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Un barco

Pasó otra semana. Una de esas semanas que luego no se sabe dónde meter, en las que se anda mucho y no se decide nada.

Lo vieron desde la carretera y Axel pensó que era un tejado.

Era una cosa grande y curva, de color madera, que asomaba por encima de la tapia de un corral a la entrada del pueblo. Como el lomo de un animal enorme dormido entre las casas.

— ¿Eso qué es? — dijo Eva.

Se acercaron. La tapia tenía un portón de hierro entreabierto, y por el hueco se veía el patio entero.

Y en el patio había un barco.

Un barco de verdad, de madera, con las tablas montadas una encima de otra, la punta levantada, apoyado en unos caballetes de obra. Ocho o nueve metros de barco. En un pueblo de montaña, a doscientos kilómetros del mar más cercano. Y debajo del casco, tumbado en un carrito de mecánico, había un hombre lijando.

— Buenas — dijo Axel.

El hombre se sacó el carrito de debajo del barco con dos empujones de talón, se levantó y se quitó la mascarilla. Sesenta y pocos, seco, con serrín hasta en las cejas.

— Buenas.

— Perdona que te molestemos. Es que… — Axel señaló, sin saber muy bien qué decir —. Bueno. Que hay un barco.

— Sí que hay.

Y se quedó ahí, sin darle más importancia, esperando a ver si querían algo.

Se llamaba Nardo y llevaba ocho años con aquello, y no lo contó como una hazaña. Lo contó como quien cuenta que está pintando el pasillo.

— Empecé en el diecisiete. Bueno, empecé antes, comprando la madera, que eso me llevó lo suyo.

— ¿Y cómo se aprende a hacer un barco?

— Pues como todo. Con un libro y equivocándote. — Se limpió las manos en el pantalón —. Mira, lo primero que hice fue la quilla, y la hice mal. La hice mal porque me la creí. Yo pensaba: esto es un palo largo, ¿qué tiene esto de complicado? Y resulta que un barco entero se levanta a partir de ese palo, y si ese palo tiene medio centímetro de curva, todo lo que le pongas encima va torcido y no te das cuenta hasta que llevas dos años. Así que la corté y empecé otra vez. — Levantó las cejas —. Dos años.

Les enseñó las costillas de dentro, que eran de roble y las había hecho él una a una. Les enseñó dónde iba a ir el motor. Les enseñó un cubo lleno de clavos de cobre que había tenido que encargar a Francia porque aquí no los hacía nadie.

Hablaba de la madera como Bruno hablaba del pelo.

— Esta es de aquí, del monte. La compré de un tío que taló hace veinte años y la tenía secándose en una nave. Veinte años secándose. — Le dio dos golpes con los nudillos y sonó a lleno —. Esto ya no se mueve. Esto es para siempre.

Hortensia estaba dando vueltas alrededor con las manos a la espalda, mirando hacia arriba.

— ¿Y cómo lo sacas de aquí, hijo?

Y ahí Axel se preparó. Porque esa era la pregunta. Esa era la pregunta que convertía todo aquello en una historia triste de un hombre que se ha vuelto majara en un pueblo.

Nardo se rascó la nuca.

— Pues por la tapia.

— ¿Cómo que por la tapia?

— Que tiro la tapia. — Señaló el muro con la barbilla, tan tranquilo —. Es mía. Tiro veinte metros, entra la grúa, lo saca, lo pongo en un camión y para el norte. Y luego levanto la tapia otra vez, que eso son dos días y ya la he levantado antes.

— ¿En serio?

— Claro, mujer. ¿Qué otra manera hay?

Lo dijo con la misma cara con la que le explicas a alguien cómo se abre una lata.

Axel se rió.

— O sea que sí lo vas a botar.

— Hombre. Digo yo.

— ¿Cuándo?

— Pues cuando esté. — Volvió a coger la lijadora —. Le quedan dos años. Puede que tres, según el motor.

Se quedaron toda la tarde. Nadie lo propuso: Nardo dijo «si os aburrís, ahí hay papel de lija» y a los diez minutos estaban los tres lijando el costado de babor, cada uno en un cuadrado, con la mascarilla puesta. Se lijaba y no se hablaba, porque la lijadora hacía un ruido de mil demonios.

A Axel le pasó una cosa rara. Que le gustó. Le gustó una barbaridad estar dos horas haciendo una sola cosa muy pequeña y muy tonta, con las manos, sin mirar el móvil ni una vez.

Se acordó de su padre. De su padre en el taller, con el mismo serrín en las cejas, sacando una silla de un tablón, y de él con doce años sentado en un cajón preguntándole cosas hasta hartarlo. Y de una tarde de un agosto cualquiera en que su padre le puso un formón en la mano y le dijo «no aprietes, deja que corte él», que era la única lección que le había dado en su vida y que servía para casi todo.

Sin darse cuenta se pasó la mano por el cuello, por debajo de la camiseta, y notó el cordón. Lo que colgaba de él también lo había lijado él, en aquel taller, y le había llevado una tarde entera.

Cayó en que llevaba muchísimo tiempo sin verlo trabajar.

Cenaron allí, en el patio, debajo del barco. Nardo sacó una mesa plegable, unos filetes de cerdo y un vino de la cooperativa que no estaba nada mal.

Ahí fue cuando Hortensia lo dijo, porque Hortensia decía las cosas.

— Oye, Nardo. ¿Y por qué un barco?

Axel dejó de masticar. Ahora venía. Ahora venía la frase.

Nardo se lo pensó de verdad. Estuvo un rato mirando el vino.

— Pues no sé — dijo.

— ¿No sabes?

— No. — Le dio un trago —. Un día en la playa vi uno de madera atracado y pensé «qué bonito». Y luego pensé «pues eso se puede hacer». Y ya está.

— ¿Y ya está?

— Y ya está. — Miró el casco por encima de sus cabezas —. Es que todo el mundo me pregunta el porqué, ¿eh? Todo el mundo. Y yo al principio me inventaba uno, porque veía que la gente se quedaba a medias si le decías que no había. Decía que mi abuelo era pescador. Y mi abuelo era cartero. — Se rió con la boca cerrada —. Con que te apetezca ya vale, ¿no?

Se metió un trozo de pan en la boca. Eso fue todo. No dijo nada más en toda la noche que tuviera que ver con el barco: habló del precio de la madera, de un perro que tuvo, y de una vez que se le cayó un martillo en el pie.

Durmieron en el patio, debajo del casco, sin montar la tienda porque no hacía falta. Axel se quedó despierto mirando la panza del barco, que a oscuras parecía todavía más grande.

Ocho años.

No se le había ocurrido nunca que hiciera falta un motivo. Estuvo un rato pensando en la de cosas que él no había hecho por no tener un motivo bueno. Cosas pequeñas. Aprender a tocar algo. Volver a Noruega. Llamar a su padre un martes cualquiera sin que fuera el cumpleaños de nadie.

De ahí se le fue la cabeza al embalse, que hacía ya unos días.

Porque cuando vieron el campanario saliendo del agua, Hortensia se había quedado parada en la orilla mucho más rato que ellos, y había dicho una cosa que en el momento a él se le pasó por encima.

— Ahí abajo hay casas.

— Ya.

— Digo casas con las paredes en pie. Que la gente se piensa que tiraron el pueblo antes de meter el agua, y no. Se abrieron las puertas, se sacaron los muebles y se cerraron las puertas.

— ¿Y eso cómo lo sabes?

— Porque a mi abuela le pasó con el suyo. En otro pantano, más al este. Le dieron un dinero y una casa en un pueblo nuevo, todo recto y con las calles iguales, y se murió en ella diciendo que no era su casa.

Ya no había dicho nada más de eso.

Axel se giró. Eva estaba despierta, con los ojos abiertos, mirando lo mismo que él.

— ¿Tú te subirías? — dijo ella.

— ¿A ese?

— Cuando lo bote.

Axel se lo pensó.

— Sí.

— Yo también.

Y lo dijo con una voz muy tranquila y muy clara, como se dicen las cosas que uno ha decidido hace rato, y se dio la vuelta antes de que él pudiera contestar nada. Axel le dio un rato más al casco. Aquello había sido algo bonito y no supo qué, así que lo dejó ahí y se durmió.

Por la mañana, cuando se fueron, Nardo ya estaba debajo del casco con la mascarilla puesta. Levantó una mano sin salir del carrito.

Nunca les preguntó a dónde iban.

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