A esa hora la playa se queda para los valientes y los locos. Los bañistas ya han recogido la toalla, el chiringuito ha bajado la persiana y el mar por fin solo se dedica a lamer la orilla sin que nadie lo moleste. Es la hora favorita de los Magikitos, porque un Magikito solo se deja ver cuando ya no queda nadie mirando.

Aquella tarde la pandilla bajó a la arena a hacer lo que mejor se le da, que es la de provecho. Cascabel iba adelante, dejando una fila de huellas diminutas y un tintineo porque del pico de su gorro cuelga un cascabel que no calla ni debajo del agua. Detrás, Gorgorito, con el gorro rojo tan lavado por el sol que ya tiraba rosa, y esos dedos suyos que necesitan tocar todo lo que pone no tocar. El último, Sofrito, caminaba con la nariz levantada como una veleta, olfateando la merienda del mundo entero. Fue Sofrito, de hecho, quien la olió antes de verla.

—Huele a piña —dijo, y se paró en seco.

Y entonces la vieron. En mitad de la playa, donde una hora antes no había más que arena lisa, se alzaba una seta. Una seta del tamaño de una ermita. El sombrero, colorado y moteado, subía y bajaba muy despacio, como si respirara. El pie gordo y pálido estaba tibio. Y no había ni una pisada alrededor, ni una grieta ni una marca, como si en vez de crecer hubiera aterrizado. Cualquiera con dos dedos de frente habría salido corriendo. Un Magikito no tiene dos dedos de frente; tiene curiosidad, que ocupa el mismo sitio pero pesa menos.

Le dieron la vuelta despacito. Gorgorito, cómo no, fue quien apoyó la palma en el pie tibio y notó que latía un corazón enorme y perezoso ahí dentro. Llamó con los nudillos, más por educación que por otra cosa, y el pie de la seta se abrió como se abre una boca que llevaba mucho tiempo esperando decir algo.

¿Se metieron dentro? ¡Claro que se metieron! Lo de dentro no cabía en lo de fuera y eso fue lo primero. El techo subía tan alto que se perdía en una niebla dorada, y la luz no salía de ninguna lámpara, sino de las láminas del sombrero, allá arriba, que brillaban como las páginas de un libro puesto contra el sol. De pared a pared cruzaban tirolinas de telaraña gorda y resistente. Nacían toboganes de cualquier parte, se retorcían, se anudaban unos con otros y volvían a salir por donde menos lo esperas. Y en el centro, donde tendría que estar el tronco, brotaba un manantial. Manaba zumo de piña, frío, con espuma dorada.

Sofrito llegó primero, como siempre que hay algo que llevarse a la boca. Hundió el vaso, bebió y se quedó mirando el manantial con cara de no odiarse. Volvió a llenarlo, bebió, el nivel no bajaba ni un dedo. Podría beberse la playa entera y aquello seguir lleno hasta el borde. Los tres se miraron y en la mirada de un Magikito, «Esto hay que celebrarlo» y «esto no hay quien lo pare» son la misma frase. Se arma un desmadre de los que dejan huella.

Cascabel se lanzó por el tobogán más largo golpeando el compás contra las paredes y el tobogán le contestó: retumbaba como un tambor a cada curva hasta que la seta entera llevaba el ritmo por dentro. Gorgorito descubrió que si te tirabas por una tirolina con el vaso lleno y soltabas un grito bien afinado, el zumo salía volando detrás de ti y se quedaba flotando en bolitas doradas que cazabas al vuelo con la boca. Sofrito se encaramó a lo alto del manantial y hacía de camarero, repartiendo tragos a todo el que pasaba colgado de una telaraña. Inventaron juegos en reglas, donde ganaba el que más se reía. Se tiraban los tres a la vez desde sitios distintos para chocar justo en el centro. Hacían carreras cuesta arriba por toboganes que bajaban, que es imposible, pero es que ahí dentro lo imposible era lo de andar por casa.

Y cuanto más gritaban y más reían, empezó a pasar algo. La seta se puso a reír con ellos. Primero fue un temblorcito en el suelo. Luego, el sombrero, allá arriba, subía y bajaba cada vez más deprisa, resoplando, y de las láminas cayó una lluvia de esporas de colores, confeti que sabía a azúcar. La luz latía al ritmo de las carcajadas. Cada risa la hacía brillar un poco más y cada brillo daba más ganas de reír. Un pez que se muerde la cola, pero de los buenos.

Cayeron rendidos de madrugada. Los tres panza arriba en el suelo tibio, sin fuerzas ni para levantar un vaso. Y fue entonces, en ese silencio que después de la fiesta, cuando la seta les contó lo suyo: no con palabras, que las setas no tienen, sino con un calorcito que les subió por la espalda y se les metió en la cabeza, y ya ha hecho historia. Ella era de las últimas; setas de fiesta quedaban ya muy pocas en el mundo, crecen donde hace falta, brotan de noche en las playas vacías y en los descampados tristes, y se alimentan de una sola cosa: de risa de la buena. No de la de compromiso ni de la que se pone para una foto, de la que duele en la tripa. Y como el mundo cada vez ríe menos y con más prisa, sus hermanas se habían ido apagando una a una, hundiéndose en la arena para no salir nunca más.

Aquella noche, la pandilla la había dejado llena para una buena temporada. Cuando el cielo se puso del color de la piña, la seta se despidió. Se fue hundiendo en la arena, despacio, satisfecha, brillando como una brasa contenta, y lo último que soltó fue un eructo largo y dulce que olía a merienda. Después, nada, solo un círculo de arena de colores y un olorcito que se quedó pegado a la mañana. Ya no supo de todo el que pasó por allí en los días siguientes.

Los Magikitos se quedaron mirando el hueco, despeinados y contentísimos. Y desde aquel día guardan un secreto que ahora te cuentan a ti: si algún día paseas por una playa y te encuentras con una seta gigante plantada en la arena, no te asustes, acércate, dale tres golpecitos y prepárate para el fiestón de tu vida.

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