El balón mandón. El bestia entró a la pierna del chaval más pequeño del campo con la potencia de una excavadora. Falta clarísima, pero en el descampado no había árbitro. Solo dos porterías hechas con sudaderas y medio barrio sentado en sillas de plástico. Así que la falta la pitó una señora con un cencerro y no le hizo caso ni al perro.

Era la final del barrio, los de arriba contra los de abajo, y los de arriba habían venido a ganar como fuera: a codazos, a plancha, a mala leche. Su plan era sencillo y consistía en que el balón lo tocaba el bestia y sólo el bestia, que era grande como un armario y jugaba con el cariño de un armario cayéndose por las escaleras.

El chaval pequeño se levantó con la rodilla despellejada y se aguantó las lágrimas, que llorar delante de todo el barrio era peor que la rodilla. El mal rollo empezó a subir por el descampado, como el humo de una barbacoa. Los de abajo apretaban los dientes. Los viejos de las sillas negaban con la cabeza. Un par de padres se levantaban ya con esa cara de «¡Esto lo arreglo yo a lo bruto!». El partido olía a bronca.

Y aquel balón no era un balón cualquiera. Era el de siempre, el del descampado: un pobre balón viejísimo, medio calvo y lleno de rozaduras de mil partidos. Y dentro, en el hueco, calentito, vivía un Magikito pequeñajo y redondo como una canica. Se llamaba Pelotín.

Pelotín era el alma de aquel balón. Rodaba cuando el balón rodaba, botaba cuando botaba y notaba cada patada por dentro como quien nota que le hablan. Un pase suave era una caricia; un balonazo con mala idea, un empujón de mala educación. Y aquella tarde no paraban de darle empujones.

Pelotín aguantaba los balonazos, hasta los más burros. Pero la mala idea, esa no la aguantaba, le podía, es más fuerte que un Magikito. El bestia recuperó el balón, se lo puso en el pie y armó una de esas voleas que buscan más el tobillo del rival que la portería. Pelotín resopló, se plantó en mitad del balón y se puso más pesado que una siesta de agosto. El balón que iba lanzado se volvió de plomo de golpe, cayó a peso, plom, como un saco de cemento, justito encima del pie del bestia. El bestia soltó un alarido y se puso a dar saltitos por el descampado agarrándose el pie. Cien kilos de tío bailando la conga él solito.

Las sillas de plástico se vinieron abajo de la risa. Colorado la tomó con el balón. Le pegó una patada de castigo a reventarlo. Mala idea. Pelotín, desde dentro, cogió el balón y lo mandó de paseo. Salió recto, sí, pero a mitad de camino giró la esquina como si llevara GPS. Dibujó una curva imposible, le dio la vuelta al campo entero y regresó zumbando a colarse por el cuello de la camiseta del propio bestia, que acabó con el balón dándole vueltas por dentro de la ropa como un gato en una bolsa.

El descampado entero se vino abajo. Hasta los de su equipo se meaban de risa, pero entonces pasó lo bueno. El balón se escapó rodando y le llegó mansito al chaval pequeño de la rodilla despellejada. El crío, por pura costumbre, en vez de chutar a lo loco, levantó la cabeza y se lo pasó a un compañero. Un pase de nada, sin fuerza, de buen rollo. Y a Pelotín, por dentro, se le pusieron los ojos como platos de gusto. Se hizo ligero como una pluma y empujó el balón con muchísimo cariño.

El balón salió como salen las cosas cuando salen bien. Voló liso, redondo, un caramelo. El compañero lo bajó sin querer y se lo devolvió. Y el crío se lo pasó a otro y a otro. Los de abajo lo pillaron a la vez sin decírselo. Aquel balón solo funcionaba si lo tratabas bien: si lo compartías volaba, si lo acaparabas o lo pateabas con mala leche se te ponía tontísimo.

Y ahí empezó el espectáculo. Empezaron a tocar. A la una, a las dos, pases cortitos, paredes, taconazos. El balón iba de bota en bota, como si estuviera enamorado de cada una. Y Pelotín, dentro, iba de aquí para allá, botando de alegría, colocándose para cada pase, poniéndolo siempre donde tenía que estar, como un revoltoso jugando al pinball él solo.

Los del barrio de arriba miraban con la boca abierta, y uno a uno, hasta el más cafre, fueron entendiendo que por las malas aquel balón no iba a ningún lado. Así que el bestia, resoplando, hizo lo que pensaba hacer en su vida: dar un pase suave, bueno. Y el balón le respondió como un guante. Al bestia se le escapó una sonrisa que no le cabía en la cara.

Se acabó la final y ya nadie sabía quién ganaba. Los dos equipos se habían mezclado en un tiquitaca de barrio que quitaba el sentido. Con la señora del cencerro marcando el ritmo y los viejos de las sillas de pie aplaudiendo cada pared como si fuera un gol. El descampado entero jugando al mismo juego, todos de buen rollo, todos compartiendo aquel balón mandón que solo pedía una cosa a cambio de volar.

Y dentro, Pelotín estaba más contento que unas castañuelas. Había sido la mejor tarde de su vida. Había mandado en el mejor partido del barrio. Y nadie se había enterado.

Cuando cayó la noche, el chaval pequeño se llevó el balón a casa bajo el brazo, como se lleva a un amigo que se ha portado. Lo dejó en un rincón, calentito, y allí, en el hueco de siempre, Pelotín se acurrucó. Se tapó con una brizna de hierba del descampado, soltó un bostezo del tamaño del balón y se echó la siesta más feliz de su vida.

Roncaba bajito. Y con cada ronquido, el balón daba un botecito solo en el rincón: ploc, ploc, ploc. Como si el condenado siguiera jugando la final en sueños.

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