Tu cesta: 0,00 €
La aldea de los Magikitos

Había una vez, escondido en el revés de una hoja de helecho, que solo se deja ver cuando parpadea dos veces, un poblado diminuto, el de los Magikitos.

Los Magikitos no eran duendes comunes, no, no, no. Mientras otros duendes se dedicaban a esconder calcetines o a pulir la manzana de los árboles, los Magikitos tenían misiones mucho más extravagantes y mágicas.

Por ejemplo, el Magikito Pirinolo es el encargado de afinar los colores. Un martes por la mañana, Pirinolo se dio cuenta con horror de que el amanecer estaba saliendo desteñido, con un rosa tan pálido que parecía un estornudo de tiza. Sin perder un segundo, sacó su mortero hecho en una cáscara de nuez y mezcló dos gotas de jugo de mora silvestre, una pizca del polvillo de estrella fugaz y el reflejo de una risa de niño. Con un pincel hecho con bigote de ratón, saltó a la cima del roble más alto y repintó el cielo justo a tiempo. Desde ese día, cuando ves un naranja especialmente brillante al atardecer, puedes estar seguro de que Pirinolo anduvo haciendo de las suyas.

También está la anécdota del gran lío de la humedad, por cortesía de la duenda inventora Titi. La Magikita Titi quería crear un té que supiera a mañana de domingo. El problema fue que confundió la esencia de brisa marina con concentrado de nube despistada. Cuando destapó la tetera en medio de la plaza del poblado, no salió vapor, sino una lluvia de burbujas brillantes que flotaban hacia arriba. Si una burbuja tocaba a un Magikito, empezaba a flotar mientras cantaba en idioma de grillo. Durante tres horas, todo el poblado estuvo suspendido en el aire, flotando entre risas y burbujas, hasta que el viento del norte los llevó de vuelta a tierra firme.

Pero la historia más querida en la aldea es la de Gormy, el Magikito más pequeño de todos, y cuya tarea era la más difícil: guardar los secretos del bosque. Una noche helada, un búho anciano le confesó a Gormy un secreto: el bosque tenía miedo a la oscuridad. Gormy sabía que no podía guardar algo tan grande en una sola caja, así que tuvo una idea brillante. Voló junto a las luciérnagas y les pidió que les prestaran un poquito de su luz. Luego, con un hilo tejido de telaraña, fue cosiendo pequeñas chispas luminosas en el envés de cada hoja del bosque. Cuando la luna se escondió y la noche se volvió completamente negra, las hojas empezaron a brillar suavemente, transformando la penumbra en un techo de luz cálida. El bosque suspiró aliviado y desde entonces la noche nunca volvió a dar miedo a nadie en la aldea de los Magikitos.

Así transcurren los días entre ellos, ajustando los susurros del viento, enseñando a bailar a las setas y recordando que la verdadera magia no está en aparecer cosas de la nada, sino en ver lo extraordinario en lo más ínfimo.

0:00

Un segundo: confírmanos que eres una persona