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Aquella noche la niebla en el valle no era normal. No flotaba sobre el suelo, sino que caía del cielo como una cascada lenta, como si alguien hubiese volcado un tintero de nubes. Los Magikitos se dieron cuenta enseguida de que algo iba mal. El aire se había vuelto extrañamente denso, pesado, como si caminar costara el doble de esfuerzo.

Kilian, con su linterna de luciérnaga, subió hasta el Gran Sauce, donde vivía el guardián del tiempo. Al llegar allí, se encontró con un panorama desolador. El reloj de arena del bosque, un artefacto de cristal que regulaba el paso del día a la noche, se había agrietado. Y la arena mágica de su interior se estaba escapando, transformándose en esa bruma espesa que lo ralentizaba todo.

Si la arena se agotaba, el valle se quedaría atrapado en un crepúsculo eterno y nadie volvería a conciliar el sueño. —Una forma de sellarlo —dijo el guardián con un hilo de voz—, pero necesitas el rocío de plata. Está en la gruta de los ecos, al otro lado del río, pero el puente ha desaparecido bajo la niebla.

Kilian no se lo pensó dos veces, agarró su zurrón y se adentró en la espesura. La visibilidad era casi nula, pero el buen rollo y la determinación de los Magikitos no se apagan fácilmente. Sabía que no podía confiar en sus ojos, así que cerró los párpados y agudizó el resto de sus sentidos.

De repente, un susurro casi imperceptible viajó a través de las raíces. No era viento, era la propia madre tierra guiándolo. Kilian avanzó descalzo, orientándose por el tacto. Cada vez que pisaba el suelo, el nostálgico olor a tierra mojada se elevaba fresco y protector, como si el bosque le diera un abrazo invisible y le dijera bien. Al llegar a la orilla del río, el agua siseaba con fuerza. Cruzar sin ver nada.

Fue entonces cuando desde las copas invisibles de los árboles comenzó el verdadero milagro. Una bandada de petirrojos empezó a cantar. Eran cientos de pájaros cantando al unísono, pero no con el barullo del amanecer, sino tejiendo un mapa sonoro. Con sus trinos le indicaban dónde estaban las rocas estables para cruzar el río. Un silbido a la izquierda, un gorgojeo al frente. Kilian saltó de piedra en piedra, guiado por la música y el aroma del bosque, hasta entrar en la gruta de los ecos.

Allí, en una estalactita brillante, reposaba la última gota del rocío de plata. La recogió con cuidado en una hoja de hiedra y regresó todo lo rápido que la densidad de la niebla le permitió hacia el Gran Sauce. Con manos temblorosas pero firmes, Kilian vertió el rocío de plata sobre la grieta del reloj. El cristal brilló con un destello azulado y se selló al instante. El efecto fue inmediato.

La densa bruma comenzó a sentarse suavemente sobre la hierba, convirtiéndose en un rocío pacífico. El aire recuperó su curso natural, volviéndose ligero, fluido y calmado. El peligro había pasado.

El esfuerzo del viaje empezó a pasarle factura a Kilian, cuyos músculos se relajaron por completo. Los pájaros bajaron el tono de sus cantos, transformándolo en un murmullo arrullador que se mezclaba con el aroma a tierra húmeda y limpia. Con el corazón tranquilo y la satisfacción de haber salvado el descanso del valle, Kilian se dejó caer sobre un lecho de hojas tiernas. Cerró los ojos, envuelto en silencio, recuperado del bosque y se quedó profundamente dormido.

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