Alto, sobre los acantilados de Asturias, el faro de Luarca recortaba su silueta contra el mar Cantábrico. Para los humanos, solo era un guía para los barcos, pero para los Magikitos, como criaturas guardianas de la naturaleza que son, el faro era el corazón de su comunidad. Cada Magikito está unido a un Animagikito, un espíritu animal protector. Algunos tienen gorriones, otros, nutrias, y los más afortunados, majestuosas gaviotas.
Todos menos Bro. Bro era un Magikito sin Animagikito. Había nacido desconectado, y, por más que buscaba en los bosques y en las olas, ningún espíritu animal acudía a su llamada. Mientras los demás Magikitos volaban sobre plumas de sus guardianes o nadaban en las corrientes marinas, Bro tenía que caminar. Ver a su hermano mellizo, Oli, jugar en las nubes con su Animagikito, un halcón peregrino, sembró en el pecho de Bro una hierba amarga: la envidia.
¿Por qué ellos sí y yo no? Se preguntaba Bro por las noches, contemplando la luz giratoria del faro. ¿Acaso soy menos mágico? Para ahogar su tristeza, Bro se dedicaba a tallar cosas. Su mayor tesoro era un hueso de aguacate que había encontrado en la playa, arrastrado por algún barco tropical. Con paciencia y una fina lasca de pizarra, esculpió el hueso durante semanas hasta transformarlo en una hermosa y diminuta barquita. Tenía una vela hecha de hoja de eucalipto y un timón perfecto.
Una tarde de otoño, el cielo de Luarca se volvió negro como el carbón, el mar empezó a rugir y una tormenta feroz azotó la costa. El viento soplaba con tanta fuerza que la luz del faro, por un extraño fallo en los engranajes mágicos que los humanos no podían ver, se apagó. Desde los acantilados, los Magikitos vieron el peligro: una flota de pescadores locales se dirigía directa hacia las rocas, completamente a ciegas.
—¡Tenemos que llevarles fuego de hadas para guiarlos! —dijo Oli, montando en su halcón—, pero el viento era un muro impenetrable. Los Animagikitos voladores eran derribados por las rachas de viento y los acuáticos no podían luchar contra las olas salvajes que rompían en el espigón. La envidia de Bro se disipó al instante. Tenía que hacer algo.
Bro corrió hacia la orilla, protegiendo entre sus manos una pequeña llama de luz mágica. Sacó su barquita de hueso de aguacate y la depositó en la espuma de la orilla. —No tengo alas ni garras ni aletas —dijo Bro a la barquita—, pero te tengo a ti. Se subió a la barquita. Al ser de madera densa de aguacate, era pesada y estable, y, al ser pequeña, se deslizaba por los valles de las olas en lugar de chocar contra ellas. Usando su magia para enfriar la vela de hoja de eucalipto, Bro se lanzó al mar embravecido.
Los demás Magikitos miraban asombrados desde las rocas. Aquella criatura sin poderes animales estaba logrando lo que ninguno de ellos podía: avanzar en mitad de la tempestad. La barquita subía y bajaba, y Bro se agarraba al timón con las manitas, sangrando por el esfuerzo. Llegó justo a tiempo a la proa del barco de los pescadores. Elevando sus manos, lanzó la luz hacia el cielo de la noche, estallando como una bengala que iluminó la entrada segura al puerto de Luarca. El capitán del barco consiguió corregir el rumbo del barco justo a tiempo.
Al día siguiente, el sol brillaba sobre el faro de Luarca, como si nada hubiese pasado. Bro descansaba en la arena, exhausto, con su barquita de aguacate un poco astillada a su lado. Oli y los demás Magikitos se acercaron en silencio. Bro esperó ver lástima, pero solo encontró admiración.
—Nos salvaste a todos, Bro, y lo hiciste solo con tu valentía. Perdónanos por hacerte sentir menos.
Bro sonrió y, en ese momento, sintió un calor extraño en el pecho. La envidia se había evaporado por completo. Miró su barquita de hueso de aguacate y vio que la madera empezaba a brillar con destellos dorados. La barquita no cobró vida como si fuese un Animagikito, pero la vela de hoja de eucalipto se movió sola, acariciando la mano de Bro como un perro fiel. Bro comprendió entonces que no necesitaba que la naturaleza le regalara un Animagikito. Él era capaz de insuflar su propia alma y su magia a las cosas que creaba con sus manos.
Desde aquel día, el Magikito sin Animagikito fue conocido como el guardián de la barquita de hueso de aguacate, el único capaz de domar el mar de Luarca.