La reunión más aburrida del mundo. En la sala de reuniones de la cuarta planta, 12 personas llevaban hora y media muriéndose por dentro, mientras el jefe, un tal Ramírez, lee gráficos en voz alta, uno detrás de otro, con la misma emoción con la que se lee la lista de la compra. «Y aquí vemos, como podéis observar, una ligera tendencia al alza en el tercer trimestre, que si lo comparamos con el gráfico anterior, nadie observaba nada.»

Marta dibujaba espirales en su cuaderno. Pedro había encontrado un punto fijo en la pared y no pensaba soltarlo. Uno del fondo se había dormido con los ojos abiertos, un arte que solo se domina en las reuniones largas. El becario miraba el reloj cada 11 segundos, convencido de que estaba estropeado, porque era imposible que el tiempo fuese tan despacio. El aburrimiento era tan denso que casi se podía masticar.

Y eso, para cierto inquilino de la sala, era intolerable. Vivía en el proyector, se llamaba Garabato y era un Magikito de la creatividad. Tenía por gorro un pegote de tinta que le chorreaba por una oreja. Llevaba meses ahí adentro, calentito, alimentándose de las ideas chispiantes de la gente. El problema es que en aquella sala últimamente no chispiaba ni una, solo gráficos. Garabato se moría de hambre y de asco, hasta que en la diapositiva 87 dijo basta. Le dio un toquecito al proyector y la barra más alta del gráfico, esa de la tendencia al alza, se torció. Despacito, pero muy despacito, le salió un ojo. Luego otro. Y al final, una nariz de payaso roja y redonda en mitad de la presentación trimestral.

Marta levantó la vista de sus espirales. Parpadeó, miró a Pedro. Pedro ya lo estaba viendo, con la boca abierta. Ramírez seguía en lo suyo, de espaldas a la pantalla. Lo cual nos lleva inevitablemente a la diapositiva 88, pero el 88 ya no era un gráfico circular: era un dibujo bastante decente de Ramírez con orejas de burro. Alguien soltó una risita, la ahogó enseguida, aterrado, pero ya se sabe que la risa, en una sala en silencio, es lo más contagioso del mundo, más que un bostezo, más que una gripe.

Y entonces la cafetera del rincón, sin que nadie la tocara, arrancó a borbotear una cancioncilla de Tío Vivo. Eso fue la gota. El becario explotó primero: una carcajada que llevaba hora y media presa. Detrás, Marta. Detrás, la fila entera. El que dormía con los ojos abiertos se despertó del susto, vio al jefe burro en la pantalla y se sumó sin enterarse de qué se reía. El boli de Pedro empezó a pitar solo, con una nota aguda y absurda. Y aquello ya fue el delirio.

Ramírez por fin se giró hacia la pantalla. Vio su propia cara con orejas de burro. Vio a sus dos empleados llorando de risa, agarrándose la tripa, rojos como tomates. Y Ramírez, el hombre más serio de la cuarta planta, en los 140 gráficos abrió la boca para echar la bronca. Pero le salió una carcajada, la más grande de todas. Resulta que el pobre llevaba hora y media tan muerto de aburrimiento como los demás. Solo que él no se podía bajar del barco. La nariz de payaso le dio permiso.

La reunión se levantó 20 minutos antes sin terminar. Las diapositivas de la 89 a la 140 no las vio nadie, y el mundo siguió girando exactamente igual.

Dentro del proyector, Garabato se había quedado seco. El pegote de tinta del gorro, antes negro y brillante, se le había puesto gris y cuarteado, y le temblaban las patitas. Reventar la reunión más aburrida del mundo, y de paso a 12 personas a la vez, no sale gratis. Nunca sale gratis. Pero por la rejilla se colaba el sonido de las risas, que todavía no se apagaban del todo, y a Garabato eso le supo a banquete. Se acurrucó junto a la bombilla calentita. Mañana, la diapositiva 89… —bostezó—, pero hoy no, y se quedó frito.

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