La sonrisa del zapato.

Era un día cualquiera en la peluquería del barrio. Un local pequeño y humilde, pero rebosante de vida. Paredes de madera, plantas colgando por todas partes y una pared de cristal que dejaba entrar la luz a raudales. Allí dentro, entre tijeras y peines, las risas sonaban casi tan seguido como el zumbido de los secadores.

Pero no todos los que estaban allí se veían a simple vista. En la estantería de los tintes, escondido entre un bote violeta y otro morado, había un Magikito. Se llamaba Gorgorito. Y era un cabroncete de los pies a la cabeza: orejitas puntiagudas, gorro rojo, un revoltijo de retales de colores cosidos a lo loco y una cáscara de bellota colgando del cuello. Le encantaban las trastadas y tenía un olfato finísimo para el buen rollo.

Por eso le gustaba aquel sitio. Allí la alegría se respiraba, y un Magikito de la alegría se alimenta justo de eso. Llevaba toda la mañana panza arriba sobre una caja de horquillas, dándose un festín.

Entonces se abrió la puerta y entró ella. Un zapato blanco impoluto. Y detrás, una mujer elegantísima, con un bolso de piel de cocodrilo y una cara de estar oliendo algo podrido. La tensión entró con ella, como una corriente de aire frío.

Bruno, que charlaba alegre con un chaval al que le estaba pelando, se calló. El chaval, Axel se llamaba, también. Clara, que siempre le ponía buena cara a todo el mundo, lo intentó con su parloteo de siempre. Nada. La mujer contestaba con frases secas, cada una peor que la anterior.

A Gorgorito se le borró la risa. Aquella mujer llevaba el mal rollo pegado como una segunda piel, de esas que van por el mundo apagándolo todo a su paso sin enterarse. Y un Magikito aguanta muchas cosas, pero no puede ver algo así y quedarse de brazos cruzados. Es más fuerte que él.

El problema es que arreglar un mal rollo de ese calibre no sale gratis. Gorgorito lo sabía. Y, aun así, bajó de la estantería. Se deslizó por el suelo, sorteando pies, hasta llegar a aquel zapato blanco tan perfecto, tan tieso. Sacó un rotulador de su saquito de cuero, más pequeño que una uña, y dibujó a toda prisa una sonrisa torcida en la punta del zapato.

No era un dibujo cualquiera. Era un hechizo, de los que abren una rendija por donde se cuela la alegría aunque uno no quiera.

Terminó el corte. La mujer se levantó y se miró al espejo. Clara había hecho un trabajo impecable, pero ella no pensaba dar las gracias ni de broma. Entonces bajó la vista y vio la sonrisa en su zapato.

Abrió la boca para soltar un grito de indignación, pero el grito no llegó. Lo que le salió fue una sonrisa. Pequeña primero, luego enorme. Una que no podía parar, y por esa rendija, de pronto se le coló todo lo que llevaba años tapando.

—¡Me encanta! —exclamó, sorprendida de sí misma.

Clara la miró flipando. La mujer, con la sonrisa ya imposible de quitar, abrió su bolso de cocodrilo, sacó cinco monedas de oro y se las puso a Clara en la mano.

—¡Quédate con el cambio! ¡Te lo mereces y mucho más!

Y salió de la peluquería tarareando una cancioncilla ligera por primera vez en mucho tiempo. Bruno, Clara y Axel se quedaron mirándose sin entender nada.

Y en la estantería de los tintes, un bote violeta se tambaleó un momento y se quedó quieto. Gorgorito había vuelto a su sitio, pero ya no daba volteretas. Estaba sentado contra el bote, encogido, y los colores de sus retales se veían apagados, como una foto vieja. Aquella trastada le había costado un buen pellizco de su chispa.

Sonreía igual. Por el rabillo del ojo vio que el chaval del corte de pelo, Axel, se había quedado mirando a la estantería con el ceño fruncido, como si hubiera notado algo. Gorgorito le guiñó un ojo, aunque el chico no podía verlo.

—Tú y yo nos vamos a llevar muy bien —murmuró.

Y se quedó allí, descansando, recuperando fuerzas para el siguiente mal rollo, que, en este mundo, por desgracia, nunca faltan.

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