Esta es la historia de dos hermanos pequeños, Leo y Mía, quienes descubrieron una noche de verano que la magia siempre, siempre premia los corazones curiosos.

Leo y Mía estaban sentados en el césped de su jardín, mirando al gran cielo oscuro. El aire era fresco y olía a tierra mojada y a flores nocturnas. Todo estaba en calma.

De repente, una estrella fugaz cruzó el firmamento, dejando una estela de polvo dorado que parecía caer directamente sobre ellos. Los hermanitos cerraron los ojos y en silencio pidieron un deseo con el corazón: «Queremos ver el lugar donde nacen las estrellas».

Al abrir los ojos, el polvo dorado de la estrella había caído sobre una planta trepadora que crecía junto a la pared del jardín. Ante la mirada asombrada de los niños, la planta trepadora comenzó a moverse suavemente, como si bailara al ritmo de una melodía invisible. Sus hojas verdes y brillantes empezaron a crecer hacia arriba, entrelazándose con una fuerza asombrosa. Mientras la planta subía y subía hacia el cielo, sus tallos fuertes se moldearon de una forma mágica, creando una perfecta escalera de hojas y flores resplandecientes que se perdía entre las nubes.

En la base de la escalera aparecieron tres pequeños destellos de luz. Eran los Magikitos, diminutas criaturas de sonrisas brillantes. —No tengan miedo —susurró el Magikito de la tierra con una voz que sonaba como el susurro del viento entre los árboles—. Su deseo ha sido escuchado. Suban con calma, paso a paso, respirando hondo.

Leo y Mía se tomaron de la mano y pusieron el primer pie en la escalera de hojas. Estaba tibia y era completamente segura. Siente cómo tus pies se llenan de una energía. Con cada escalón que subes, tu cuerpo se siente más y más relajado. Deja abajo las preocupaciones del día; solo existes tú, la noche y las estrellas. Los Magikitos volaban a su alrededor, dejando un rastro de paz.

A medida que los hermanos subían, el ruido del mundo de abajo se desvanecía; solo quedaba el sonido suave de su propia respiración. Al llegar al final de la escalera, caminaron sobre una nube blanca y mullida. Frente a ellos, el cielo estaba lleno de estrellas que titilaban suavemente como luciérnagas durmiendo. Los Magikitos le explicaron a los hermanos que cada estrella era un sueño hermoso de un niño de la tierra.

Leo y Mía se acostaron en la nube, sintiéndose completamente seguros, protegidos y en paz. Los Magikitos los envolvieron con una suave manta hecha de luz de luna. —Es hora de descansar —susurraron los Magikitos—. La magia siempre vive en vosotros. Solo debéis respirar y recordar el camino a las estrellas.

Los dos pequeños cerraron los ojos con el corazón lleno de gratitud y se quedaron profundamente dormidos, flotando en el universo de los Magikitos.

Ahora tú también puedes respirar profundo, dejar que tu cuerpo se relaje por completo y viajar a ese jardín de estrellas. Buenas noches.

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