Florina en el patio de Doña Asunción. La tarde del lunes caía con un calor pesado sobre el patio interior del edificio número 4. Era un rincón de cemento gris donde el sol pegaba con fuerza, rodeado de paredes altas y ventanas cerradas.
Doña Asunción, una mujer mayor que siempre había tenido buena mano para la tierra, caminaba entre sus macetas con una gran tristeza. Sus plantas preferidas tenían las hojas caídas, secas y cubiertas de polvo. «Ya nada florece como antes en este jardín», suspiraba, acariciando un tallo marchito con sus manos temblorosas. La rutina y la pena de estar sola estaban apagando su rincón verde.
Pero, escondida dentro de una regadera de zinc vieja, colgada a la sombra, vigilaba alguien muy pequeñita. Era Florina, una Magikita de la familia de las hadas, del tamaño de una vaina de guisante. Vestía un hermoso traje hecho con un pétalo de geranio rojo reciclado y una corona brillante recortada con una chapa de refresco.
Al notar la melancolía de Doña Asunción, como un aire frío en sus alitas, el hada supo que tenía que intervenir de inmediato. «Este jardín necesita recobrar la primavera», pensó Florina, entusiasmada. Aprovechando que la anciana fue a buscar un cubo de agua a la cocina, voló hacia el centro del patio. Sacó de su bolsillo un pincel minúsculo hecho con una brizna de musgo y dibujó espirales en el aire, soplando un polvo lleno de chispas de colores sobre la tierra seca.
Ocurrió algo maravilloso. La tierra de las macetas empezó a esponjarse y un aroma intenso, fresco y delicioso, a jazmín y a campo abierto, inundó todo el edificio. Las plantas cobraron una vida increíble: los tallos se estiraron hacia el cielo, las hojas se volvieron de un verde brillante y los capullos cerrados estallaron en flores rojas, amarillas y azules que bailaban con la brisa.
Doña Asunción regresó y se quedó con la boca abierta, soltando la regadera del asombro. Al ver su jardín lleno de colores y vida, una sonrisa enorme y limpia le iluminó el rostro. La felicidad fue tan grande que abrió las puertas del patio y llamó a los vecinos para compartir la belleza. En pocos minutos, el patio gris se transformó en una fiesta vecinal llena de risas y charlas.
Desde lo alto de la regadera, Florina ajustó su corona dorada, sonrió con orgullo y se marchó en silencio por el tejado, porque a veces un rincón apagado solo necesita una pizca de amor y magia para volver a florecer con fuerza.