De repente empezó a llover a lo bestia. En apenas unos segundos la calle se había convertido en un río. Y la única parada de autobús a la redonda se llenó de gente empapada. Se peleaban por el trocito seco de debajo del techo. Ocho desconocidos, apretados bajo un techito para cuatro, hombro con hombro, goteando, oliendo a perro mojado. El caldo de cultivo perfecto para hacer brotar el mal rollo. Pisadita por aquí, miradita por allá, lo típico.

En todo el centro había un señor con maletín y cara de tener una reunión importantísima. No pensaba moverse ni un dedo. Cada vez que alguien intentaba colarse bajo el techo, sacaba la patita como quien baja la barrera de un peaje.

Lo que aquel señor no sabía es que la parada no era una parada cualquiera. Llevaba allí desde antes de que pusieran el semáforo, desde antes de que abriera la panadería de enfrente. En el hueco del techo, entre la chapa y un anuncio torcido de una clínica dental, vivía un Magikito pequeño y regordete que se llamaba Toldín. Toldín era el alma de aquella parada y tenía un solo oficio en la vida: dar cobijo. También tenía un truco: por cada persona que se apretaba un poquito para hacer sitio a otra, el techo se estiraba un palmo más, calladito, sin que nadie lo viera.

Y a quien iba de listo, de acaparador, de codazo fácil, a ese le caía justo en el cogote un goterón helado. Ploc.

Al del maletín le empezó a caer primero. Ploc. Se apartó el pelo, miró arriba con asco y le echó la culpa al techo roto. Se recolocó en su trono seco. Ploc. Esta vez por el cuello de la camisa y espalda abajo. Resopló cabreado.

Mientras tanto, al otro lado, una abuela con su carrito de la compra se arrimó al fondo para dejar entrar a un chaval en bici de reparto que venía calado hasta los huesos. Y el techo, plas, se estiró un palmo. Nadie se dio cuenta, solo Toldín, frotándose las manos con alegría.

Una señora se pegó los brazos a la cintura y se puso de puntillas para hacerle hueco a la abuela. Otro palmo. El repartidor plegó su bici y se la puso bajo las piernas para que cupiera un señor mayor. Otro palmo. Aquel techo de 4 ya cobijaba a diez y seguía creciendo, y nadie entendía cómo, pero todos estaban un poco más secos y un poco menos amargados. Todos menos el del maletín, que a base de codazos había quedado él solito en el único rincón donde ahora sí llovía, y se había hecho una sopa.

Y entonces pasó. El del maletín, para no ceder ni un centímetro de terreno, se agachó por su cartera, apretó, hizo fuerza y se le escapó uno. Pero uno de los gordos. Un pedo bien frondoso.

Y Toldín se lo pensó dos veces. Agarró aquel sonido con las dos manos, lo metió por el hueco del techo, que hizo de caja de resonancia. El pedo salió amplificado, redondo, glorioso, retumbando por toda la calle mojada como el solo de trombón de una banda de pueblo.

Silencio absoluto. Ocho desconocidos mirándose de reojo con los mofletes hinchados y los ojos llorosos del esfuerzo de aguantarse. Sabían muy bien de dónde había salido ese pedo. Y ya está. Todos a la vez. Una carcajada en la parada del bus que se oyó hasta el ayuntamiento. La abuela lloraba de risa agarrada a su carrito. Y el del maletín, rojo como un tomate, tieso, con toda su dignidad hecha una piltrafa mojada, hizo lo que pensaba hacer aquella tarde: se echó a reír de sí mismo. Una risa floja primero, luego una de las buenas, de las que duelen en la tripa.

Y en cuanto empezó a reírse, se apartó. Hizo sitio y el techo, cómo no, se estiró un palmo para taparlo entero. Ya estaban todos debajo, secos, apertujados, impregnados de buen rollo. El repartidor sacó una bolsa de pipas. El del maletín contaba que en todas las reuniones se le escapaba algún pedo, pero que éste había sido sin duda el más cantoso de todos.

Cuando por fin dejó de llover, el grupo se quedó un rato charlando. Compartieron sus teléfonos y se dijeron que volverían a encontrarse en la parada todos los domingos para echar la tarde.

Y arriba, en su hueco, entre la chapa y el anuncio del dentista, Toldín se dejó caer panza arriba. Más ancho que largo, más contento que un ocho. Había dado el mejor cobijo de su vida y nadie se había enterado. Bostezó, se tapó con la esquina del papel de publicidad y se echó la siesta.

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