Mateo, el guardián del bolsillo

Hubo un tiempo en el que los duendes no vivían en las profundidades de los bosques, ni debajo de las raíces de los árboles viejos. Vivían mucho más cerca. Vivían en los bolsillos de la gente. No en cualquier bolsillo, claro, solo en los bolsillos de las chaquetas viejas, esas que dejamos olvidadas en el perchero cuando cambia la estación.

En una casita con tejado de tejas rojas vivía Mateo, un Magikito pequeñito con un gorro de fieltro verde y unos zapatones de cuero marrón. Cuando caminaba, sus pasitos sonaban como gotas de lluvia en el tejado. Mateo vivía en el bolsillo interior del abrigo de invierno de la abuela Elena. Era un hogar perfecto, cálido, suave y con un suave aroma a lavanda y a caramelos de menta.

La función de los Magikitos de bolsillo era muy importante. Se encargaban de guardar las cosas pequeñas que la gente perdía sin darse cuenta. Si a la abuela Elena se le caía un botón de nácar, Mateo tiraba de un hilo invisible. El botón rodaba y, ¡zas!, directo al bolsillo. Si perdía una receta de cocina apuntada en cualquier papelito, Mateo salía volando y lo atrapaba antes de que se lo llevara el viento y lo escondía bien en el fondo del bolsillo.

Cuando la abuela Elena metía la mano en su abrigo al llegar el invierno y decía: —¡Vaya, mira! Lo que he encontrado. Pensaba que había perdido el botón. ¡Qué suerte tengo! —Mateo, desde el fondo del bolsillo, sonreía en silencio y se ajustaba el gorrito, orgulloso de su trabajo.

Pero un día ocurrió algo inesperado. Elena decidió regalar ese abrigo viejo a su nieta, una niña llamada Sofía. Mateo sintió el temblor. El abrigo fue doblado, guardado en una caja y viajó a una nueva casa. Cuando Sofía desplegó el abrigo y se lo probó, le quedaba enorme. Las mangas le tapaban las manos y el bajo le llegaba hasta los tobillos. Mateo estaba muy asustado. Los Magikitos, como seres elementales que son, son criaturas de costumbres y los niños pequeños suelen ser ruidosos y olvidadizos de una forma diferente. Esa misma tarde, Sofía salió al parque a jugar.

El aire de otoño era frío y la niña llevaba las manos metidas en los grandes bolsillos del abrigo de su abuela. Mientras caminaba por un camino de hojas secas, vio algo brillando en la hierba. Era una pequeña piedra de río perfectamente redonda y lisa, con una veta dorada que cruzaba el centro. —¡Qué bonita! —Sofía tomó la piedra y la guardó en el bolsillo interior.

Mateo tuvo que saltar hacia un lado para que la piedra no le cayera encima. La examinó con curiosidad. No era un botón útil, ni una moneda, ni un papel importante. Era solo una piedra bonita. Al día siguiente, Sofía metió en el bolsillo una pluma azul. Al otro, un trozo de cristal pulido por el mar. Mateo no entendía nada. ¿Dónde estaban las llaves perdidas? ¿Dónde estaban los billetes doblados? La niña solo guardaba tesoros que no servían para nada. ¿O eso pensaba él?

Una tarde de lluvia, Sofía se sentó junto a la ventana. Estaba triste porque su hermano mayor no quería jugar con ella. Metió la mano en el bolsillo interior, despacio, y sacó la piedra lisa con la veta dorada. La frotó con el pulgar. Luego sacó la pluma azul y la pasó suavemente por su mejilla. Mateo observaba desde la sombra de la costura del bolsillo. Se dio cuenta de algo más. La niña no guardaba objetos para no perderlos, guardaba momentos. Guardaba la alegría de haber encontrado la piedra, la sorpresa de la pluma, la calma de la tarde en el parque.

Entonces el pequeño Magikito entendió cuál era su nueva misión. Ya no bastaba con guardar cosas caídas. Mateo tenía un trabajo diferente ahora. Cuando Sofía guardaba una hoja roja de otoño, Mateo le soplaba un polvo mágico para que no se secara nunca. Cuando metía una concha marina, Mateo la limpiaba en secreto para que, al acercarla al oído, Sofía pudiera escuchar el mar mejor que nadie.

Pasaron los años y Sofía creció. El abrigo le fue quedando perfecto. Luego un poco justo y finalmente dejó de ponérselo, pero nunca lo regaló. Lo dejó colgado en su armario.

Dicen que si hoy vas a ese armario, abres la puerta despacio y metes la mano en el bolsillo del abrigo viejo, notarás que está inexplicablemente caliente. Y si prestas mucha atención y la habitación está en absoluto silencio, tal vez escuches clic-clac-clic-clac-clic-clac. Son los pasitos de Mateo cuidando el último tesoro que guardaste cuando aún creías en la magia.

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