Cloe la vaca lila y el jarabe mágico
¡En busca del Mejor Chistaco! activo hasta el 25 de septiembre Premio: 100€
Había una vez un establo donde las vacas no daban leche común, sino un jarabe espeso que sabía a galletas recién hechas. Allí vivía Chloe, una vaca anciana de manchas lilas, que solo se dejaba ordeñar si escuchaba un buen secreto.
Tadeo, un niño de siete años con unas botas dos tallas más grandes, entró una noche decidido a conseguir el famoso jarabe dulce. Llevaba un cubo de madera y una libreta donde había anotado tres secretos muy secretos para contárselos a la vaca. Se sentó en el suelo, tomó aire y le susurró al oído a Chloe: —No me gusta el brócoli y ayer escondí tres brotes detrás del microondas. Chloe ni se inmutó, siguió rumiando con cara de aburrimiento.
Tadeo probó a apretar despacio, pero de la ubre no salió absolutamente nada. De pronto, la sombra de Tadeo en la pared de madera empezó a despegarse, pero, oh, no era su sombra: era Noc, un Magikito con sombrero de pico y ojos muy brillantes como luciérnagas. Noc saltó de la pared al lomo de la vaca y luego al hombro de Tadeo.
—Ese secreto es muy aburrido. Las vacas lilas exigen drama real. Dame el cubo —dijo Noc.
Noc se metió dentro del cubo vacío y empezó a golpear el fondo con los talones. Cada taconazo del Magikito hacía que el establo cambiara de gravedad por un segundo. La paja de la cama de la vaca salía volando hacia el techo y caía despacio como plumas doradas.
—¡A ver, Tadeo, olvídate de las manos! Para ordeñar a Chloe hay que usar la imaginación y la técnica del muelle —dijo Noc asomando la cabecita por el borde del cubo—. Haz como si tus dedos fueran de plastilina. Aprieta arriba, rueda abajo y no pienses en leche, piensa en crema de avellanas.
Tadeo cerró los ojos, imaginó que sus manos se estiraban suavemente y volvió a probar. Esta vez, al presionar con ese movimiento de muelle que le enseñó el Magikito, brotó un hilo de líquido espeso, violeta y delicioso, que resonó con un plof perfecto en el fondo del cubo.
—¡Funciona! —gritó Tadeo.
—Pues claro que funciona, pero falta el toque final —dijo Noc.
El pequeño Magikito saltó directamente sobre la ubre de la vaca y empezó a hacer un baile de claqué microscópico. Con cada pisotón de Noc, el hilo de jarabe cambiaba de color: verde menta, amarillo vainilla, azul arándano, naranja mandarina. El líquido caía en el cubo formando espirales multicolores que no se mezclaban. Parecían capas de pintura flotante.
Chloe suspiró satisfecha, soltando una burbuja de aire por la nariz que flotó por el establo reflejando los colores del cubo. Tadeo continuó con el ritmo constante que le había enseñado Noc, disfrutando del tacto tibio y del sonido rítmico que llenaba el establo.
Cuando el cubo estuvo lleno hasta el borde con los colores del arcoíris, Noc hizo un salto mortal, cayó dentro del bolsillo del peto de Tadeo y se acurrucó allí, dejando solo su sombrero a la vista.
—Buen trabajo, novato. Mañana intentaremos ordeñar ovejas de lana de nube —propuso el Magikito, volviéndose invisible poco a poco.
Tadeo acarició suavemente la frente de Chloe, tapó su cubo lleno de jarabe mágico y caminó a paso lento hacia su casa, dejando que el peso dulce del cansancio le secara las ideas justo antes de acostarse.