El atasco, 40 grados a la sombra, y en aquella autopista no había ni una pizca de sombra. Llevaban dos horas clavados en el sitio, cien coches pegados uno detrás del otro, achicharrándose al sol como sardinas en lata, sin avanzar ni un palmo. Cien volantes, cien personas, cien malos humores cociéndose a fuego lento. Claxon por aquí, un grito por allá. Un señor dando puñetazos al salpicadero. Una madre amenazando a los de atrás con dar media vuelta, sin poder dar media vuelta. Un chaval mirando el móvil con cara de querer llorar. El mal rollo se podía cortar con un cuchillo.

Y a un Magikito eso le sienta como una patada. Se llamaba Cascabel. Pequeñajo, orejas puntiagudas, y un gorro del que colgaba, cómo no, un cascabel diminuto que tintineaba con cada movimiento. Iba tan pancho en la baca de un coche cualquiera, tumbado al sol como un lagarto, hasta que aquel mar de caras largas le revolvió las tripas. Un Magikito de la alegría no puede ver tanto muermo junto y quedarse de brazos cruzados, eso es más fuerte que él. Así que se puso manos a la obra: saltó al capó del primer coche, se coló por la rejilla y le dio un toquecito al claxon. Pero no un bocinazo cualquiera, no. El claxon soltó él solito los tres primeros compases de una conga. El conductor pegó un bote, miró el volante como si lo hubiera mordido, volvió a tocar para comprobar y nada: pitito normal. Cosa muy rara.

Cascabel ya estaba tres coches más allá. Otro toquecito, otra conga. Y entonces pasó la magia de verdad. Que esa no es la del Magikito, es la de la gente. Porque del cuarto coche, un calvo con la camisa pegada al sudor oyó las dos congas y tocó su claxon siguiendo el ritmo, medio en broma, medio por no llorar. Y el de al lado se sumó, y el de más allá. En menos de un minuto, el atasco entero era una orquesta de cláxones tocando una conga imposible, descacharrante, retumbando bajo el sol de agosto. Cascabel, subido al techo de una furgoneta, dirigía aquello agitando los bracitos como un poseso. El cascabel del gorro a tope.

La madre de los niños fue la primera en bajarse. Abrió la puerta, salió a la calzada y empezó a mover las caderas. Los niños, detrás, encantados. El señor de los puñetazos aguantó el tipo tres segundos y se rindió. Salió del coche y se marcó un paso de los ochenta que no se marcaba desde su boda. El chaval del móvil levantó la vista y, por primera vez en todo el día, se rió. En nada, la autopista era una pista de baile: gente saltando entre los coches, una abuela tocando palmas desde la ventanilla, dos desconocidos haciendo la ola. Y entonces, claro, el tráfico empezó a moverse, algún claxon nuevo, de verdad: «¡Venga, que estamos avanzando!»

La gente volvió a sus coches entre risas, colorada, despeinada, sin creerse lo que acababa de pasar. Arrancaron motores, la fila se deshizo, y nadie en kilómetros a la redonda ya se acordaba del calor. En el techo de la furgoneta que ya rodaba, quedó tumbado Cascabel, hecho un guiñapo. Los colores apagados, las piernecillas muertas, el cascabel sin fuerzas ni para sonar. Montar una fiesta así, para sacar a cien personas de su pozo a la vez, no sale gratis. Nunca sale gratis. Pero sonreía. Vaya si sonreía. Se dejó llevar panza arriba, mirando el cielo, mirando cómo los coches que se alejaban, todavía salía de vez en cuando…

—De nada —murmuró a nadie en particular—. Y se echó a dormir al sol, que para eso se lo había ganado.

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