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Brizna y la lluvia dorada

La noche se había asentado sobre el bosque con una calma infinita. Fuera, una lluvia fina, constante y melodiosa caía sobre las hojas de los robles añejos. Las gotas resbalaban despacio hasta besar el suelo, levantando ese olor inconfundible y reconfortante a tierra mojada, musgo limpio y pino fresco. Era un aroma que parecía limpiar no solo el bosque, sino también los pensamientos de cualquiera que lo respirase.

En el centro del bosque, resguardada bajo la raíz gigante de un castaño milenario, se encontraba la casita de Brizna, un pequeño Magikito de voz dulce y gorrito hecho con suave musgo verde. Dentro de su refugio, el tiempo parecía haberse detenido. La estancia estaba caldeada por una hoguera diminuta que ardía sobre una piedra del río. No hacía humo ni grandes llamas, solo mantenía un lecho de brasas de color dorado que chisporroteaba con un murmullo pausado.

Brizna caminaba descalzo sobre la alfombra de hojas secas. Preparar el momento del descanso era su ritual favorito. Se acercó a la pequeña alacena de madera de nogal y tomó su taza preferida, moldeada con barro del arroyo. Vertió en ella agua caliente e infusionó flores de luna y hojas de melisa silvestre. De la taza humeante comenzó a elevarse un vapor suave que olía a miel, manzanilla y rocío de la noche, llenando cada rincón del refugio con una fragancia dulce y acogedora.

Alrededor de la hoguera, varios animalitos del bosque habían encontrado cobijo para pasar la noche. Un lirón diminuto dormitaba hecho una bola dentro de una cáscara de avellana. Un pajarillo de pecho rojo descansaba con el pico bajo el ala y una ardilla pequeñita se acurrucaba bajo una manta tejida con fibras de cañas de bambú. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el rítmico repicar de la lluvia contra la ventana de cristal de cuarzo y el sonido crujiente de las brasas.

Brizna se sentó en su sillón de raíz, sosteniendo la taza humeante entre sus manos para calentar sus dedos. Miró a sus pequeños invitados y sonrió con ternura, pues entonces, cuando su magia serena y profunda empezó a brotar, de las brasas y del vapor de la taza nacieron cientos de motas de luz dorada, finas como el polvo de estrellas. Flotaron sin prisa por la habitación, danzando en el aire al ritmo de la lluvia que caía fuera. Con cada toque de luz, un suspiro de alivio recorría el cuerpo de los animalitos, relajando cada músculo y borrando cualquier cansancio del día.

Brizna dio un último sorbo a su té reconfortante, sintiendo un calor placentero extenderse por todo su cuerpo. Apoyó la taza vacía sobre la mesa. Se tapó hasta los hombros con un edredón de pétalos secos y respiró hondo. El olor a tierra mojada se colaba por las rendijas de la puerta, mezclándose con el perfume dulce de la manzanilla. El sonido de la lluvia en el tejado le decía que, fuera, el mundo estaba a salvo, y el brillo de la hoguera le prometía que dentro siempre habría hogar.

Brizna acomodó su cabeza en su almohada y cerró despacio los ojos. Y acunado por el sonido de la lluvia y el calor de las brasas, se dejó llevar suavemente hacia el país de los sueños.

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