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El príncipe Catapulto

Desde pequeño, al príncipe Catapulto le habían enseñado que su mayor deber era ir rescatando princesas por los reinos. Pero al príncipe Catapulto nunca se le había dado muy bien eso de rescatar princesas por ahí. Sobre todo porque era un poco desastre en la tarea de asaltar castillos.

Lo había intentado varias veces, en varios reinos. La primera de ellas fue en una fortaleza rodeada por un profundo foso plagado de hambrientos cocodrilos, que le mordieron el culete y le hicieron huir como alma que lleva al diablo, mientras la princesa de Perifoyo era testigo de tan ridícula situación. ¡Qué bochorno! ¡Ay, ay, ay! —gritaba dolorido Catapulto.

Lo intentó de nuevo cuando quiso rescatar a la princesa del reino rancio de las garras del ogro zampón. Pasando, haciéndose el distraído por el puente levadizo, como nadie lo esperaba, las ligas comenzaron a subir el puente y Catapulto quedó espachurrado entre el duro muro de piedras y el enorme portón de madera. ¡Ay! Es un auténtico reto esto de rescatar princesas, ¿qué duda cabe? —se decía Catapulto, aunque su incapacidad para rescatar princesas, al igual que su dificultad para pronunciar las erres, era de sobra conocida en la corte.

Nadie se atrevía a burlarse de él, pues quien se reía de la realeza era condenado a un terrible castigo: se le colgaba de un pino con los pies untados de miel para que los osos, con sus lametazos, le hicieran insoportables cosquillas. Una tortura.

Sin embargo, el príncipe Catapulto sabía que sus vasallos cuchicheaban a sus espaldas. Y eso no le gustaba nada, nada de nada. Así que un día se le ocurrió una idea: asaltaría el castillo lanzándose en una catapulta.

El primer día que puso su estrategia en práctica resultó un éxito. Sus soldados orientaron la catapulta hacia la ventana del torreón en el que se encontraba presa la princesa de Pamplina. El príncipe Catapulto se subió en la cuchara y dos de sus soldados tensaron el brazo hasta que no se pudo más.

—¿Preparado, señor? —preguntó un soldado.

—¡Cabado! —respondió Catapulto.

—¡Uno, dos y tres! —gritaron los soldados.

El príncipe Catapulto voló como un aguilucho desplumado en dirección a la ventana del torreón y la atravesó rompiendo el cristal en mil pedazos.

—¡Ay! ¡Qué tonto paso! ¡Ah! —gritó la princesa de Pamplina.

—¡Vaya! ¡Perdona! ¡Por lo de mi llegada, ahora mismo lo arreglo! —dijo Catapulto.

Catapulto había logrado así entrar en distintas fortalezas, pero ¡ay!, el problema llegaba a la hora de salir de ellas. Catapulto siempre era descubierto y tenía que huir por el mismo sitio por el que había entrado: lanzándose por la ventana. Es por eso que tenía la cabeza llena de chichones. ¡Ay! —se lamentaba Catapulto frotándose la cabeza.

Pero el día que acudió al rescate de la princesa de Pantalona, todo cambió. Catapulto asaltó el castillo impulsado por la catapulta y atravesó otra vidriera.

—Mmm, ¿es dolor tan terrible? ¿Eres de hacer eso? —preguntó la princesa de Pantalona.

—No, no, no, no, no, no, no te asustes, princesa Tangela. He venido a rescatarte —dijo Catapulto.

—¿Rescatarme? ¿Y quién te envía? ¿El rey? —preguntó la princesa.

—El emperador —respondió Catapulto.

—Lo siento, no entiendo nada de lo que... —dijo la princesa.

—El monarca —aclaró Catapulto.

—¡Ah! El rey. Vale. Bueno, ¿y quién te ha dicho a ti que yo necesito que me rescate? —continuó la princesa.

—Ah, ¿no? Vaya, qué contratiempo. Se supone que los príncipes estaban a mi cerca —dijo Catapulto.

—Se supone, sí. Pero, ¿sabes qué? Que yo me sé rescatar solita —replicó la princesa.

—Ah, menos mal. En ese caso, me retiraré y acabaré por ir a por otra princesa —respondió Catapulto.

—Oye, mira, ¿cómo te llamas? —preguntó la princesa.

—Catapulto, mi señora —contestó él.

—Catapulto, puede que no te hayas enterado, pero hay todo un movimiento que reivindica a las princesas. No necesitan ser salvadas por un príncipe —dijo la princesa.

—Ah, sí, qué interesante. Yo quiero tomar parte de ese movimiento —respondió Catapulto.

—¿Tú? ¿Y eso por qué? —preguntó la princesa.

—Porque resulta generalmente frustrante tener que rescatar princesas de torreones —confesó Catapulto.

—Oye, espera. No entiendo ni una palabra de lo que dices. Deja que llame a Logopedia, el hada madrina que se encarga de esto —dijo la princesa.

La princesa se puso las manos alrededor de la boca y, en modo altavoz, llamó:

—¡Logopedia! ¡Logopedia!

—¿Me has llamado, mi señora? —dijo el hada madrina, emergiendo de una bomba de humo.

—No me llames señora, Logopedia, me haces vieja —respondió la princesa.

—Sí, mira, que el príncipe Catapulto tiene un problemilla con la pronunciación de las erres, y no le entiendo nada de nada —explicó la princesa.

—Oh, comprendo —dijo el hada madrina, pensativa. Y, moviendo en círculo su varita, pronunció un conjuro: «Abula cadula, divili cadu».

Un remolino de estrellas mágicas envolvió al príncipe.

—Habla ahora, Catapulto —ordenó Logopedia.

—¿Ahora? No sé qué decir. Nunca he estado en presencia de una hada madrina —respondió Catapulto.

—¡Oh! ¿No lo has oído? ¡He recuperado las erres! ¡Ja! ¡Perro, perro, redondero, civil! —exclamó Catapulto, sorprendido.

—Sí, no hay problema de dicción que se le resista a Logopedia —afirmó la princesa de Pantalona con orgullo.

—¡Oh, ya será menos, querida! —respondió Logopedia poniéndose roja como un tomate.

—Volviendo a lo que nos ocupa, ¿qué me querías decir, Catapulto? —retomó la princesa.

—¡Oh, sí! Decía que estoy un poco harto ya, porque resulta realmente frustrante tener que rescatar princesas de torreones —dijo Catapulto.

Entonces la princesa y Catapulto exclamaron al unísono:

—¡Las princesas no queremos que nos salven, y los príncipes no queremos ser salvadores!

—¡Oh, vaya! Esto es nuevo —murmuró Logopedia, abriendo una bolsa de palomitas y dispuesta a disfrutar de lo que pudiera acontecer. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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