Nacimiento del gran río Amazonas. Hace mucho tiempo vivían en la selva dos hermanos. Eran huérfanos y los cuidaban sus abuelos.
—Trae un poco de agua para hacer la chicha. En aquel tiempo el agua era muy escasa, no había lagos ni riachuelos ni lagunas. Sin embargo, el único que sabía dónde encontrar el agua era el abuelo, pero guardaba el secreto muy celosamente. —Nadie, nadie debe enterarse nunca del sitio donde brota el agua. Cerca de la casa había un estanque que todos los días amanecía rebosante porque el abuelo lo llenaba en las madrugadas para que nadie descubriera su secreto.
—Trae el agua, mi hijo, para lavar las hojas de plátano. Estoy cansado de cargar agua todos los días. Si tan solo supiera el sitio de donde saca agua el abuelo.
Después de pensarlo un largo rato, el muchacho se convirtió en pájaro picaflor para seguir al abuelo y no ser descubierto. Luego de caminar por varias horas, llegaron hasta un gigantesco árbol del cual brotaba un inmenso chorro de agua.
—¡Este es el sitio! ¡Este es, este es! ¡Le contaré a mi hermano, le contaré, le contaré, le contaré! —Y es un árbol gigante, que brota agua de su interior, sí, sí. —Pero hagamos algo para que todos tengan agua. —Claro, claro, pero… ¿pero qué? —Bueno, pidámosle a los conejos, a las ardillas, a los ratones, a los tucanes. —Y a los pájaros carpinteros que nos ayuden a cortar el árbol. —Claro, claro, pero ¿y si la abuela nos descubre? —No, no lo hará, porque nosotros trabajaremos en la noche. Eso es, eso es, entonces comencemos hoy, hoy mismo. Sí, sí, sí.
Los animales trabajaron toda la noche, pero el árbol era tan grande que no consiguieron terminar. Y decidieron seguir la noche siguiente porque estaban realmente cansados de tanto morder y picotear. Pero algo extraño pasaba.
—¿Qué pasó? ¿Qué se puede hacer? —No puede ser, hemos mordido el árbol toda la noche. —No tiene un solo rajullo. —Sí, es verdad, no puede ser, no puede ser. Los huecos hechos por los animales en la noche parecían sanos por la mañana. A la noche siguiente sucedió exactamente lo mismo y todos se preguntaban: —¿Qué pasará? ¿Qué pasará? —¡Qué pasará! ¡Qué pasará! —Esto tiene que ser obra del abuelo. —Sí, del abuelo. Pues sí, del abuelo.
Entonces los hermanos volvieron a seguir al abuelo y se dieron cuenta de que era quien curaba el árbol en las madrugadas. —¿Qué podemos hacer para que el abuelo no cure al árbol? —Pues debemos evitar que el abuelo pueda acercarse al árbol. —Sí, sí, pero ¿y cómo? —Me convertiré en alacrán.
Cuando el abuelo se dirigía en secreto a curar el árbol… —¡Ay! ¡Ah! Un alacrán lo picó en el dedo gordo del pie derecho.
Así los animales, después de un gran esfuerzo, por fin lograron tumbar el gran árbol que contenía el agua. El tronco del árbol se convirtió en el gran río Amazonas, el más largo y caudaloso del mundo. Sus ramas se convirtieron en sus arroyos y las hojas y las espinas en los peces de mil colores que nadan en sus aguas.