En un rincón de uno de los bosques de Taramundi vivía un grupo de Magikitos que se encargaba de cuidar los pequeños milagros de la naturaleza. Había Magikitos de brotes de primavera, del rocío de la mañana, de los susurros del viento, y luego estaba Liam. Liam era el Magikito más pequeñito de todos y, sin lugar a dudas, el más dormilón. Mientras los demás estiraban las piernas al amanecer, Liam se enrollaba en su manta hecha de pétalos de jazmín seco, que aún conservaba el olor del verano anterior, y roncaba como un tierno sonido que parecía el ronroneo de un gatito.
Pero esa noche no era una noche cualquiera, era la noche de San Juan, la noche más mágica del año, un momento suspendido en el tiempo, donde la energía del buen rollo, los deseos olvidados y la alegría pura se sienten en cada rincón del planeta. Todos los Magikitos estaban entusiasmados preparando la gran fiesta. El Magikito más anciano de todos, el más sabio y con la barba más larga, se acercó a la camita de Liam. Sostenía en sus manos un pequeño farol de cristal de cuarzo que había pertenecido a los antiguos guardianes del bosque. —¡Despierta, pequeño! —les siseó con un cariño inmenso—. Esta noche te toca una tarea muy especial. Tienes que guiar al ejército de luciérnagas para que iluminen el gran baile. Pero también para algo más. Debes recoger los deseos que los humanos y los animales piden al cielo en esta noche tan especial.
Liam abrió un ojo, bostezó con la boquita tan abierta que casi sale rodando de su hoja, y le sonrió. Le encantaban las luciérnagas: se parecían a las estrellas, pero en formato bolsillo, calentitas y cercanas. —¡Voy! —dijo con vocecita adormilada, poniéndose su gorrito de terciopelo verde.
Antes de comenzar la fiesta, el abuelo Magikito llevó a Liam ante el árbol de los recuerdos dulces, un sauce llorón cuyas hojas brillaban con una tenue luz plateada. —Liam, cada noche de San Juan las luciérnagas viajan por el mundo buscando la nostalgia bonita, la risa de un niño que ya creció, el aroma de las cocinas de las abuelas, el primer abrazo de dos amigos. Esas cosas no se pierden, se transforman en luz. Tu misión es encender esa luz esta noche.
Liam sintió un calorcito muy dulce en el pecho, comprendió que su pereza no era pereza real, sino que al ser tan pequeñito, su alma se llenaba muy rápido con las emociones del bosque y necesitaba descansar para procesar tanta belleza.
Cuando cayó la medianoche, el bosque se llenó de magia: los grillos tocaban los violines y las ranas llevaban el ritmo con un eco suave. Sin embargo, el cielo estaba demasiado oscuro. Una capa de nubes densas tapaba la luna. Era el momento de actuar. Liam se subió a la roca más alta con su farol de cuarzo en la mano. Todavía un poco tambaleante por el sueño, cerró los ojitos y pensó en lo feliz que era estando allí, rodeado de sus amigos. Pensó en el olor del jazmín de su manta, en los abrazos de la aldea. Concentró todo ese buen rollo en su pecho y sopló un puñado de polvo de estrellas hacia el cielo.
Al instante ocurrió el milagro. Miles de luciérnagas emergieron de entre las raíces del sauce, portando cada una de ellas un destello de esos recuerdos dulces y nostálgicos. Volaron alrededor de Liam como un torbellino de luz dorada, plateada y verde. El bosque se iluminó con una calidez tan hermosa que parecía que el tiempo se había detenido. Liam, contagiado por la paz del momento, empezó a danzar con ellas. Daba saltitos en el aire, reía y con sus diminutas manos guiaba a las luciérnagas para dibujar formas brillantes en la oscuridad. Corazones de luz, estrellas fugaces y espirales mágicas que dejaban un aroma a canela y madera mojada. La magia de San Juan no está en los grandes hechizos —pensó Liam mientras flotaba en el aire empujado por el suave aleteo de sus amigas—, sino que está en la alegría de saber que todo lo bonito que hemos vivido sigue viviendo dentro de nosotros.
La fiesta fue un éxito rotundo: todos los animales del bosque y los Magikitos bailaron, compartieron historias de veranos pasados y quemaron los malos recuerdos en una pequeña hoguera de ramitas mágicas que no quemaba, sólo daba calorcito en el corazón. Los deseos que recogieron las luciérnagas se convirtieron en flores nuevas que abrían al amanecer.
Cuando los primeros rayos de sol, teñidos de rosa y oro, empezaron a asomar por el horizonte, la música fue cesando lentamente. Las luciérnagas se apagaron con un suave clic mágico para ir a descansar. Liam, completamente agotado, pero con el alma rebosante de felicidad, no llegó ni a su cama de jazmines, se quedó profundamente dormido sobre la espalda de la luciérnaga más vieja y grande, la que custodiaba los recuerdos más antiguos. Ella lo llevó flotando con mimo infinito hasta su rincón entre los jazmines. Había sido la noche más larga, dulce y mágica de su vida. Y mientras el bosque despertaba, el Magikito más pequeñito ya sonreía en sueños, guardando la luz de San Juan en su corazón. Hasta el próximo año.