En Alicante se usa carlota para referirse a las zanahorias, sobre todo en el habla más de pueblo y de mercado.
En Sevilla, decir que alguien es una carlota es llamarlo despistado de campeonato, de los que van en su mundo y se les olvida hasta lo básico. Se usa en plan cachondeo, no como insulto serio. Vamos, la típica persona que sale a por pan y vuelve con una planta y cero pan. Tiene su arte.
En Bilbao, una carlota es ese chaparrón traicionero que aparece de la nada y te deja calado en dos segundos. Ibas tan tranquilo, con el pelo perfecto y la chaqueta mona, y de repente el cielo decide vacilarte. Se usa para quejarse con humor del tiempo bilbaíno, que cambia más que de opinión un cuñado.
En Canarias, una carlota es ese sueño traicionero que te cae encima cuando llegas reventado a casa y te quedas frito en el sofá en una postura imposible. No es una siesta elegante, es más bien un apagón con el mando clavado y la boca abierta. Si te pasa, estabas para el arrastre.
En Córdoba, decirle carlota a alguien es ponerle el mote al que se cree artista y se manda a cantar en cualquier karaoke o juntada, con una confianza que no le entra en el cuerpo. Jura que lo hace por amor al arte, pero suele desafinar como si le debieran plata. Igual, hay que quererlo.