La gotita de lluvia
¡En busca del Mejor Chistaco! activo hasta el 25 de septiembre Premio: 100€
El viento fuera seguía soplando suavemente, pero dentro de la estancia el ambiente era cálido. A los pies de la cama, acurrucado bajo una manta suave, estaba Matías, un niño de ocho años que intentaba mantener los ojos abiertos mientras escuchaba el susurro de la noche. En la ventana, una gotita de lluvia en un cristal resbalaba sin prisa. Matías la seguía con la mirada, fascinado por cómo la luz de la luna la hacía brillar como una pequeña perla transparente.
Justo debajo, en el corazón de la habitación, en la chimenea habitaba un Magikito. Esa noche, el Magikito vio que a Matías le costaba conciliar el sueño y decidió preparar una travesura mágica especial. Con un guiño cómplice hacia la cama, la pequeña criatura agitó sus manos diminutas. De la chimenea salió volando una chispa anaranjada que cruzó la habitación flotando, tan despacio que Matías dejó escapar una risita silenciosa.
La chispa tocó la gotita de lluvia en el cristal y al instante la gota cobró vida. Se despegó del vidrio transformándose en una burbuja de agua luminosa que empezó a flotar por el aire. Matías extendió su mano con cuidado. La gotita mágica bajó lentamente hasta posarse sobre la punta de su nariz, haciéndole cosquillas y haciéndolo sonreír. En ese momento, la burbuja liberó un suave aroma a bosque húmedo y lavanda.
El Magikito dio un brinco fuera de las brasas y aterrizó en el embozo de la manta de Matías. Con paso cansado pero juguetón, caminó hasta la nariz del niño y tocó la gotita con su gorro de ceniza brillante. La burbuja explotó en una llovizna invisible de polvillo de estrellas, que cayó suavemente sobre las pestañas de Matías, haciéndole sentir cada vez más y más pesadas. Es hora de descansar, parecía murmurar el chisporroteo del fuego.
El Magikito soltó un bostezo enorme que iluminó la habitación con un tono dorado tenue. Le dio un suave golpecito en la mejilla a Matías a modo de buenas noches y volvió de un salto a su nido de brasas tibias. Matías acurrucó la cabeza en la almohada, sintiendo la brisa tibia de la chimenea y el ritmo tranquilo de la lluvia afuera. Cerró los ojos con una sonrisa, dejándose llevar por la corriente de un sueño profundo y mágico.