En el reino de la pelusa escondida, justo detrás de la lavadora de tu casa, viven los Magikitos. Son unos duendecillos del tamaño de una nuez, con sombreros brillantes y una energía que ya querría un café exprés doble. Su trabajo es vital: recolectar la energía de las cosas perdidas para alimentar al generador del buen rollo del universo.
Los protagonistas de hoy son Kim y Kiko. Kim es muy optimista, a veces demasiado. Su sombrero cambia de color según su humor; hoy está de un verde fluorescente pasmoso. Kiko es el estratega. Siempre lleva una mochila con un dedal y un mapa que nunca entiende.
Un martes por la mañana, las alarmas del reino empezaron a sonar. Pero no era un pitido molesto, sino un ritmo de salsa muy pegadizo, porque hasta las alarmas tienen buen rollo. Allá, el gran generador se estaba quedando sin energía. ¿Era el motivo? Pues los humanos habían empezado a usar calcetines exactamente iguales, idénticos, grises y aburridos. Ya no había misterio, ya no había calcetines desparejados que alimentara el motor de la magia.
—¡Esto es una crisis nacional! —exclamó Kim mientras su sombrero se volvía naranja—. Si los humanos se vuelven demasiado organizados, el mundo se llenará de caras largas.
Kiko sacó su mapa pintado en un ticket de supermercado. —Tengo las coordenadas del último calcetín rebelde de la casa —dijo—. Su compañero desapareció en el centrifugado de las ocho. —¡Hay que actuar!
Kim y Kiko montaron en su medio de transporte oficial, Copito, un hámster peludo que se creía un dragón y al que pagaban con pipas de girasol. Cruzaron el pasillo a toda velocidad esquivando un gato gigante que dormía la siesta y que para ellos parecía un león fiero. Llegaron al cajón de la ropa limpia: allí estaba el calcetín de rayas, triste y solitario, a punto de ser emparejado a la fuerza con un calcetín negro aburrido.
—¡Rápido! —dijo Kiko—. Kim, saca el polvo de la risa.
Kim agitó su varita, que en realidad era poco más grande que un palillo de dientes con una estrella de purpurina, y lanzó un hechizo directo al calcetín de rayas.
—¡Abracadabra, pata de cabra, que este calcetín de aquí salte, baile y haga picar la nariz! —El calcetín cobró vida propia, empezó a moverse como una serpiente, saltó del cajón y aterrizó directamente en la cabeza del humano que justo entraba en la habitación.
El humano, en lugar de enfadarse, empezó a reír al verse en el espejo con un calcetín de rayas como si fuera un gorro de fiesta. El ataque de risa del humano desprendió una energía dorada y brillante. Kim y Kiko atraparon esa energía con una red de cazar mariposas y salieron corriendo con Copito hacia el generador.
El generador del buen rollo volvió a brillar con fuerza. El reino de la pelusa estaba a salvo una vez más.
Desde aquel día, los Magikitos implantaron una nueva norma: una vez al mes, esconden un calcetín al azar, solo para recordarle a los humanos que la vida es mucho más divertida cuando las cosas no combinan perfectamente.
Así que la próxima vez que no encuentres un calcetín, no te enfades. Piensa que Kim y Kiko están montando una fiesta a tu salud detrás de la lavadora.
¡Gracias!