En Bilbao, el padre es ese tabernero de toda la vida que parece omnipresente. Te ve entrar y ya sabe si vienes a por un zurito, un pintxo o a llorar penas. Tiene chiste para todo, conoce a medio barrio y te suelta anécdotas como si os hubierais criado juntos. Místico no, pero casi.
"Tino volvió al bar tras tres años, pidió un zurito sin saludar y el padre ya lo tenía servido. Encima le soltó dos batallitas y le presentó a un chaval diciendo que era primo suyo de toda la vida."