En Áncash se usa para hablar de un niño pequeño, travieso y juguetón, con un tono entre cariñoso y medio burlón. Es como decir mocoso o chiquillo que no para quieto, pero con más ternura que mala leche. Suele usarse cuando el crío hace alguna travesura que da risa más que rabia, aunque a veces también canse un poco.
En Ayacucho se usa para llamar con cariño a alguien joven o con cara de niño, aunque ya no lo sea tanto. Suena juguetón, medio travieso y bien cercano, como cuando vacilas al pata menor del grupo pero con buena onda. Es de esas palabras que te sacan una sonrisa aunque te estén tomando el pelo un poquito.