Tu cesta: 0,00 €
El traje sin costuras

Traje sin costuras.

Gonzalo tenía el único traje completamente liso de todo el bosque, ni una sola costura, verde manzana impoluto, perfecto y bien planchadito. Los demás Magikitos parecían que se habían vestido con una batidora de trapos y tan contentos, retales pegados con retales, remiendos encima de remiendos, formas sin sentido y combinaciones de colores rarísimas. Él no, él iba hecho un pinturín y cuidaba aquel traje como oro en paño.

Cuando la pandilla se tiraba por el tobogán de barro, él miraba desde arriba. Cuando había guerra de moras, se escondía detrás de una seta. Cuando los pinos soltaban resina, él no asomaba pero ni el gorro.

—¡Gonzalo, baja!

—¡Ahora voy!

Y no bajaba nunca.

Una mañana fue a mirarse al charco de siempre y algo no cuadraba. Limpio estaba, eso sí, ni una mancha ni un agujerito, pero el verde ya no era verde manzana, era un verde apagado, sin vida. Lo lavó con jabón de corteza de saúco, lo tendió al sol dos días enteros, lo frotó con menta fresca, nada, cada mañana un poco más gris.

Así que se plantó en casa de Serafín, el Magikito más viejo del bosque, que vivía bajo la raíz gorda del castaño. Serafín era básicamente un revoltijo con patas, llevaba tantos retales encima que nadie recordaba de qué color había sido su traje. Y ahí estaba el misterio, porque aún así era el Magikito con los colores más vivos de todo el bosque.

Lo encontró en la puerta, tomando el sol con los ojos cerrados, tarareando una melodía alegre.

—Tú eres el del traje perfecto —dijo sin levantar la vista.

—A ver —dijo Gonzalo—, y le enseñó el gris.

Serafín abrió los ojos y lo miró de arriba abajo, despacito.

—¿Cuántos retales llevas?

—Ninguno, está entero.

—Pues ya sabes por qué.

Y, de hecho, no: Gonzalo no entendió nada.

Serafín le hizo un hueco en el banquito y se puso a enseñarle su traje, retal a retal, como quien enseña una casa.

—¿Ves este amarillo? Es un trozo que se le rompió a los pantalones de Candela, que se rió tan fuerte que espanta a los búhos. Y este cacho con lunares es de los calzoncillos de Bautista, que me sacó del río tirándome de los pelos. Porque a mí nadar se me da regular.

Y este triangulito naranja de aquí lo tocó con dos de sus gorditos dedos.

—Este es de un calcetín que me encontré debajo del armario. Es el más viejo de todos, pero calienta que te cagas.

Gonzalo miró bien. Entre retal y retal no quedaba casi nada de tela original, solo un trocito granate en el hombro, pequeño como una uña.

—¿Y tu tela, la tuya tuya?

—Aquí queda un poco. Y el resto, pues los cachos que se me han roto los he ido regalando a quien estaba conmigo en ese momento.

—Para que tu traje cobre vida, tienes que llenarlo de vida, así de fácil. Cuando estés disfrutando sin pensar, verás que los trozos se caen solos. Cuando eso te pase, das un trocito de tela al primero que pilles. Él te da uno de la suya. Tu retal tapa su agujero. El suyo tapa el tuyo. Yo llevo un agujero por cada amigo —dijo Serafín—, y un amigo encima de cada agujero. Por eso no me entra el frío.

Gonzalo se miró su propio traje liso y perfecto, y de pronto lo vio como lo que era: un traje solitario y sin vida. Se echó a llorar.

Serafín le observó con ternura. El jovencito había aprendido el mensaje. Se llevó la mano al hombro y arrancó de cuajo la única parte granate que le quedaba, entregándosela al joven.

—Pero eso es lo último que tienes —dijo Gonzalo entre sollozos.

—Pues menos mal que has venido antes de que se acabara —dijo Serafín con una sonrisa.

Y se lo cosió en el pecho de un manotazo.

A la mañana siguiente, alrededor del granate, el verde había vuelto, más verde que nunca. Gonzalo salió disparado al tobogán de barro.

—¡Hacedme hueco! —gritó.

Y se tiró, pero de cabeza. Le aplaudieron hasta las ranas.

Esa noche volvió a casa hecho un desastre, con barro hasta en las orejas, un cuadradito menos en la manga, otro menos en la rodilla y encima de cada agujero, un retal nuevo. Se acostó deseando levantarse otra vez para ir a reventar su traje con nuevas aventuras.

Vota este cuento

¿Cuántas setas se merece, del 1 al 5?

Un segundo: confírmanos que eres una persona

0:00