En una casita de piedra con tejado de pizarra, la abuela Carmen se disponía a preparar la merienda. Sobre la mesa de madera vieja de la cocina lo tenía todo listo: huevos de sus gallinas, leche fresca de la vaca y un cuenco de harina.

«Hoy los buñuelos me van a salir de cine», decía Carmen para sus adentros, sin saber que tres polizontes mágicos la observaban desde el estante de las especias. En cuanto Carmen se dio la vuelta para buscar la sartén de hierro, los Magikitos saltaron a la acción.

El Magikito llamado Mo, apasionado de los dulces, se lanzó de cabeza al cuenco de la harina. Al salir parecía un fantasmita blanco, pero con un estornudo mágico hizo que la harina se volviera tan ligera que empezó a flotar, creando pequeñas nubes blancas sobre la mesa.

Chispas, mientras tanto, sacó un frasquito de esencia de la risa y vertió una gota en la masa. Al instante, la mezcla empezó a burbujear y a emitir un sonido parecido a una risita floja. Cuando Carmen volvió y empezó a echar masa en la sartén, ocurrió algo increíble: el primer buñuelo empezó a inflarse como un globo y salió volando por la cocina.

—¡Ay, madre! —gritó Carmen, intentando atraparlo con la espumadera—. ¡Que se me escapa la merienda!

Chispas, sentado en el azucarero, no podía aguantar la risa. Con un chasquido de sus dedos hizo que los buñuelos que Carmen iba sacando de la sartén tuvieran forma de animales: buñuelo oso, buñuelo pájaro, buñuelo gato…

Pero la magia de los Magikitos había ido más allá del efecto visual. Cuando Carmen probó un trocito del buñuelo volador sintió que de repente le dolían menos las rodillas y que le entraron ganas de ponerse a cantar. Era el efecto de la alegría de los Magikitos horneada a fuego lento.

—¡Vaya par de tres, debéis andar por aquí! —dijo la abuela Carmen al aire, dejando un platito con un buñuelo extragrande y mucha miel en el rincón más cálido de la cocina como agradecimiento.

Los Magikitos, escondidos tras el frutero, se dieron un festín que los dejó con las barrigas redondas y los corazones contentos. Era tarde; todo el pueblo olía a vainilla, canela y magia.

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