En el Valle de los Magikitos, donde los árboles huelen a algodón de azúcar y el río susurra melodías de cuna, la magia no se usa para lanzar hechizos ruidosos. Allí la magia es sutil, reconfortante y un poco nostálgica, como el olor a lluvia en una tarde de verano.

Toku, un Magikito de orejas puntiagudas y gorro con cascabel, miraba al cielo con una mezcla de emoción y dulzura. Hoy era el día del viento dorado, la tarde perfecta para volar su cometa mágica, una estructura de madera ligera atada con hilos plateados. Esta no era una cometa cualquiera. Tenía un propósito muy especial.

Toku desenrolló el cordón de plata de su cometa y la lanzó al viento. Con un suave soplido de magia nostálgica, esa que brilla con el color de los viejos recuerdos felices, la cometa se elevó más y más, flotando sobre las nubes del valle. De repente, el cielo se abrió en un destello de colores vibrantes. Allí estaba el gran arcoíris.

Todos los Magikitos saben que al otro lado del arcoíris se encuentra el prado de las huellas felices. El lugar donde las mascotas descansan, corren sin cansarse y juegan eternamente cuando se despiden de este mundo.

Toku cerró los ojos, sostuvo el hilo con fuerza y envió un pensamiento lleno de buen rollo y amor a través de su cuerda: Hola, saltito mío, mira hacia arriba. El hilo de la cometa vibró. Toku abrió los ojos y vio una silueta familiar saltando de nube en nube al otro lado del arcoíris. Era Laika, su fiel perro de la infancia.

Laika ya no estaba en el valle, pero su conexión seguía siendo tan fuerte como siempre. Gracias a la cometa, la magia acortó la distancia. El viento trajo de vuelta el eco de un ladrido alegre. La cometa bailó en círculos, imitando la forma en que Laika solía perseguirse la cola. Una chispa de luz bajó por el hilo, dejando las manos de Toku con una sensación de calorcito, como un abrazo peludo.

Laika corría feliz por los prados del arcoíris, saltando entre nubes de colores, sabiendo que su Magikito lo recordaba con una sonrisa. No había tristeza en el aire, solo una gratitud inmensa por los días compartidos.

Después de un rato de juego a distancia y piruetas en el cielo, el viento comenzó a calmarse. Toku fue recogiendo el hilo poco a poco, guardando la cometa con cuidado. El arcoíris se desvaneció lentamente, mientras el cielo del valle se quedó pintado de un tono rosado precioso. Toku suspiró, sintiendo el corazón ligero y lleno de paz.

Las mascotas de los Magikitos nunca se van del todo, igual que las de los humanos, sino que se quedan cuidando al otro lado del arcoíris, esperando la brisa perfecta para volver a saludar a sus dueños. Con una sonrisa y un silbido alegre, Toku regresó a su casita en el árbol, sabiendo que el amor es la magia más poderosa de todas.

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