Tu cesta: 0,00 €
El rincón de los suspiros guardados

Hay un lugar en el corazón del bosque donde el tiempo no corre, simplemente flota. Si caminas en silencio hasta donde el arroyo se vuelve tan estrecho que se puede cruzar de un solo salto, encontrarás la gran raíz ahuecada del árbol abuelo. Allí no entra la lluvia, ni el viento, ni el ruido del mundo de fuera. En ese rincón sombreado y cálido, iluminado solo por la luz suave de los hongos dorados que crecen en la madera, se encuentra el rincón más secreto de los Magikitos, la sala de los suspiros.

Guardar suspiros no es un trabajo cualquiera. Los Magikitos saben que cuando alguien suspira, ya sea una persona, un zorrito cansado o una flor al cerrar los pétalos por la noche, libera en el aire una pequeña porción de su alma. Un deseo no dicho, un alivio profundo o un pensamiento melancólico. Si esos suspiros se quedaran volando, el viento se volvería demasiado pesado. Por eso los Magikitos los recogen con delicadeza.

El encargado de cuidar este rincón era Tomás, un Magikito de modales pausados, pelo terciopelo y unos anteojos redondos hechos con gotas de rocío petrificado. Tomás vestía una chaqueta de lana gris y pasaba sus días caminando entre estantes de madera de tilo que subían en espiral por el interior de la gran raíz. Sobre los estantes no había libros ni frascos de especias, sino miles de botellitas de vidrio soplado, tarros de alabastro y pomos de cristal tallado. Cada frasco estaba cerrado con un tapón de corcho suave y llevaba una diminuta etiqueta escrita con tinta de arrayán. Aquella tarde, el aire dentro del rincón olía a lavanda seca, a manzanilla tibia y a madera antigua de los estantes.

Tomás escuchó un golpeteo suave en la puerta de corteza. Era Mateo, que venía de dar su paseo por el sendero de los helechos. El pequeño Magikito traía entre las manitas una flor de diente de león que brillaba con un tono especial. Era un diente de león ya abierto, con su esfera blanca y plumosa, bien madura, con sus semillas listas para volar.

—¡Traigo uno nuevo, Tomás! —dijo Mateo en un susurro, entrando con sus pies descalzos para no hacer vibrar el suelo de musgo—. Lo encontré cerca del banco del jardín de la casa grande, justo cuando la tarde se volvía violeta.

Tomás sonrió y se ajustó las gafas. Sacó de su bolsillo un pequeño embudo de hoja de avellana y colocó sobre la mesa un frasquito transparente del tamaño de un dedal.

—A ver, pequeño —dijo Tomás serenamente—, dejémoslo entrar.

Mateo acercó la esfera de diente de león al embudo. Al destaparla, una bruma finísima como un hilo de vapor de té en una mañana fría se deslizó suavemente hacia el interior del frasco. Al quedar encerrada, la bruma no se agitó. Comenzó a girar muy despacio, adquiriendo un tono azul pálido, dulce y sereno.

—¿Qué es ese suspiro, Tomás? —preguntó Mateo apoyando las mejillas en las manos y mirando el destello a través del vidrio.

Tomás inclinó la cabeza, acercó el oído al frasco y escuchó la resonancia casi imperceptible que emitía el cristal.

—Este es el suspiro de descanso merecido —explicó Tomás con una sonrisa madura—. Fue de un viejo jardinero. Después de trabajar todo el día cuidando las rosas, se sentó en su banco, se quitó el sombrero, miró su obra y suspiró. Es el tipo de suspiro que dice: «Todo está bien por hoy. El deber está cumplido».

Mateo suspiró él mismo al oírlo, sintiendo como una ola de tranquilidad le recorría la espalda.

—¿Y qué hacemos con los otros suspiros? —preguntó el pequeño señalando las distintas repisas.

Tomás caminó despacio por la sala, pasando los dedos por los frascos:

—Cada uno tiene su momento —dijo paso a paso—. Mira este frasco de cristal verde de aquí. Guarda el suspiro de un venado que encontró un claro seguro donde dormir bajo la lluvia, y este otro, de color rosa pálido, es el suspiro de un niño que se quedó dormido mientras su madre le acariciaba el pelo.

A medida que la penumbra se hacía más profunda fuera de la raíz, las botellitas de las alas de los suspiros comenzaron a emitir una luz tenue y rítmica, como si cada una fuera un corazón latiendo en completa calma. Los azulados, los dorados y los violetas se mezclaban en el aire del rincón, creando una atmósfera tan cálida que el aire se sentía tan suave como una manta de franela.

Tomás tomó una pequeña pluma de búho, la mojó en tinta de corteza y escribió en la etiqueta del nuevo frasquito: «Tarde tranquila de verano, jardín en reposo». Luego colocó la botella en la repisa más baja, justo al lado de los suspiros de brisa de primavera.

—¿Sabes, Mateo? —dijo Tomás mientras tomaba una taza de infusión de flores de tila y la compartía con el pequeño—. La gente piensa que los suspiros son tristes, pero casi nunca es así. La mayoría de los suspiros son simplemente la forma que tiene el cuerpo de soltar la carga del día para poder dormirse en paz.

Mateo asintió con la cabeza. Sintió que sus párpados se volvían cada vez más pesados. El aroma a lavanda de la sala, el leve tintineo del cristal al asentarse en la madera y la voz pausada de Tomás hacían que cualquier pensamiento atropellado se fuera disolviendo despacio, como una gota de miel en leche caliente.

El pequeño Magikito se acurrucó en la mecedora de mimbre del rincón, tapándose hasta la barbilla con un pañuelo de lino suave. Tomás apagó la linterna de hongo dorado, dejando solo encendido un pequeño farolillo de aceite de nuez. La sala de los suspiros quedó arropada por una luz tenue, un refugio de paz absoluta en mitad de la noche silenciosa.

Y allí, custodiados por los Magikitos, todos los suspiros del mundo velaron el sueño del bosque entero.

0:00

Un segundo: confírmanos que eres una persona