Corazonino y la tarde de los caramelos flotantes.
La tarde del miércoles se había puesto muy fea en el Parque de San Lázaro. El cielo estaba cubierto por unas nubes grises, gordas y pesadas, que tapaban el sol y amenazaban con aguar los paseos de todo el mundo. El ambiente era frío y aburrido. En los bancos de madera, los vecinos se sentaban separados, mirando sus teléfonos con cara de pocos amigos, y las bufandas subían hasta la nariz. Nadie se saludaba, nadie sonreía.
Don Diego, el kiosquero del parque, era un hombre mayor que siempre había tenido un corazón de oro, pero últimamente la rutina y las pocas ventas le habían vuelto un poco uraño. Aquella tarde estaba especialmente enfadado. Colocaba los botes de dulces con brusquedad, mascullando entre dientes: «Vaya día más tonto. Nadie compra nada, el parque está muerto y este frío se mete en los huesos. Qué ganas de cerrar e irme a mi casa».
A su lado, Toby, un perrito viejo de pelo marrón y orejas caídas, soltaba un suspiro triste. Adoraba ver a los niños correr y pedir dulces, pero el mal humor de su dueño y el gris del cielo lo tenían completamente desanimado.
Detrás del cartel luminoso de los helados, bien escondido entre los periódicos atrasados, observaba la escena alguien muy pequeño. Era Corazonino, un Magikito de la familia de los duendes, no más grande que una taza de té, vestido con un traje divertidísimo y reciclado: un chaleco hecho con un envoltorio rojo de chocolatina y unos zapatos puntiagudos fabricados con tapones de plástico suave. Como todos los duendes de Taramundi, sentía la apatía y el desencanto de los humanos como si fuera un viento helado en la cara, y ver el parque tan triste le daba mucha pena.
«Este parque necesita un buen empujón de dulzura», pensó el duende, ajustándose su chaleco brillante. «Don Diego ha olvidado lo bonito que es ver sonreír a la gente, y Toby necesita recordar cómo se juega. Vamos a cambiar el color de esta tarde».
Aprovechando que Don Diego se agachó a buscar una caja de cartón bajo el mostrador, Corazonino se puso en marcha. Saltó desde el cartel del kiosco y aterrizó con suavidad sobre el lomo de Toby. El perrito se levantó rápido, sorprendido por el cosquilleo. El duende le rascó detrás de la oreja con cariño y sacó de su bolsillo un silbato hecho con una pajita de refresco. Sopló con fuerza, lanzando un polvo de estrellas doradas sobre el gran tarro de los caramelos de corazones, y al mismo tiempo susurró una palabra secreta en el oído de Toby.
Ocurrió algo completamente maravilloso. El perrito Toby pareció rejuvenecer diez años de golpe. Se puso en pie de un salto, soltó un ladrido alegre y empezó a mover la cola tan rápido que parecía un ventilador. En ese mismo instante, la tapa del bote de los dulces saltó por los aires y los caramelos con forma de corazones rojos salieron volando uno a uno, flotando en el aire como si fueran globos diminutos.
Don Diego se incorporó de golpe con la boca abierta de par en par. Los caramelos flotantes, empujados por un viento mágico, volaron hacia las nubes grises que tapaban el parque. Al tocar las nubes, los caramelos no se cayeron, sino que se mezclaron con ellas. Las nubes oscuras empezaron a teñirse de un color rosa precioso, suave y brillante. El parque entero comenzó a oler de una forma deliciosa, a fresa madura, a azúcar tibia y a primavera.
De las nubes rosas empezaron a caer miles de chispas de colores que no mojaban, sino que daban un calorcito muy rico. Toby corría por el césped persiguiendo los caramelos que bajaban flotando, ladrando de pura felicidad. Al ver al perrito jugar y el cielo pintado de rosa, los vecinos se guardaron los teléfonos en los bolsillos. Las sonrisas aparecieron en sus caras como por arte de magia.
Una niña pequeña atrapó un caramelo con forma de corazón en el aire, se lo comió y exclamó: «¡Sabía a felicidad!». Don Diego miró a su alrededor, vio a los vecinos charlando entre ellos, riendo, jugando con Toby y compartiendo los dulces flotantes. El frío de su corazón se derritió por completo. Salió del kiosco con los brazos abiertos, riendo como hacía años no lo hacía, contagiado por la alegría de su perro y de su barrio.
Desde lo alto del kiosco, Corazonino contemplaba la escena con las manos en las caderas y una gran satisfacción en sus ojillos negros. Vio a Don Diego abrazar a Toby, agradecido por esa tarde tan especial que les había devuelto la vida. El duende del chaleco rojo sonrió, se colocó bien sus zapatos de tapón y se escabulló en silencio por el tronco de un árbol, buscando el próximo rincón gris que necesitara una pizca de amor.
Porque los días grises no se arreglan quedándose encerrado, sino abriendo el corazón para compartir la dulzura que todos llevamos dentro.