Casimiro y el pendrive justiciero
El conserje de aquel colegio hacía cosas rarísimas al caer la noche. Justo después de cerrar y antes de irse a dormir, lo mismo bailaba con la fregona que se ponía a cocinar dentro del despacho del director. Nadie lo sabía. Bueno, sí, uno.
En la caja de objetos perdidos, entre bufandas huérfanas y fiambreas que no reclama ni el tato, vivía un Magikito llamado Casimiro. Tenía una barriga considerable de estar sentado tanto rato y una pasión casi obsesiva: le gustaba grabar a los humanos. Grababa con una pequeña camarita que había encontrado un día en la basura. Luego lo guardaba en los pendrives que la gente pierde y no vuelve a buscar.
Tenía una colección de las buenas: la profe de biología zampándose un donut entero en el coche, los mejores partidos de baloncesto durante el recreo, el profe de mates usando la calculadora para multiplicar seis por cuatro y, sobre todo, las cosas divertidas que hacía el conserje cuando no había nadie. Cosas buenas, solo grababa cosas buenas, ¿para qué grabar las otras?
Hasta que llegó aquel ladronzuelo. Empezó con un sacapuntas con forma de hamburguesa, luego una goma que olía a fresa, después el álbum de cromos de Óscar entero y un día las entradas de cine que la abuela de Marina le había dado para su cumpleaños, que estaban dentro de un sobre con su nombre escrito en rotulador. Cinco entradas para que las compartas con tus mejores amigos. Marina lloró en el baño para que no la viera.
Y el primero en agacharse a buscar siempre era Gabriel. Gabriel se metía debajo de las mesas, movía el radiador, vaciaba la papelera en el suelo, la volvía a llenar, le daba palmaditas en la espalda a la gente y le decía que a lo mejor se le había caído por el camino.
Casimiro lo pilló sin querer y de una forma muy tonta. Estaba grabando a Lucía, que se había quedado dormida de pie apoyada en la ventana, cuando al fondo del plano, pequeñita y borrosa, una mano entró en una mochila que no era la suya. La rebobinó, lo vio otra vez y otra. Que un niño coja lo que no es suyo, mira, puede pasar de vez en cuando. Casimiro llevaba siglos viendo humanos y eso lo tenía visto de sobra. Lo que le hirvió la sangre fue lo otro: lo de agacharse a buscar falsamente y lo de las palmaditas en la espalda.
Casimiro se subió las mangas, estuvo tres semanas dándole al rec. Grabó la mano en la mochila de Óscar, grabó cómo vigilaba el pasillo a un lado y a otro como quien cruza una carretera, grabó la caja de galletas en su taquilla, el sobre del cumpleaños sin abrir y grabó también las palmaditas, todas. Luego hizo la jugada maestra de su vida.
Al día siguiente tocaba presentar el proyecto de los volcanes y Gabriel tenía guardada la presentación en el pendrive de su taquilla. Casimiro se pasó toda la noche haciendo un montaje con todos los clics que había grabado y lo metió en el pendrive de Gabriel, borrando el vídeo de la presentación y poniendo el mismo título: Volcanes activos en el planeta MP4.
Gabriel salió a la pizarra tan campante, enchufó su pendrive, se colocó bien delante de todos y dio al play. Y lo que apareció en la pared, a máxima resolución, no fue un volcán, ni mucho menos; fue su propia mano metiéndose en la mochila de Óscar. Nadie dijo nada, ni una risa. Veinticuatro críos en silencio absoluto, que es un silencio que no se oye en un colegio jamás. Vino el segundo vídeo y el tercero. A Gabriel se le puso la cara roja como un tomate. La profe corrió a apagar el proyector, pero para entonces ya iban por la caja de galletas y se echó a llorar delante de todos.
Los días siguientes fueron los peores de su vida, y no porque nadie le gritara. Nadie le gritó, nadie le dijo nada de nada, que es mucho peor. Le dejaban sitio en la fila y miraban para otro lado. Comía solo en un comedor repleto de gente.
Hasta que el jueves Marina se sentó a su lado con su bandeja. No le dijo nada bonito, no le perdonó en voz alta, ni le dio un discurso. Empujó su flan por la mesa hasta dejárselo delante y le dijo: —Toma, que a mí no me gusta. Y se puso a comer. Al día siguiente ya se sentaron dos, al otro la mesa entera.
Gabriel llegó el lunes antes que nadie con la caja de galletas debajo del brazo y fue dejando cada cosa encima de cada mesa: el sacapuntas, la goma, los cromos, el sobre con el nombre de rotulador sin abrir. No dijo ni pío y nadie le hizo decir nada. Desde entonces, de la caja de los objetos perdidos se encarga él. Sabe muy bien de quién es cada bufanda. Se agacha debajo de las mesas, mueve el radiador y vacía la papelera en el suelo y la vuelve a llenar. Solo que ahora, cuando ayuda a buscar, encuentra.
Casimiro borró el vídeo de los robos y se quedó tan pancho. Pero le gustó tanto la idea de las presentaciones que a veces mete sus clips favoritos dentro de las presentaciones de los alumnos. Dicen que desde entonces el conserje se ha hecho famoso por sus divertidas escenas y todos piensan que es él quien hizo justicia aquel día.