El señor importantísimo. El señor de la 512 bajó a recepción a las 3 de la madrugada como quien baja a declarar una guerra. Traje impecable, corbata de seda, zapatos de charol que chirriaban de puro nuevos. Acababa de volver de una cena de esas importantísimas. Había subido a su habitación hacía cinco minutos y ya bajaba otra vez con una cara de volcán a punto de estallar. A esas horas, el vestíbulo del hotel era un sitio calientito y tranquilo: luces bajas, una fuentecita murmurando en un rincón y una señora dormitando en el sofá con una revista sobre la cara. Detrás del mostrador, un chaval de ojeras amables aguantaba el turno de noche; Axel, decía su chapita.
—El aire acondicionado hace un ruidito —anunció el señor plantando un dedo en el mostrador.
—Oh, lo siento muchísimo. Ahora mismo le cambio de habitación.
—No quiero otra habitación. Quiero hablar con el director ya.
—El director duerme, señor, como casi todo el mundo —dijo Axel con la sonrisa más paciente del hemisferio.
Al señor aquello le sentó fatal. Empezó a gritar primero en español, luego para darse importancia en inglés. Axel le contestó en inglés, probó en alemán, Axel le contestó en alemán, probó en francés y en italiano, y el chaval tan tranquilo le fue contestando en todo como si aquello fuera un concurso de la tele. Aquello en vez de calmarlo lo encendió el doble.
—Usted sabe quién soy yo —bramó.
Y la señora del sofá, que se había despertado del susto, se escondió detrás de su revista. El mal rollo llenó el vestíbulo hasta el techo. Y el mal rollo, en aquel hotel, no pasaba desapercibido.
Porque en la cocina, donde la salsa de tomate del día siguiente dormía a fuego lentísimo, vivía un Magikito. Se llamaba Sofrito. Pequeñajo, orejas puntiagudas y un gorro rojo con más manchas que un mantel de domingo. Un cabroncete de cocina, de los que esconden la sal y les cambian el pitido a los hornos.
Los gritos le llegaron por el pasillo y le sentaron como un trago de vinagre. Un Magikito aguanta muchas cosas, pero el mal rollo no, es más fuerte que él.
Se asomó al vestíbulo y estudió al gritón con ojo de experto. Corbata de seda, camisa blanca, blanquísima, planchada como un folio. Sonrió de oreja a oreja puntiaguda.
Volvió a la cocina, llenó de salsa una cuchara sopera más grande que él y la arrastró hasta la puerta del vestíbulo con un esfuerzo tremendo. Parándose a resoplar cada tres pasos, trajo rodando un tapón de corcho, lo plantó en el suelo y apoyó encima la cuchara. Como una catapulta diminuta. Apuntó con un ojo cerrado, movió el mango dos milímetros a la izquierda y saltó encima con todo su peso.
La salsa cruzó el vestíbulo dibujando un arco perfecto. Elegantísimo, digno de estudio. En toda la camisa.
El señor se quedó de piedra. Miró la mancha. Miró alrededor buscando al culpable. No había nadie. Abrió la boca para soltar el grito más grande de su vida y entonces se vio en el espejo del vestíbulo: un señor importantísimo, con su corbata de seda, su cara de volcán y un manchurrón de tomate en mitad del pecho. Así no había quien se lo tomara en serio, ni él mismo. Y por ahí, por esa rendija, se le coló la risa. Primero un resoplido, luego una risa entera, de las que doblan por la mitad. Se dejó caer en el sofá al lado de la señora de la revista, que también se estaba riendo, y los dos estuvieron un buen rato sin poder parar.
—Perdona, chaval —dijo al final, secándose los ojos—, no eres tú, es que llevo un día espantoso.
—Le invito un sándwich —dijo Axel—. La cocina está cerrada, pero yo controlo.
Y allí se quedaron los tres, a las tres y pico de la madrugada, el señor con la corbata aflojada comiéndose el mejor sándwich de su vida, la señora contando chistes malísimos y Axel escuchando, que para eso también valen cinco idiomas.
En la cocina, dentro de la cuchara sopera, Sofrito estaba hecho un guiñapo: el gorro caído, los colores apagados, sin fuerza ni para lamerse la salsa de los dedos. Calmar a un señor de este tamaño no sale gratis, nunca sale gratis, pero sonreía, vaya si sonreía.
En recepción, Axel había jurado ver algo, un gorro rojo chiquitín desapareciendo por la puerta de la cocina, arrastrando una cuchara sopera. Lo achacó al turno de noche, que a esas horas la cabeza inventa cosas.
Y la cazuela siguió durmiendo a fuego lentísimo, con un poquito menos de salsa adentro y con un Magikito roncando en una cuchara, echando la siesta más merecida del mundo.