El concierto bajo la lluvia. Era noche cerrada sobre el bosque y, dentro de una mochila enorme, entre el saco de dormir y una tableta de chocolate, viajaba un polizón. Se llamaba Gordorito y era un Magikito: pequeñazo, orejas puntiagudas, gorro rojo y un revoltijo de retales de colores cosidos a lo loco.

Se había colado en aquella mochila un par de noches atrás, en cuanto le echó el ojo al chaval que la cargaba. Porque el chaval, Axel se llamaba, tenía algo. Gordorito había visto pasar a miles de humanos. Casi todos eran de los que van por la vida medio dormidos, sin enterarse de nada. Pero este no. Este llevaba un fueguecito por dentro, unas ganas de vivir que olían a aventuras de las buenas. Y a un Magikito eso lo atrae como a las moscas la mierda.

La cosa pintaba bien: el bosque, la montaña, el olor a tierra mojada. Pero entonces empezó a llover y al chaval se le torció el gesto. Gordorito lo notó enseguida, porque los Magikitos huelen el mal rollo igual que huelen el bueno. Axel se sentó en el suelo, apagó la linterna y se quedó a oscuras, dándole vueltas a la cabeza. «Qué si hago aquí, que si esto no es lo mío, que si mejor me vuelvo.» Mal asunto.

Y lo peor: el muchacho se levantó, se puso el chubasquero y empezó a desandar el camino, de vuelta a la ciudad, de vuelta a la burbuja. Gordorito, dentro de la mochila, se llevó las manos a la cabeza. No, no, no, con lo bien que iba todo. Tenía que hacer algo, y rápido. Miró a su alrededor en la penumbra de la mochila y lo vio: el altavoz, ese cacharro que el chaval usaba para cocinar.

Gordorito se removió, trepó hasta él, se abrazó al botón con todo su cuerpecillo y apretó con todas sus fuerzas. Le costó lo suyo, porque el botón era casi tan grande como él, pero al final el bosque de un tirón estalló. Una música alegre y pintona, descarada, salió disparada de la mochila y se plantó en mitad de la noche lluviosa, como quien no quiere la cosa. Trompetas, tambores, una vocecita que cantaba en un idioma que no existe: lo más fuera de lugar del mundo, lo más absurdo.

Gordorito se subió encima del altavoz y se puso a bailar como un poseído, dando saltos, moviendo las orejas, dirigiendo la lluvia como si fuera una orquesta. Aquello era un conciertazo y el público era una sola persona: un chaval empapado plantado en mitad del camino, sin saber qué narices estaba pasando.

Axel se quedó mirando la mochila y entonces pasó. Se rió. Primero una risa floja de no entender nada; luego una carcajada de las buenas, de esas que te limpian por dentro. Porque, vamos a ver, ¿qué clase de aventura es esta si tu propio altavoz se pone a dar la nota en medio del bosque, bajo la lluvia, a las tantas de la noche? Una absurda, obvio; una de las buenas.

Y el chaval, que un minuto antes se volvía a casa con el rabo entre las piernas, se dio la vuelta, encendió la linterna y siguió hacia el norte, con la música en la espalda y una sonrisa de oreja a oreja. Gordorito, encima del altavoz, levantó los brazitos en señal de victoria y entonces le llegó el bajón. Porque montar un concierto así, para sacar a alguien de un pozo, no sale gratis; nunca sale gratis.

De pronto le pesaban los párpados, los colores de sus retales se habían quedado lavados y las piernecillas no le respondían. Se dejó caer sobre el saco de dormir, hecho un ovillo reventado, pero sonreía, vaya si sonreía. «Sigue, chaval», murmuró antes de quedarse frito, «que esto no ha hecho más que empezar». Fuera, la música seguía sonando y los pasos de Axel se alejaban hacia el norte, firmes, sin una sola duda.

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