Un barco

Al verlo por encima de la tapia, Axel pensó que era un tejado un poco raro. Tenía una curva enorme y un color de madera nueva que no pegaba con ninguna de las casas de alrededor.

Llevaban otra semana de cuesta, con los pueblos cada vez más separados, lavando las camisetas en los ríos con una pastilla de jabón y secándolas tendidas encima de las mochilas mientras andaban.

— ¿Eso qué es? — dijo Eva.

Se asomaron por el portón entreabierto y se encontraron con ocho o nueve metros de barco apoyados en unos caballetes. Allí, en Valdelagua, a doscientos kilómetros del mar. Debajo había un hombre tumbado en un carrito de mecánico, lijando el casco.

— Buenas — dijo Axel.

El hombre salió de debajo del barco impulsándose con los talones y se bajó la mascarilla. Tendría sesenta y pocos años, era más bien seco y llevaba serrín hasta en las cejas.

— Buenas.

— Perdone. Es que… — Axel señaló —. Que hay un barco.

— Sí que hay.

Se llamaba Nardo y llevaba ocho años con aquello. Lo contó como quien cuenta que está pintando el pasillo.

— Lo primero que hice fue la quilla, y la hice mal. Porque me la creí. Pensé: esto es un palo largo, ¿qué tiene de difícil? Y resulta que el barco entero sale de ese palo, y si tiene medio centímetro de curva va todo torcido, y no te enteras hasta los dos años. Así que la corté y vuelta a empezar.

Nardo sale de debajo del barco en su carrito para saludar a los viajeros.

Les fue enseñando las costillas de roble del barco y un cubo de clavos de cobre que había tenido que encargar fuera, porque allí ya no los hacía nadie. Después le dio dos nudillazos al casco y se quedó escuchando, satisfecho con lo macizo que sonaba.

— Esto ya no se mueve. Esto es para siempre.

Hortensia daba vueltas alrededor con las manos a la espalda, mirando para arriba, como una inspectora de obras.

— ¿Y cómo lo sacas de aquí, hijo?

Axel se preparó.

Nardo se rascó la nuca.

— Por la tapia.

— ¿Cómo por la tapia?

— Que tiro la tapia. Es mía. Tiro veinte metros, entra la grúa, lo pongo en un camión y para el norte. Luego la levanto otra vez, que eso son dos días.

— ¿En serio? — dijo Hortensia.

— Claro, mujer. ¿Qué otra manera hay?

Axel se echó a reír, y no por educación.

Nardo señala la tapia que piensa tirar mientras Hortensia inspecciona el patio y Axel se ríe.

— ¿Y cuándo lo echas al agua?

— Cuando esté. — Volvió a coger la lijadora —. Le queda un año largo. Dos, según el motor.

Se quedaron toda la tarde. Nardo dijo «si os aburrís, ahí hay papel de lija», y a los diez minutos estaban los tres lijando el costado, cada uno en su cuadrado, con la mascarilla puesta y el pelo blanco de polvo.

Fay se subió por la escalera de Nardo, se tumbó en la proa y no bajó hasta la cena.

— Ese ya va a bordo — dijo Nardo, sin mirar.

— Tú lijas como si le pidieras perdón — le dijo Eva a Axel, desde su cuadrado.

— Es que no es mío, tía.

— Aprieta un poco, hombre, que no se va a chivar.

Axel no apretó.

Se acordó de su padre en el taller, con el mismo serrín en las cejas, y de él con doce años sentado en un cajón dándole la lata. Y de una tarde en que su padre le puso un formón en la mano y le dijo «no aprietes, deja que corte él». La única lección que le dio en su vida.

A Axel le gustó lijar.

Se llevó la mano al cuello sin pensarlo, por debajo de la camiseta, y tocó el cordón. Lo que colgaba de él también lo había lijado él, en aquel taller, una tarde entera.

Axel toca el cordón bajo la camiseta mientras descansa la lija sobre el casco.

Cenaron en el patio, debajo del barco. Nardo sacó una mesa plegable, unos filetes de cerdo y un vino de la cooperativa, de garrafa.

Hortensia aprovechó la cena para hacerle la pregunta que llevaba un buen rato aguantándose.

— Oye, Nardo. ¿Y por qué un barco?

Axel dejó el tenedor para escuchar la respuesta. Se esperaba alguna historia tremenda que explicara aquel barco.

Nardo miró el vino.

— Pues no sé.

— ¿No sabes?

— No. Un día vi uno de madera en un puerto y pensé «qué bonito». Y luego pensé «pues eso se puede hacer». Y ya está.

— ¿Y ya está?

— Y ya está. Todo el mundo me pregunta el porqué, ¿eh? Y al principio me inventaba uno, porque la gente se quedaba a medias si le decías que no había. Decía que mi abuelo era pescador. Y mi abuelo era cartero. — Se rió con la boca cerrada —. Con que te apetezca ya vale, ¿no?

Nardo sirve vino a Hortensia durante la cena bajo el barco.

— A mí me vale — dijo Hortensia, y le acercó el vaso.

Nardo se lo llenó y se puso a hablar del roble.

Durmieron debajo del casco, sin montar la tienda. Axel se quedó un rato mirando aquella panza de madera y pensando en los ocho años que Nardo llevaba trabajando en ella. Cuando se volvió hacia Eva, la encontró despierta, mirando lo mismo.

— ¿Tú te subirías? — dijo ella.

— ¿A ese?

— Cuando lo eche al agua.

Axel se lo pensó.

— Sí.

— Yo también.

Axel y Eva contemplan el casco desde sus esterillas mientras Hortensia duerme.

Y se dio la vuelta antes de que él pudiera contestar.

Por la mañana, cuando se fueron, Nardo ya estaba debajo del casco con la mascarilla puesta. Levantó una mano sin salir del carrito.

No les preguntó a dónde iban.

Hortensia preguntó otra cosa. A la salida del pueblo, sin girarse:

— ¿Cuánto se anda en un día, andando bien?

— Veinte kilómetros — dijo Axel —. Veinticinco sin parar a comer.

— Yo paro a comer.

Y siguió cuesta arriba moviendo los labios, echando una cuenta que no dijo y que a Axel le pareció que acababa en un sitio concreto.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona