En el corazón de un bosque mágico, donde las plantas cantaban con el viento y las piedras cambiaban de lugar cuando nadie las miraba, vivían los Magikitos, unos seres diminutos, no más altos que una manzana, encargados de mantener el equilibrio y la belleza de la naturaleza.

Su hogar era una aldea oculta entre las raíces de un árbol milenario, un lugar donde la tierra siempre estaba cubierta por un suave y esponjoso manto de musgo verde. Había llegado la época más importante del año: el gran florecimiento. Los Magikitos tenían la misión de esparcir la alegría por todo el bosque porque sabían que la magia de la naturaleza no crecía solo con agua y sol, sino con buena energía.

Cada Magikito tenía una tarea especial. Pip, el más saltarín, se encargaba de limpiar los sombreros de las setas rojas y blancas para que brillaran bajo la luz de la luna. Lía, la más detallista, despertaba las flores silvestres pintando sus pétalos con gotas de rocío de color azul, lila y amarillo. Nico, el mayor de todos, cuidaba con paciencia del gran manzano, el árbol más sabio del bosque.

Una mañana, mientras Nico revisaba las ramas del manzano, notó algo extraño. El árbol estaba lleno de flores blancas y rosadas, pero sus hojas se veían un poco caídas.

—¿Qué te pasa, viejo amigo? —le preguntó Nico, acariciando su corteza.

Una voz profunda y sabia resonó en el aire:

—Ay, pequeño Nico, siento mis ramas pesadas. Las flores silvestres de abajo están tan abajo que no puedo contagiarme de su entusiasmo, y las setas están tan serias que me contagian su timidez. Necesito un poco de esa energía pura que solo ustedes saben crear.

Nico sonrió: sabía exactamente qué hacer. Reunió a todos los Magikitos sobre el colchón de musgo verde a los pies del árbol. Los Magikitos formaron un gran círculo, se tomaron de las manos y empezaron a cantar una melodía ancestral.

Su canto era tan dulce que las setas empezaron a tambalearse de lado a lado como si bailaran un vals silencioso. Las flores silvestres abrieron de par en par sus pétalos, desprendiendo un perfume tan dulce que hacía sonreír a cualquiera que lo respirara. La alegría flotaba en el aire en forma de pequeñas chispas doradas.

Esas chispas subieron por el tronco del manzano, treparon por sus ramas y, en un abrir y cerrar de ojos, ocurrió el milagro. Las flores del árbol se convirtieron en las manzanas más rojas, brillantes y jugosas que el bosque mágico hubiera visto jamás.

El bosque entero se iluminó con una luz cálida. Los Magikitos, cansados pero felices, se tumbaron sobre el musgo a saborear el dulce aroma de la nueva estación, sabiendo que mientras hubiera unión y risas, la magia nunca moriría.

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