Ruidín y la moto de medianoche
Contado por Carmen
A las doce y media de la noche, el barrio entero abría los ojos a la vez. No hacía falta despertador para saber la hora: era el chaval de la moto que volvía a casa. La moto era pequeñita, de esas de reparto, pero llevaba un escape nuevo del tamaño de un trombón. Y el chaval le sacaba partido. Acelerón en la esquina, acelerón en la cuesta y el gran final en el semáforo de la plaza, en rojo, sin nadie delante. ¡Brum, rum, rum! Se miraba de reojo en el escaparate de la farmacia como quien saluda a su público. Las ventanas se iban encendiendo una a una a su paso, como si la moto fuera pasando lista. En el tercero se despertaba el bebé y, detrás del bebé, su madre. En el primero suspiraba el panadero, que madrugaba a las cinco menos cuarto. La señora Puri salía al balcón en bata, con el gato en brazos, erizado como un cepillo. Y la del cuarto tiraba la zapatilla, que no le había acertado jamás, pero por intentarlo que no quedara. El chaval veía todas aquellas luces encendidas y se iba a dormir contentísimo, convencido de que el barrio no se quería perder su llegada.
Lo que el chaval no sabía es que en la farola coja de la plaza, la que parpadeaba, vivía un Magikito redondito y con orejas de soplillo que se llamaba Ruidín.
Ruidín tenía el oficio más raro del mundo: coleccionaba los ruidos de la noche. Los cazaba al vuelo, los metía en frasquitos de cristal y los guardaba en una estantería dentro de la farola, cada uno con su etiqueta. La lluvia sobre los toldos, la última risa de la terraza del bar, el hasta mañana del kiosquero, los ronquidos del portero, que bien afinados sonaban a acordeón. Y no los guardaba por guardar: los prestaba. Cuando la abuela del segundo no podía dormir, Ruidín se colaba por su ventana y le destapaba en la almohada un frasquito de lluvia. A la chica del quinto, que estudiaba unas oposiciones y se acostaba nerviosa, le abría el mar de sus vacaciones. Al bebé del tercero le ponía flojito una nana, que le había cazado a su madre una tarde que lo mecía. Nadie sabía por qué algunas noches la almohada sonaba a vacaciones. Era Ruidín, pero desde que llegó la moto, el negocio del sueño iba fatal.
El brum no cabía en ningún frasco. Lo intentó con el bote grande de los truenos de agosto y reventó la tapa. La lluvia guardada se ponía nerviosa y salía en tromba. Los ronquidos se desafinaban y, con tanto vecino despierto, Ruidín no daba abasto. Se pasaba la noche abriendo frasquitos de ventana en ventana. Y a las doce y media del día siguiente, ¡brum, brum, brum! ¡Vuelta a empezar!
Una noche, Ruidín se remangó. —Muy bien —dijo mirando la calle—. Si tanto ruido te sobra, yo te lo guardo. Y empezó la cosecha. Los brums eran gordos como jamones y culebreaban que daba gusto. Ruidín los cazaba al vuelo con una red hecha con una percha y la goma de un pijama, y había que verlo: el primero lo arrastró tres calles volando como una cometa; los acelerones no cabían derechos y tenía que doblarlos como sábanas, con la rodilla encima; y el petardeo del escape, que era el peor de todos, mordía. Acabó dentro de una fiambrera con pestillo, gruñendo bajito toda la noche.
Detalle importante: los ruidos de una noche no van solos. Van pegados unos a otros como chicles, y cada brum que Ruidín cazaba traía enganchado lo que había despertado. Noche a noche, la estantería se fue llenando: frascos que vibraban, frascos que temblaban, la fiambrera gruñendo, hasta que la despensa estuvo llena y llegó la noche del concierto.
El chaval aparcó la moto en su portal y le puso la funda, tapadita, como todas las noches, porque para dormir a la moto le gustaba el silencio. Se metió en la cama y, justo cuando se le cerraban los ojos, en la mesilla alguien destapó un frasco. ¡Brum! El chaval se incorporó de golpe, con el corazón como una pandereta. Miró por la ventana, miró debajo de la cama: nada. Se volvió a tumbar. Segundo frasco: el acelerón de la cuesta, servido justo cuando volvía a quedarse frito. Salió al balcón en calzoncillos convencido de que alguien le estaba robando la moto. Pero la moto dormía abajo, con su funda, quietecita como un caracol. Tercer frasco, y aquí venía lo bueno, porque el brum del semáforo llegó con todo lo que llevaba pegado.
Primero el brum y, detrás, enganchado, el llanto del bebé del tercero, entero, con sus hipidos y todo. El chaval se quedó sentado en la cama, mirando el techo. Cuarto frasco: el petardeo de las cuatro menos cuarto y, pegados al petardeo, el suspiro del panadero y un despertador sonando a las cinco. Quinto frasco: con el gran final de cada noche y, detrás, la voz de la señora Puri diciéndole al gato «¡Ya está! ¡Ya pasó!», y los grillos de la plaza callándose de golpe, como cuando se corta la luz.
Ruidín fue destapando la colección entera, frasquito a frasquito. Con puntería de relojero, cada uno en el segundo exacto en el que el chaval volvía a cerrar los ojos. Amaneció con los ojos como platos, como el barrio entero todas las noches. Aquel día, el chaval no le dijo nada a nadie, pero a las doce y media de la noche siguiente, el barrio entero abrió los ojos a la vez porque no se oía nada.
La señora Puri salió al balcón mosqueada. ¿Le habrá pasado algo al chaval? Y era preocupación de la buena, que en ese barrio se duerme mal pero se quiere bien. La del cuarto se durmió con la zapatilla en la mano, por si acaso. Al chaval no le había pasado nada: estaba en el taller. Tardó tres días y dejó sus ahorros, pero volvió con un escape normal, de moto pequeñita.
La primera noche que paró en el semáforo de la plaza, la moto hacía rrrrr, bajito, redondito, como una máquina de coser. El chaval se miró en el escaparate de la farmacia y no supo qué cara poner. —Ahora parece que llevas un gato —le dijo la señora Puri desde el balcón. Y su gato, que odiaba aquella moto con toda su alma, bajó las escaleras, cruzó la plaza y se le subió al asiento a ronronear a dúo. El semáforo se puso en verde y el chaval no arrancó de la risa que le dio. —Mejor esto que el trombón —dijo, y fue lo más parecido a pedir perdón que se le había oído nunca. Al barrio le valió.
Desde entonces, la moto tiene dos trabajos. A las siete de la mañana reparte el pan del panadero, y el barrio entero huele a croissant recién hecho y hay quien pone el despertador solo para oírla llegar. Y a las nueve y media de la noche hace la vuelta de la nana, una pasada despacito por debajo de la ventana del tercero, porque resulta que no hay nada en este mundo que duerma a ese bebé más rápido que el ronroneo de una moto pequeñita yendo sin prisa.
Y Ruidín, Ruidín guardó un solo brum de recuerdo, el gordo, en el bote de los truenos, con su etiqueta: no abrir jamás. Los demás los soltó una tarde de tormenta, que con el jaleo del cielo nadie nota nada. Y esa misma noche cazó el sonido más difícil de toda su colección, uno que llevaba meses esperando: el barrio entero durmiendo a la vez. Se sentó en su farola con el frasquito en las rodillas, las manos detrás de la cabeza, y se quedó escuchándolo hasta el amanecer. Dicen que es su favorito y eso que no suena a nada.