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El niño incrédulo

Había una vez un niño muy increíble que un día avisó a su abuelo y le dijo:

—Abuelito, tú sabes que en este campo enorme, patio colosal, hay una mitad en la que las noticias siempre salen montones de... al recorrer la mitad del patio.

Y el nieto le preguntó:

—Abuelito, entonces ¿por qué yo no lo veo?

Y el abuelo le respondió:

—Tú nunca lo ves porque siempre estás pegado a esos aparatos y nunca sales al campo. Algún día lo verás. Yo hoy no... iré a la guerra.

Y para no decirle al nieto que el abuelito tenía una grave enfermedad incurable, le dijo que tenía que ir a la guerra. En cuanto se fue al hospital, la abuela recibió esta noticia: «Señora, señora, su esposo está muerto.»

Durante las muchas largas, largas noches, la abuelita lloró, la abuelita lloró, y el niño le consolaba diciendo:

—Abuelita, ¿qué pasa? Dime, ándate, dime.

Y la abuelita nunca le decía nada. Un día la abuelita le dijo que el abuelo se tardaría mucho en venir de la guerra.

Durante esas largas, largas noches, el nietito siempre lloraba también y decía:

—Abuelito, ya vuelve, sé que me estás escuchando.

Y nunca volvía.

Un día el niño decidió dejar... el aparato que fuera, no sé, pero lo dejaría. En cuanto salió, vio muy majestuosas alas volando, elfos por la mitad del patio. Él quería hablar con ellos, pero no entendía su idioma.

Y después él encontró una nota del abuelo que decía: «Hijito, sé que algún día encontrarás esto. Yo te quería decir que si ya viste las elfas, viste que son muy hermosos. Tal vez algún día puedas revisar el ático, te dejé un regalo.»

En cuanto el niño terminó de leer toda esa nota, escuchó un sonido metálico. Se fue y encontró un telescopio, pero un telescopio raro. No podía ver hacia arriba, simplemente veía hacia abajo. Y había otra nota pegada al telescopio que decía: «Hijito, ya que tienes este regalo que yo te di, ahora, cuando la luna esté llena, cuando aparezca la séptima luna llena, tendrás que poner ese telescopio y apuntar a uno de los elfos. En cuanto eso pase, tienes que recitar: "Yo quiero hablar con ustedes", y ahí ya pasará. Pero es la magia.»

En cuanto escuchó eso, cuando escuchó la voz del abuelo, se fue. Estaba el fantasma del abuelo ahí diciéndole:

—Hijito, haz lo que te digo.

Después pasó la séptima luna de noche. Cuando estaba la luna llena, se fue, agarró el telescopio corriendo, lo clavó en el suelo y esperó a que uno de esos elfos saliera. Hora tras hora tras hora y no salía. Después salió uno, salió otro y salieron montones. Y él apuntó a uno que tenía cabello rubio, era un cabello rubio, era imaginando de todos. Y se convirtió en un elfo, así como lo escuchas.

Los elfos ahí lo miraban bien raro y decían:

—¡Un nuevo, un nuevo!

Y cuando escuchó eso, miró bien a todos sus alrededores. Se acercó una elfa y le dijo:

—Bienvenido al mundo de los elfos, tú eres uno de los mortales.

En cuanto el niño escuchó eso, dijo:

—¿Nosotros no somos humanos? ¿Por qué nos dicen mortales?

Y ahí descubrió que los elfos le decían mortales. Luego aprendió muchas cosas que le enseñaron los elfos. El niño quedó fascinado. Luego vio a la reina elfo y al rey elfo. Se fue al rey y le preguntó por su abuelito. Un elfo específico, ayudante del rey elfo, le dijo:

—Sí, lo conocemos. Es uno de nuestros mejores amigos, ¿lo sabías?

Y luego el niño respondió:

—No, no lo sabía.

Luego dijeron que el malvado rey elfo, más allá del reino, lo tenía capturado. El niño pensó que el abuelito ya estaba muerto y descubrió la verdadera verdad. Y ahí decidió que tenía que ir a salvar a su abuelito.

Juntaron tres amigos: un elfo del principio que era muy chiquito, el elfo más grande y la elfa, junto con él. Eran cuatro.

Luego llegaron y encontraron un autito de juguete. Bueno, ese autito de juguete era del niño y se le había perdido por dos meses. También encontraron el control; era un autito a control remoto. Luego subieron, como sabían manejar el autito, se fueron más allá del reino. Y cuando el reino ya terminó, al otro lado había peces con conejos saltando y saltando, tratando de comer moscas; sí, comiendo moscas. Eran cosas raras lo que hacían. Y había siempre tormenta, caía lluvia tras lluvia tras lluvia. Era pura maldad y no se veía nada. Por suerte llevaron una linterna, pero más allá del reino, luego entraron al reino muy oscuro, donde había muchos elfos malvados con los ojos rojos, muy malos.

Y luego encontraron al rey malvado, el cual resultaba que tenía poderes, tenía telequinesis, podía mover cosas con su mente. Y entonces se enfrentó al rey, y cuando el rey se enteró de que era el nieto del abuelito que había capturado hacía años, lo amenazó, lo chantajeó con que si le llegaba a tocar un pelo al rey, mataba a su abuelito; lo iba a hacer de verdad. Entonces él tuvo una idea. Él nunca dijo que su amigo, su amiga y su otro amigo no podían tocarle. Entonces les dio instrucciones y vencieron al rey malvado.

Y cuando fueron a ver a su abuelo, no sabían dónde quedaba porque había muchas celdas, demasiadas celdas. Luego encontraron a su abuelo después de largas horas, y el abuelo estaba deshidratado, no podía ni hacer nada. Entonces el niño le dijo:

—Abuelo, ¿cómo estás aquí?

Y el abuelo dijo:

—Ese telescopio yo lo inventé para que yo pudiera bajar abajo, y no podría hacerlo. Pude hacerlo, pero no pude volver a regresar, entonces fue una desgracia. Y esa nota que estaba escrita, yo te la escribí y tú no te diste cuenta, porque estabas en uno de esos aparatos. Yo nunca te avisé porque siempre estabas pegado en esos aparatitos, y yo siempre preferiría que estés con esos aparatitos y que sonríes en vez de arruinarte el día.

Luego volvieron, se transformaron otra vez, se despidieron de sus amigos elfos y siempre el niño salía y jugaba con los pequeñitos elfos. Y así terminó el cuento. Y terminaron felices para siempre.

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