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Ciento setenta y nueve

Llovió tres días seguidos.

El tercero se metieron a las siete de la tarde en la tienda y ya no salieron, porque fuera no había nada que hacer más que mojarse. Estaban los tres tumbados, con la linterna colgando del techo, y Kika hecha un ovillo en la puerta como un tapón peludo que olía a perro mojado, que es un olor que en un espacio de dos plazas tiene una presencia notable.

— Me aburro — dijo Hortensia.

— Duérmete.

— Es que no tengo sueño, hijo, que son las siete. — Se quedó un rato callada —. A ver, enséñame algo.

— ¿El qué?

— Cualquier cosa. Que llevo tres días viendo el mismo plástico verde.

Y Axel, sin pensarlo mucho, metió la mano en el bolsillo lateral de la mochila y sacó el fajo. Era un taco de fotos pequeñas, de las de revelar, sujetas con una goma del pelo. Estaban gastadas por los bordes y algunas tenían la marca de la chincheta arriba.

— Uy — dijo Hortensia, incorporándose —. Trae, trae.

— Hay ciento setenta y nueve.

— ¿Las has contado?

— Las conté cuando las descolgué de la pared.

Eva se giró de lado, apoyada en el codo.

— ¿Ciento setenta y nueve exactas?

— Ciento setenta y nueve.

— Tú no estás bien.

— Lo sé.

Empezó por arriba. La primera era él con dieciséis años, con un flequillo criminal, en un concierto.

— ¿Eso es un flequillo?

— Eso era el año dos mil quince, Hortensia. Todo el mundo tenía eso.

La segunda era una cabra.

— ¿Y esto?

— Una cabra.

— Ya veo que es una cabra. ¿Qué hace en tu pared?

— Es que esa cabra se subió al techo de un coche. — Axel se rió solo —. Estábamos de acampada y la muy tonta se subió al techo del coche de un señor, y el señor salió en calzoncillos.

— ¿Y por qué no está el señor en la foto?

— Porque el señor daba mucho miedo.

Hortensia le pasó la foto a Eva sin dejar de reírse, y fueron saliendo las demás. Un plato de arroz enorme, hecho por él, que había quedado, según dijo, «regular pero histórico». Bruno con las tijeras en la boca. Un cartel de una carretera con un nombre de pueblo muy gracioso que no pensaba decir en voz alta. Su padre debajo de un coche. Clara dormida en un sofá con la boca abierta. Un perro que no era Kika pero se le parecía.

— ¿Y esta?

Era una mujer de espaldas, agachada, en una tienda pequeña, metiéndole el pie a alguien dentro de un zapato.

— Mi madre.

— ¿Trabajando?

— Es que ella es así. — Axel giró la foto para verla mejor —. Mi madre le mira los pies a la gente antes que la cara. Treinta años en una zapatería. Va por la calle y te dice «esa lleva un cuarenta y uno y va con un cuarenta».

— Anda.

— Y acierta, ¿eh? Que es lo peor.

Hortensia se quedó con la foto un momento más de la cuenta.

— A mí me pasa con las manos — dijo, y no explicó por qué, y pasó a la siguiente —. ¿Y este quién es?

— Ese es Bruno otra vez, pero con el pelo largo.

— ¿Bruno tuvo el pelo largo?

— Bruno tuvo el pelo hasta aquí. Por eso se hizo peluquero, dice él. Para que no le pasara a nadie más.

Hortensia las fue pasando una por una, despacio, con el pulgar, y a la vigésima Axel se dio cuenta de que las estaba mirando de una manera concreta: no como se mira una foto bonita, sino como se mira un documento.

— Oye — dijo ella.

— Qué.

— Que en tres cuartos de las fotos que llevas aquí no sale ningún sitio.

Axel se quedó mirándola.

— ¿Cómo?

— Que no hay paisajes, criatura. — Le puso el taco delante y lo abanicó con el pulgar —. Aquí hay caras. Hay una cocina, hay una mesa, hay un banco. Y las que tienen paisaje detrás es porque había alguien delante.

— Bueno, es que uno hace fotos a…

— No, no. Que está bien. — Le devolvió el taco —. Que yo tengo dos cajas de zapatos llenas de fotos y en la mitad sale la casa. La casa por delante, la casa por detrás, la casa con nieve. Y en la casa no sale nadie. — Se recostó otra vez —. Tú tienes ciento setenta y nueve caras y yo tengo dos cajas de fachadas. Y las dos cosas dicen algo, ¿eh? Solo que la tuya dice algo mejor.

Estuvieron una hora. Hortensia se reía de casi todas, y en las que no se reía preguntaba, y Axel contestaba, y a la mitad de las historias se le olvidaba el final.

— Es que esto es una vida entera — dijo ella en un momento.

— Es que es una vida entera.

— Pues oye. — Hortensia estaba pasando las fotos como se pasa una baraja, con el pulgar —. ¿Y novias?

— Ahí no hay.

Lo dijo rápido y sin levantar la vista, y siguió con la siguiente antes de que a nadie le diera tiempo a decir nada. Hortensia no lo pilló, porque Hortensia ya estaba en la de la cabra otra vez.

Eva se quedó calculando en silencio cuántas fotos hace uno en tres años con alguien y cuántas hay que descolgar de una pared para que no quede ninguna.

Entonces salió. Fue en el montón de las de Noruega, entre una del puerto y otra de un plato de salmón: dos chavales de veintitantos en un banco, con dos gorros iguales, riéndose de algo que había pasado justo antes de la foto.

Axel la miró medio segundo y la pasó.

— Uy, espera — dijo Hortensia —, esa…

— Esa es de Oslo.

Y sacó la siguiente, que era una farola torcida, y se puso a contar lo de la farola torcida con mucho detalle, mucho más detalle del que tenía la farola.

Eva no abrió la boca. Pero se le quedó mirando la mano, porque Axel había puesto la foto de los gorros al final del taco, debajo de todas, y mientras hablaba de la farola le estaba dando la vuelta con el pulgar, una y otra vez, sin darse cuenta.

Hortensia se estaba riendo de la farola.

Eva estuvo veinte minutos más ahí tumbada, escuchando historias de fotos, y no preguntó ni una sola vez.

Cuando terminaron, Axel puso la goma otra vez y metió el taco en el bolsillo lateral. Hortensia se durmió a los cuatro minutos y empezó a roncar casi tan bien como Eva.

— Oye — dijo Eva, en voz muy baja.

— Qué.

— ¿Por qué las llevas?

Axel se quedó pensando, mirando la linterna.

— Porque las cosas que pasan se te olvidan — dijo —. En serio. Se te olvidan todas. Yo lo de la cabra no me acordaba, y estaba ahí colgado en mi pared, y lo veía todos los días al salir del baño. Y lo veía y no lo veía. Pero si me quitas la foto, se va. Y entonces es como si no hubiera pasado.

Eva se quedó callada un rato.

— Yo no tengo ninguna — dijo.

Y se dio la vuelta.

Axel abrió la boca para preguntarle si quería una, y le pareció una tontería tan grande que no la dijo.

Ahí, tumbado encima de un plástico verde con la linterna colgando y la lluvia dándole al techo, con ciento setenta y nueve fotos otra vez en un bolsillo lateral, le volvió.

Dos dedos por debajo del esternón, en el sitio de siempre y con la misma cara.

Lo primero que pensó fue que era la lluvia. Que llevaban tres días metidos ahí y que a cualquiera. Se dio esa explicación y le duró cuatro minutos.

Porque a los cuatro minutos se acordó de que había hecho lo más gordo que se puede hacer. Había soltado un piso, un trabajo y una ciudad en cuatro minutos desde el suelo de su cocina. Había andado más en dos meses que en toda su vida. Estaba durmiendo en el suelo en mitad de ninguna parte, con una señora de sesenta y cinco años roncando a un palmo y una perra en la puerta.

Y aquello seguía ahí. Entero. Sin haber perdido nada por el camino.

Se quedó despierto un rato largo con eso, y no se lo dijo a nadie, porque no había forma de decirlo en voz alta sin que sonara a desagradecido.

Fuera seguía lloviendo. La mochila estaba apoyada en un árbol, tapada con el chubasquero, con las ciento setenta y nueve dentro. Se le pasó por la cabeza salir a meterla mejor debajo de la copa, calculó lo que se iba a mojar por el camino y decidió que aguantaban.

Aguantaron.

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