Calcetín y las medias de colores.

—¿Y hoy qué pasó? ¿Te vestiste con las luces apagadas?

Las risas llenaron el espacio del colegio. Tomás miró sus piernas y sonrió. En un pie llevaba una media amarilla con rayas azules. En el otro, una roja llena de pequeños círculos verdes. Le gustaban así, siempre distintas. Le parecían divertidas.

Pero a muchos niños, no.

—Pareces un payaso. Nadie usa medias así. No tenés dos iguales.

Tomás ya estaba acostumbrado. Casi todos los días, alguien hacía algún comentario. A veces fingía que no le importaba. Pero, en el fondo, sí le molestaba un poco.

Aquella mañana, se sentó solo en un banco mientras observaba a los demás jugar. Muy cerca, escondido detrás de una papelera decorada con dibujos, alguien estaba observando.

Era Calcetín, un Magikito duende con una chaqueta hecha de retales de telas viejas y un sombrero cosido con botones de todos los colores inimaginables. Las emociones de los niños le llegaban como pequeñas ondas en el aire y acababa de sentir algo que no le gustaba. Muchos estaban riendo de Tomás simplemente por ser diferente.

—Eso necesita una travesura educativa —murmuró.

Aquella noche, cuando el colegio quedó vacío, Calcetín recorrió las aulas dejando diminutos polvos mágicos sobre todos los cajones donde los niños guardaban sus cosas.

A la mañana siguiente, ocurrió algo extraordinario. Cuando sonó el timbre y todos llegaron a clase, comenzaron las sorpresas.

—¿Qué? ¡No puede ser! ¡Mis zapatillas!

Nadie llevaba dos cosas iguales. Un niño tenía una zapatilla azul y la otra naranja. Otra llevaba dos moños completamente distintos. Uno apareció con una manga remangada y la otra bajada. Hasta las mochilas parecían mezcladas.

Los niños empezaron a mirarse unos a otros. Y entonces comenzaron las risas, pero esta vez eran diferentes. Nadie se estaba burlando: todos parecían divertidos.

—¡Mira cómo voy! ¡Y mira tú! ¡Parecemos una caja de colores!

Durante el recreo, los grupos se mezclaron más que nunca. Algunos inventaron concursos de combinaciones raras, otros intentaron crear los conjuntos más disparatados posibles. Y, por primera vez, nadie prestó atención a las medias de Tomás. Porque todos eran un poco diferentes. Y resultó que eso era bastante divertido.

Cuando terminó el día, la magia desapareció. Todo volvió a la normalidad, pero algo había cambiado.

Al pasar junto a Tomás, uno de los niños que más se reía de él señaló sus medias distintas.

—Y la verdad, son bastante geniales.

Tomás sonrió.

—¡Lo sé!

Desde lo alto de una ventana, Calcetín observó la escena satisfecho antes de desaparecer. Porque el mundo sería muy aburrido si todos eligiesen siempre los mismos colores, las mismas ideas y las mismas formas de ser. Y a veces basta una media amarilla y otra roja para recordarlo.

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