Foguito en el claro del bosque. Una noche en los valles altos de Taramundi no era fría: era de ese negro cerrado que se te mete en los ojos si te descuidas. Olía a resina de pino y a tierra húmeda, y tendría que haber sido una velada perfecta para acampar bajo las estrellas. Pero alrededor de la hoguera que acababan de encender, el ambiente estaba más tieso que un palo de escoba.

Martín y Don Ramiro, padre e hijo, llevaban tres horas sin mirarse a la cara. Don Ramiro, un hombre de manos agrietadas y cejas como arbustos, soplaba el fuego con brusquedad, mascullando entre dientes. Y Martín, que acababa de cumplir los 20 y traía la cabeza llena de partituras y sueños de la gran ciudad, miraba sus botas de montaña como si fueran el objeto más interesante del planeta. Habían venido a arreglar las cosas, pero el silencio pesaba tanto que la leña apenas se atrevía a chisporrotear.

A tres palmos de ellos, camuflado entre los pliegues de un tronco de castaño centenario, unos ojos del tamaño de dos gotas de agua brillaban con picardía. Era Foguito, un Magikito de la familia de los duendes. Vestía un peto hecho con un trozo de lona de mochila militar y un gorro trenzado con corteza. Foguito no venía solo: a su lado, enroscada en una rama, estaba Chispa, su Animagikito lagartija, cuyas escamas cambiaban de color según el calor de las brasas.

—¡Vaya par de mulas! —susurró Foguito, ajustándose el cinturón de hilo de pescar—. Tienen el pecho tan lleno de humo que no les entra el aire. Habrá que darles un empujón.

Chispa soltó un siseo rápido, como un flick-flack de aprobación, y bajó de la rama como una centella verde. El duende se deslizó por el suelo hasta la pila de leña sobrante, agarró un trozo de rama de roble especialmente retorcido y, con un carboncillo que llevaba en el bolsillo del peto, dibujó un garabato rápido en la corteza: una corchea diminuta que bailaba. Luego le dio un soplido con sabor a regaliz. —¡Sas! —Chispa rozó la madera con su cola caliente y encendió una veta dorada en el centro del tronco.

Don Ramiro, con un gruñido, agarró precisamente ese trozo de leña y lo arrojó al fuego. Lo que pasó a continuación hizo que Martín despegara los ojos de las botas de golpe. La hoguera no soltó humo negro, sino una ráfaga de chispas de color azul eléctrico que subieron al cielo como luciérnagas borrachas. —¡Pof! ¡Clac! Al rozar el fuego, la leña mágica no crujió: empezó a sonar.

El viento atrapado en las vetas de la madera se transformó en una melodía suave, una vieja tonada estuariana que Don Ramiro solía silbar cuando Martín era un crío y el mundo parecía más sencillo. —¿Pero qué clase de madera has traído, papá? —preguntó Martín, olvidándose del enfado.

Don Ramiro se quedó quieto, con las manos suspendidas sobre las llamas, que ahora bailaban al ritmo de un compás invisible. El fuego brillaba con una luz limpia, tan viva que borraba las sombras amargas de sus caras. Al viejo se le ablandaron los ojos de repente.

—Es roble del viejo, hijo —murmuró Don Ramiro, y por primera vez en meses su voz no sonó a reproche—. El mismo que usábamos para hacer tus primeros juguetes, ¿te acuerdas?

Chispa soltó un flick-flack más fuerte, y la melodía se volvió un crescendo alegre, de esos que te obligan a llevar el ritmo con el pie. Y vaya si funcionó: Martín empezó a tararear, y Don Ramiro, tras un momento de duda, sacó de su mochila una vieja armónica que daba por olvidada. La música de la madera y el metal se fundieron bajo las estrellas de Taramundi, espantando el orgullo de la noche.

Pasaron las horas hablando de lo que importaba, de música, de herencias y de distancias que no son para tanto si se tiene un buen fuego al que volver. Para cuando la luna estaba en lo más alto, el claro del bosque ya no era un sitio tenso, sino un rincón lleno de risas compartidas y planes de futuro que ya no daban miedo.

Desde lo alto del tronco del castaño, Foguito contemplaba el espectáculo con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja, mientras Chispa se acomodaba a su cuello como una bufanda tibia. El duende guardó su carboncillo, dio media vuelta y se escabulló entre los helechos, buscando la siguiente sombra apagada que encender. Porque la leña, de verdad, no solo calienta los huesos. A veces, si un Magikito anda cerca, tiene el truco exacto para derretir el hielo que los humanos nos empeñamos en fabricar.

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