Se dice del vivo que aparece en un asado sin que nadie lo invite, con la misión clarísima de morfarse toda la carne y no poner un mango. Cae justo cuando huele el humo, se hace el amigo de todos y después se borra cuando toca pagar. Un clásico argento, medio gracioso y medio para mandarlo a freír churros.
Se dice cuando te has pegado una comilona de las que te dejan tieso, en modo sofá y sin ganas ni de pestañear. Es ese punto de empacho feliz en el que solo puedes existir y mirar al techo, como si fueras carne al fuego. Muy de sobremesa larga y siesta traicionera, la verdad.