El príncipe Catapulto
Contado por Melena_887
El príncipe Catapulto
Desde pequeño, al príncipe Catapulto le habían enseñado que su mayor deber era ir rescatando princesas por los reinos. Pero al príncipe Catapulto nunca se le había dado muy bien eso de rescatar princesas por ahí, sobre todo porque era un poco desastre en la tarea de asaltar castillos.
Lo había intentado varias veces en varios reinos. La primera de ellas fue en una fortaleza rodeada por un profundo foso plagado de hambrientos cocodrilos, que le mordieron el culito y le hicieron huir como alma que lleva al diablo, mientras la princesa de Perifollo era testigo de tan ridícula situación. «¡Chivo, chorno! ¡Ay, ay, ay!» —gritaba dolorido Catapulto—.
Lo intentó de nuevo cuando quiso rescatar a la princesa del reino Rancio de las garras del ogro Zampón. Pasando, haciéndose el distraído por el puente levadizo, como nadie lo esperaba, los guardias comenzaron a subir el puente y Catapulto quedó espachurrado entre el duro muro de piedras y el enorme portón de madera. «¡Ay!» —Es un auténtico gueto esto de rescatar a Pizaza. ¿Qué duda cabe? —se decía Catapulto.
Aunque su incapacidad para rescatar princesas, al igual que su dificultad para pronunciar las erres, era de sobra conocida en la corte. Nadie se atrevía a burlarse de él, pues quien se reía de la realeza era condenado a un terrible castigo: se le colgaba de un pino con los pies untados de miel para que los osos, con sus lametazos, le hicieran insoportables cosquillas. Una tortura.
Sin embargo, el príncipe Catapulto sabía que sus vasallos cuchicheaban a sus espaldas. Y eso no le gustaba nada, nada de nada. Así que un día se le ocurrió una idea: asaltaría el castillo lanzándose en una catapulta.
El primer día que puso su estrategia en práctica resultó un éxito. Sus soldados orientaron la catapulta hacia la ventana del torreón en el que se encontraba presa la princesa de Pamplina. El príncipe Catapulto se subió en la cuchara y dos de sus soldados tensaron el brazo hasta que no se pudo más. —¿Preparado, señor? —¡Ay, papá, dos! —¡Uno, dos y tres! ¡El príncipe Catapulto voló como un aguilucho desplumado en dirección a la ventana del torreón y la atravesó rompiendo el cristal en mil pedazos! «¡Ay, qué tonto paso! ¡Ah!» —gritó la princesa de Pamplinas—. «¡Vaya! ¡Perdona! ¡Por lo de mí, llega ahora mismo y lo arreglo!»
Catapulto había logrado así entrar en distintas fortalezas. Pero, ¡ay!, el problema llegaba a la hora de salir de ellas. Catapulto siempre era descubierto y tenía que huir por el mismo sitio por el que había entrado: lanzándose por la ventana. Es por eso que tenía la cabeza llena de chichones. «¡Ay!», se lamentaba Catapulto frotándose la cabeza.
Pero el día que acudió al rescate de la princesa de Pantalonías todo cambió. Catapulto siempre asaltaba el castillo impulsado por la catapulta y atravesando otra vidriera, aunque es un dolor tan terrible. —¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —preguntó la princesa de Pantalonías. —No, no, no, no, no te asustes, princesa Tangela. He venido a rescatarte. —¿Rescatarme? —Sí, me envía el rey. —¿Quién? —El emperador. —¡Oh! Lo siento, no entiendo nada de lo que dices. —¡El monarca! ¡Ah! ¡El rey! Vale. Bueno, ¿y quién te ha dicho a ti que yo necesito que me rescaten? —¡Ah! ¿No? Vaya, qué contrariedad. Se supone que los príncipes estaban a risa. —Se supone, sí, pero ¿sabes qué? Que yo me sé rescatar solita. —Ah, menos. En ese caso, me retiraré y cabalgaré puesto y laúd a otra princesa. —Oye, mira, ¿cómo te llamas? —Catapulto, mi señora. —Catapulto, puede que no te hayas enterado, pero hay todo un movimiento que reivindica a las princesas: no necesitan ser salvadas por un príncipe. —Ah, sí, gente de gente. Yo quiero tomar parte de ese movimiento. —¿Tú? ¿Y eso por qué? —Porque es suta generalmente apuntante tener que rescatar princesas de torreones. —Oye, espera, no entiendo ni una palabra de lo que dices. Deja que llame a Logopedia, el hada madrina que se encarga de esto.
La princesa se puso las manos alrededor de la boca y en modo altavoz llamó: «¡Logopedia! ¡Logopedia!» —¿Me has llamado, mi señora? —dijo el hada madrina emergiendo de una bomba de humo. —No me llames señora, Logopedia. Me haces vieja. —Sí, mira que el príncipe Catapulto tiene un problemilla con la pronunciación de las erres y no le entiendo nada de nada. —Oh, comprendo —dijo el hada madrina—. Pensativa y moviendo en círculo su varita, pronunció un conjuro: «Abula cadula divili cadu». Un remolino de estrellas mágicas envolvió al príncipe. —Habla ahora, Catapulto. —¿Ahora? —No sé qué decir. Nunca he estado en presencia de una hada madrina. —¡Oh! ¿Lo habéis oído? ¡He recuperado las erres! ¡Ja! ¡Perro caro, redondorro! ¡Sí! —Sí, no hay problema de dicción que se le resista a Logopedia —afirmó la princesa de Pantalonías con orgullo. —¡Oh! Ya será menos, querida —respondió Logopedia poniéndose roja como un tomate. —Volviendo a lo que nos ocupa, ¿qué me querías decir, Catapulto? —retomó la princesa. —¡Oh, sí! Decía que estoy un poco harto ya, porque resulta realmente frustrante tener que rescatar princesas de torreones.
Entonces la princesa y Catapulto exclamaron al unísono: —¡Las princesas no queremos que nos salven y los príncipes no queremos ser salvadores! —¡Oh, vaya! Esto es nuevo —murmuró Logopedia, abriendo una bolsa de palomitas y dispuesta a disfrutar de lo que pudiera acontecer. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.