Los duendecillos zapateros
Contado por Melena_887
Había una vez un viejo zapatero que era muy honrado y trabajador, pero la suerte no estaba de su lado. Llegó un día en que solo le quedaba un trozo de cuero, el justo para fabricar un último par de zapatos. Con mucha resignación cortó el cuero por la noche. Para coserlo al día siguiente, se encomendó a Dios y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, al bajar al taller, el zapatero exclamó: —¡Oh, sorpresa! ¿Qué ven mis ojos? Mujer, ven rápido, por favor. Sobre la mesa no estaba el cuero cortado, sino un par de zapatos terminados con una perfección increíble. Las puntadas eran tan diminutas y precisas que parecían hechas por las manos del mejor artesano del mundo.
Ese mismo día entró un cliente. Le gustaron tanto los zapatos que pagó el doble por ellos. Con ese dinero el zapatero compró cuero para dos pares más. Al anochecer los dejó cortados y a la mañana siguiente ya estaban terminados.
Así pasó un día y otro y otro. El zapatero dejó de ser pobre, pero una noche, cerca de la Navidad, el anciano le dijo a su esposa: —Oye, ¿y si nos quedamos despiertos esta noche para ver quién nos ayuda tan generosamente?
A la medianoche, escondidos tras unos abrigos, vieron entrar por la ventana a dos pequeñísimos duendes completamente desnudos, dando saltos y piruetas. Los duendecillos se sentaron en el banco, tomaron las herramientas y cosían a una velocidad alucinante.
—¡Pobrecitos! ¿Trabajan en cueros con este frío de invierno? Mañana les haré dos camisetas, dos pantalones y les tejeré un par de calcetines, y tú hazles unos zapatos diminutos —dijo la mujer.
Por la noche, en lugar de cuero cortado, dejaron sobre la mesa los hermosos regalitos. A la medianoche, los duendes entraron corriendo, listos para trabajar. Pero al ver la ropa fina y hermosa, empezaron a dar brinquitos de felicidad. Se vistieron a toda prisa y cantaron a coro con sus voces agudas:
—¡Ya somos dos chiquitos elegantes y bien bonitos! ¿Para qué seguir haciendo zapatos de viejitos? ¡Vámonos de aquí!
Dieron tres vueltas de canela sobre la mesa, saltaron por la ventana y desaparecieron en la noche para no volver jamás. Pero el zapatero y su mujer vivieron felices, prósperos y con suerte por el resto de sus días.