El martes que se escapó

El miércoles no llegó. A las 12 de la noche y un minuto, todos los relojes continuaban marcando martes. A las 12 y 5 todavía era martes. A las 12 y media, martes también. Los despertadores se quedaron esperando, los panaderos no encendieron los hornos y los gallos siguieron durmiendo con la cabeza debajo del ala. Nadie se dio cuenta, nadie excepto Nora.

Nora tenía 9 años, dos calcetines distintos y la costumbre de despertarse cuando ocurría algo imposible. Aquella noche abrió los ojos justo cuando el reloj de su habitación intentaba cambiar de día. 23:59, 00:00, 23:59 otra vez. El reloj parecía subir por una escalera mecánica que bajaba.

—Eso no es normal —murmuró—. Y debajo de la cama alguien respondió.

—Normal no es, grave, muchísimo.

Primero apareció un gorro largo, después dos orejas puntiagudas. Finalmente salió de la oscuridad un Magikito del tamaño de una zapatilla. Se llamaba Minuto. Era pequeñajo, delgado como la aguja de un reloj, y tenía unas ojeras enormes de no dormir nunca a la hora correcta. Vestía un chaleco verde lleno de bolsillos, y de cada bolsillo sobresalía un reloj diferente: uno de arena, uno de bolsillo, uno sin agujas y otro que siempre marcaba la hora de la merienda. Del pico de su gorro colgaba una aguja roja que daba vueltas cuando se ponía nervioso, y Minuto se ponía nervioso unas 40 veces por minuto. Era un Magikito del tiempo: recogía los minutos que la gente perdía, colocaba en su sitio los segundos despistados y vigilaba que los días entraran en el calendario en el orden correcto.

Aquella noche, la aguja de su gorro giraba como una hélice.

—¿Qué haces debajo de mi cama? —preguntó Nora.

—Buscaba las once y cuarenta y tres. Se perdieron cuando tu padre dijo que iba a cerrar los ojos cinco minutos. ¿Las has encontrado?

—No, pero ahora tenemos un problema bastante peor.

Minuto arrastró una maleta redonda y la abrió. Dentro había cientos de frascos llenos de instantes perdidos y siete pequeños cajones: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. El cajón del martes estaba vacío.

—Se ha escapado —dijo Minuto.

—¿El martes?

—Como se escapa todo lo que está harto. Aprovechando que nadie mira.

En el alféizar encontraron una huella azul con forma de número 2. Después otra en el tejado, otra sobre una farola y una última junto a una alcantarilla abierta. Nora se puso las botas encima del pijama. Minuto le entregó un paraguas.

—No llueve.

—No es para la lluvia.

—¿Entonces?

—Por si caemos hacia arriba.

Saltaron por la alcantarilla. Primero cayeron hacia abajo, después hacia un lado, luego pasaron rozando el jueves y finalmente aterrizaron sobre una montaña de calendarios viejos. Debajo de la ciudad existía un mundo enorme. Por sus caminos caminaban minutos sin dueño; había relojes con patas de araña, estaciones donde solo paraban los recuerdos y árboles cuyas ramas colgaban cumpleaños olvidados.

Siguieron las huellas azules hasta un lago lleno de sopa. Allí estaba el señor Martes: una criatura larguísima, azul y peluda, con seis brazos, zapatillas de casa y una taza de chocolate que decía: «No me hables hasta el miércoles». Estaba tumbado en una hamaca.

—¡Señor Martes! —dijo Minuto—. Queda usted detenido por abandono de calendario, atasco temporal y posesión ilegal de seis zapatillas.

El Martes ni siquiera levantó la cabeza.

—No pienso volver.

—Los relojes están paralizados.

—Que descansen.

—El miércoles lleva media hora esperando.

—Siempre has sido un impaciente.

—Los gallos no han cantado.

—Me caen mal los gallos.

Minuto sacó un papel interminable de uno de sus bolsillos.

—Según el reglamento… un día de la semana no puede abandonar su puesto.

—Sin avisar con tres siglos de antelación. Yo presenté una solicitud el martes pasado. Todos los martes son usted. Pues por eso debería haberla recibido.

A Minuto le dio un tic en el ojo izquierdo.

—¡Señor Martes, regrese ahora mismo! No se lo ordeno como inspector provisional de minutos perdidos desde hace 180 años.

—Eso suena bastante definitivo.

Nora se sentó junto a la hamaca.

—¿Por qué te has escapado, Martes?

El Martes hundió una galleta en el chocolate.

—¿Por qué nadie me quiere? Todo el mundo odia el lunes, pero por lo menos se acuerdan de él. Todos esperan el viernes, el sábado tiene fiestas, el domingo tiene siestas. Hasta el miércoles puede presumir de estar justo en medio.

Suspiró tan fuerte que el lago de sopa formó pequeñas olas.

—Yo soy el día que sobra. Nadie se despierta diciendo: «¡Qué alegría! ¡Por fin es martes!».

Minuto guardó el reglamento.

—Eso no es del todo cierto.

—Dime una sola cosa buena que ocurra en martes.

Minuto abrió la boca y mejor la cerró. Miró uno de sus relojes.

—Las bibliotecas suelen estar bastante tranquilas.

—Eso no ayuda.

En ese momento, el cielo subterráneo se agrietó. Por la abertura cayó una bicicleta, cuatro croquetas, un muñeco de nieve y una señora envuelta en una toalla.

—¡Yo estaba duchándome! —gritó la señora mientras desaparecía detrás de una montaña de calendarios.

La aguja del gorro de Minuto comenzó a girar como un ventilador.

—Tenemos siete minutos antes de que todos los días se mezclen.

—¿Y qué pasará? —preguntó Nora.

—La gente celebrará los cumpleaños antes de nacer, nevará en las vacaciones de verano, los colegios abrirán los domingos y cerrarán cuando a los profesores les apetezca.

—Eso ya pasa un poco —dijo el Martes.

Nora miró los calendarios. Entre sus páginas brillaban pequeños destellos azules. En uno, una niña aprendía a montar en bicicleta; en otro, dos personas se conocían en una estación; en otro, un bebé daba su primer paso. Hasta primeros besos, reencuentros, goles imposibles. Cartas esperadas durante años y tortillas que consiguieron dar la vuelta sin romperse.

—¿Es todo esto? —preguntó Nora.

Minuto observó los destellos con su lupa.

—Momentos que ocurrieron en Martes.

Nora los colocó alrededor de la hamaca.

—Mira todo lo que ha pasado cuando estás tú.

El señor Martes se quitó lentamente las gafas.

—¿Ese niño empezó a caminar conmigo?

—Sí.

—¿Y esas dos personas se conocieron en un martes?

—También.

—¿Y la tortilla?

Minuto examinó el recuerdo.

—Martes, 14 de mayo, a las 8 y 12. Ni una sola grieta.

El Martes observó los pequeños instantes flotando a su alrededor.

—Entonces quizá no soy el día que sobra.

—No —dijo Nora—. Eres el día en el que pasan cosas importantes sin que nadie esté esperándolas.

La grieta del cielo creció. Empezaron a caer copos de nieve, hojas secas y arena de playa al mismo tiempo. El Martes se levantó.

—Volveré con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Minuto.

—Una vez al año, quiero que la gente se acuerde de mí.

Nora sonrió.

—Inventaremos algo.

Regresaron corriendo. Minuto abrió el cajón de su maleta y el señor Martes se dobló como una sábana azul hasta el fondo. Todos los relojes avanzaron a la vez: 00:01, miércoles. A la mañana siguiente nadie recordaba lo ocurrido. Solo Nora. Bueno, Nora y los calendarios.

Desde entonces, una vez al año, aparece un martes diferente. Ese día las personas se ponen calcetines desparejados, comen el postre antes de la comida y hacen algo que llevan meses aplazando. Lo llaman el martes inesperado. Los adultos creen que es una tradición absurda, pero los niños saben que no.

Y debajo de la ciudad, el señor Martes levanta su taza de chocolate mientras Minuto revisa los relojes de su chaleco.

—¿Estás contento? —le pregunta el Magikito.

—Muchísimo.

—Entonces vuelve a trabajar.

—Mañana.

El señor Martes se acomoda en su hamaca y sonríe, porque ya no es el día que sobra: es el día en que puede pasar cualquier cosa.

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