El vuelo de Girasolito
Contado por Carmen
A la orilla del camino de tierra que bordea la aldea, justo donde la hierba crece más alta y verde, vivía un diente de león llamado Girasolito. Girasolito había pasado toda la primavera luciendo un vestido amarillo vibrante, tan brillante como el sol del mediodía.
Pero el tiempo en el bosque pasa despacio y sin pausa, y con la llegada de las tardes cálidas de verano, su flor amarilla se había transformado en una hermosa esfera blanca, frágil y esponjosa. Una preciosa soplera, llena de decenas de diminutas semillas plateadas, cada una lista para volar con su propio paracaídas. Todas ya se habían ido con la brisa de la mañana, viajando lejos hacia campos desconocidos. Pero Girasolito seguía allí, erguido sobre su tallo verde, esperando. Tenía miedo de soltarse, pensaba que volar significaba perderse en la vastedad del aire.
Fue entonces cuando apareció Pau.
Pau era el Magikito más paciente de toda la comarca. Llevaba un gorro hecho con una cáscara de avellana pulida y una chaquetilla de lino suave. Su trabajo no era soplar fuerte para despeinar las flores, sino enseñar a los vientos a ser amables con las cosas frágiles.
A la tarde, el aire olía a tierra seca y a jazmín. Pau caminaba despacio por el borde del camino, haciendo sonar con sus pisadas las hojas secas en un murmullo apacible. Al ver a Girasolito solo en la penumbra dorada del atardecer, Pau se acercó sin prisa y se sentó sobre una piedra redonda y tibia que había junto a él.
—Hola, pequeño, ¿por qué sigues abrazando tan fuerte la tierra? La tarde está perfecta para viajar.
Girasolito meció su cabeza blanca muy suavemente, con miedo de que un movimiento brusco le hiciera perder una de sus semillas.
—Tengo miedo, Pau —dijo el diente de león—. Aquí abajo conozco el olor del musgo, el tacto de la sombra y el frío rocío de la mañana. Si me suelto, ¿a dónde iré? El cielo es demasiado grande.
Pau sonrió con dulzura. Sacó de su bolsillo un pequeño instrumento hecho con una pajita de trigo y sopló. Porque de la pajita no salió música, sino una burbuja de aire tibio que envolvió a Girasolito como un abrazo invisible.
—Volar no es perderse, Girasolito —dijo Pau estirando las piernas sobre la piedra—. Volar es solo la forma en que los dientes de león plantan sus sueños en el mundo. Cada una de tus semillas no es una pérdida, sino una promesa de que el verano que viene habrá más luz en otro rincón del bosque.
Pau se levantó, se acercó a la esfera blanca y rozó con la yema de su dedo la pluma de la semilla más alta.
—Además —añadió al Magikito guiñándole un ojo—, no vas a volar solo, yo iré contigo en el primer tramo del camino.
Pau tomó aire, muy despacio, llenando sus pulmones con el aroma a pino y manzanilla de la tarde. Luego acercó sus labios a la soplera y sopló muy delicadamente. Tan delicado que parecía un suspiro de sueño. Una a una, las diminutas semillas de Girasolito se desprendieron del tallo. No salieron disparadas ni se agitaron en el aire. Flotaron con una elegancia serena elevándose lentamente hacia el cielo de color violeta y dorado.
Pau caminó a su lado por el sendero, acompañándolas a paso lento, sopló suavemente desde abajo cuando alguna parecía bajar demasiado rápido. Las semillas daban vueltas sobre sí mismas, jugando con la brisa de la tarde, brillando como pequeñas estrellas de algodón bajo los últimos rayos del sol.
Girasolito, sintiendo cómo sus semillas viajaban seguras y en paz, ya no tuvo miedo. Sintió una ligereza maravillosa, un alivio profundo que recorrió su tallo hasta las raíces. Una de sus semillas cayó suavemente sobre el tejado de musgo de una cabañita de duendes, otra se posó en la espalda de un erizo dormido, y la más pequeña de todas aterrizó justo en la palma de la mano de Pau.
Pau miró a la pequeña semilla. La guardó en su bolsillo junto a sus tesoros más preciados y miró al cielo, donde la primera estrella de la noche acababa de encenderse.
—Buen viaje, Girasolito —murmuró Pau—. Nos veremos la próxima primavera.
El bosque entero quedó en calma, arropado por el silencio de la noche que llegaba, mientras el Magikito Pau regresaba a su casita con el corazón lleno de la paz de los caminos bien recorridos.