.
Torció la boca y volvió a su pastelito.
Axel ni se enteró. Eva sí.
Llegó el camarero, un chaval con el delantal pringado y cara de buena gente.
— ¿Qué les pongo?
— Pa mí un café solo y una tostada con tomate y jamón — dijo Axel —. ¿Y tú?

— Un vaso de agua.
— ¿Agua? Pídete algo, mujer.
— Que el café no me apetece mucho.
No lo dijo muy convencida.
— Venga, un cafelito y una tostaíta. Invito yo.
— Que no hace falta, en serio.
— Pues si no te la comes tú, me la como yo. — Y al camarero —: Dos cafés y dos tostadas potentes, porfa.
La señora de al lado decidió que ya había oído suficiente y abrió la boca con una mala leche que daba gusto.
— Niña, si no tienes para pagarte un café, se dice y ya está. Que una cosa es no tener y otra es venir aquí a que te lo paguen. Y encima descalza. En un local. ¿Dónde vamos a llegar?
Se aseguró de que la oyera todo el bar. Los obreros miraron los pies de Eva, la parejita dejó de reírse y hasta el abuelo bajó el periódico.
A Eva se le puso la cara de piedra.
Axel cayó en por qué Eva había pedido agua, y ya tenía preparada una contestación de las buenas para la vieja cuando notó la mano de Eva en el brazo.

— Déjalo.
Así que se giró hacia el camarero y subió un poco la voz, lo justo.
— Oye, y ponnos dos zumos de naranja bien fresquitos. Que hoy estamos celebrando la vida.
Le guiñó un ojo a Eva. A Eva se le escapó media sonrisa.
— Estás como una cabra.
— Loco no. Contento, que es peor.
— El pringao que lo paga todo — murmuró la señora, para nadie.
Axel vio pasar algo pequeño pegadito a la pared. Le pareció una rata hasta que distinguió los pies descalzos y el revoltijo de trapos de una personita del tamaño de un botellín, que se dirigía muy decidida a la mesa de la vieja.
Manda huevos. Otra vez le estaba pasando aquello, y esta vez en un bar a las diez de la mañana.
La cosa trepó por la pata de la silla donde la señora tenía colgado el bolso, metió la cabeza dentro y salió tirando de una cartera de piel con las dos manos. La dejó caer al suelo con un ruidito y se la llevó a rastras, marcha atrás, pegadita a la barra, entre las patas de los taburetes.
La señora seguía con su café, el meñique estirado, muy orgullosa de sí misma.
La cartera desapareció detrás de la barra.

Axel contuvo el aire y buscó entre las mesas a alguien que también lo hubiera visto. Cuando se volvió hacia Eva, la encontró mirándolo a él.
— Dime que tú también lo has visto.
Eva tardó un poco.
— He visto algo por ahí abajo. Una rata, o yo qué sé.
— No era una rata.
Ella no dijo que sí ni que no. Se le quedaron los ojos muy quietos.
— Joder — dijo Axel, bajito —. Nunca hay nadie que me diga que ha visto lo mismo que yo.
Eva le dio vueltas a una servilleta de papel.
— La noche que me largué de casa había uno.
— ¿Cómo?
— Llevaba tres semanas con la mochila debajo de la cama. Todas las noches me decía mañana. Y esa noche estaba sentada en el suelo de mi cuarto, a oscuras, con las zapatillas puestas, sin atreverme. Hora y media así. Y apareció uno en el alféizar, por fuera de la ventana. Descalzo, con sus trapitos y una cara de travieso que no veas. Y me dijo una cosa.

— ¿Qué te dijo?
Eva lo miró de frente.
— «Ahora o nunca. ¡Dale caña a tu vida!»
Se quedaron callados.
— Y me levanté y me fui. Sin cerrar con llave, pa no oír el ruido. — Levantó los hombros —. Le hice caso a un duende. Y desde entonces me pregunto si me lo inventé yo porque no me atrevía. Imagínate. «Me fui de casa porque me lo dijo un duende.» Te encierran.
— No estás loca — dijo Axel —. Y si lo estás, pues ya somos dos. Y dos locos juntos ya es una excursión.
Y a Eva, por fin, se le escapó la risa.
El camarero les trajo los zumos y las tostadas, y dejó la cuenta en la mesa de al lado.
La señora metió una mano en el bolso, frunció el ceño y probó con la otra. Al final se hartó de rebuscar y lo volcó entero encima de la mesa.
Salieron un abanico, un taco de tiques viejos y un caramelo pegado a una horquilla. También un sobre marrón doblado por la mitad, que hizo clinc al caer y que ella recogió antes que nada para sujetárselo bajo el brazo. Lo que no llegó a agarrar fue una cajita de plástico: rodó por el suelo, se abrió y dejó la dentadura de la señora a la vista de todo el bar.

Medio bar se giró. Y esta vez no miraban a Eva.
— Pero si la tenía aquí — decía la señora, cada vez más bajito —. No está. No llevo nada encima.
Axel se estiró por encima del hueco entre las mesas y le puso unas monedas en la mano.
— Tome. Invito yo.
La señora se quedó mirando las monedas, a Axel y a la chavala descalza a la que acababa de poner verde. Le empezó a temblar la barbilla y se echó a llorar con el dinero apretado en el puño y el sobre todavía debajo del brazo.
— Perdonadme. Que yo no soy así. — Buscó un pañuelo en el desastre de la mesa y no lo encontró —. Llevo cuatro años viniendo aquí todos los días a la misma hora, a esta mesa. Y este mes, encima, no me aguanto ni yo. Y hoy entráis vosotros con un gato y un lío de mochilas, y os reís. Y me ha salido eso.
Eva le acercó la silla, se sentó a su lado y le puso delante su zumo, que no había tocado.
— Ande, bébase esto. Y cómase el pastel, que lo tiene a medias.
La señora soltó una risa horrible, de las que salen con mocos. Se sonó con una servilleta de papel y levantó la cabeza.
— Vivo aquí al lado — dijo —. Tengo una casa enorme y nadie a quien enseñársela. Venid. Os invito a comer, a una ducha, a lo que queráis. Y si no queréis, lo entiendo, ¿eh? Que yo también me diría que no.
Axel miró a Eva. Eva miró a Axel.
— ¿Tiene agua caliente? — dijo Eva.
— Hija, tengo dos baños.
— Pues vamos.