El vuelo a la luna.
El vuelo de las once y media se canceló a las dos de la madrugada, que es la peor hora del mundo para cancelar nada. El panel lo anunció sin ninguna vergüenza: Cancelado. Y 200 personas soltaron el mismo gruñido a la vez en la puerta B12.
Un señor de traje arrugado miró su reloj como si el reloj tuviese la culpa. Una abuela abrazó una caja de dulces atada con cordel; un mochilero se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo. Y un crío que a esas horas imposibles estaba más despierto que nadie preguntó si ya llegaban. Detrás del mostrador, una chica con la coleta vencida repetía por enésima vez que lo sentía mucho, que no dependía de ella. La gente le gritaba igual, siempre le grita todo el mundo al que menos culpa tiene. El mal rollo se fue espesando como la niebla.
Y en la mochila del mochilero, entre un calcetín y medio bocadillo, viajaba un polizón. Se llamaba Brújulo: pequeñajo, orejas puntiagudas, un gorro verde con una pluma de paloma. Y colgada al cuello, una brújula de juguete cuya aguja apuntaba siempre a donde le daba la gana. Un cabroncete de aeropuerto de los que cambian las etiquetas de las maletas y hacen pitar los arcos de seguridad porque sí.
Sacó la cabeza de la mochila y arrugó la nariz. 200 caras de acelga. Un Magikito aguanta muchas cosas, pero el mal rollo no. Es más fuerte que él. Se descolgó de la mochila, se coló por una rejilla del mostrador y se metió en las tripas del aeropuerto, donde viven los cables. Primero parpadeó el panel, donde ponía Cancelado. Las letras se revolvieron como hormigas y se recolocaron: Vuelo ML 1969. Destino, la luna. Puerta B12 embarcando.
Después carraspeó la megafonía: «Pasajeros del vuelo ML 1969 con destino a la luna, embarquen por favor por la puerta B12. Se ruega no facturar los malos humos.» 200 cabezas se levantaron a la vez. Nadie dijo nada. En aquel silencio se jugaba el partido entero. Y entonces el crío que no se dormía cruzó la sala muy serio con su tarjeta de embarque arrugada en la mano y se plantó delante del mostrador. La chica de la coleta lo miró, miró el panel, miró a los 200. Llevaba toda la noche comiendo broncas que no eran suyas y tenía todo el derecho del mundo a encogerse de hombros. Eligió lo otro: cogió la tarjeta del crío y la pasó por el lector, que llevaba toda la noche apagado y, sin embargo, pitó y anunció con su mejor voz de trabajo: «Asiento A1, ventanilla. Que disfrute del vuelo, caballero.»
Aquello rompió la presa. El mochilero fue el segundo. Las filas de asientos de la B12 se convirtieron en el avión y la ventanilla era ventanilla de verdad. Al otro lado del cristal, gorda y redonda, esperaba la luna. Dos azafatas de tierra del turno de noche, muertas de risa, hicieron la demostración de seguridad señalando como salidas de emergencia la cafetería cerrada y los baños. La abuela pasó repartiendo dulces de su caja, que en este vuelo el menú ha incluido. El señor del traje arrugado aguantó dignos unos diez minutos, que es lo que tarda un señor serio en rendirse, y acabó de comandante con las manos de bocina. «Les habla el capitán. A la derecha pueden ver Júpiter, que también llega con retraso.» Alguien pidió turbulencias y otro las hizo sacudiendo los respaldos de la fila de delante. Los críos, que eran cuatro y estaban despiertísimos, flotaban a cámara lenta por el pasillo, porque en la luna se flota. Eso lo sabe todo el mundo.
El despegue fue a las tres menos cuarto. El aterrizaje no lo vio casi nadie, porque a las cuatro dormía hasta el comandante. Doscientas personas, repartidas por los asientos de la B12, con la cara en paz de quien vuelve de un buen viaje. El vuelo de verdad salió a las siete y diez. Nadie gritó. La gente embarcó bostezando y sonriéndole a la chica de la coleta, y el crío del asiento A1 le devolvió su tarjeta arrugada por si le servía a otro pasajero.
Dentro del panel de la puerta B12 quedó un Brújulo hecho un guiñapo. Apoyado contra un cable, los colores apagados y la pluma del gorro mustia. La aguja de su brújula no tenía fuerzas ni para girar. Ponerle rumbo a la luna a doscientas personas no sale gratis. Nunca sale gratis. Pero sonreía. Vaya si sonreía. Y durante todo el día siguiente, aunque ningún técnico supo explicarlo, el panel de la B12 parpadeó un poquito más que los demás.